'Tenía miedo, pensaba que decir algo era traicionarlo'

'Tenía miedo, pensaba que decir algo era traicionarlo'

Una estudiante de artes marciales cuenta el acoso del que fue víctima de parte de su profesor.

20 de mayo 2016 , 09:37 p.m.

“Dejé de hablar con todo el mundo, me daba miedo estar con la gente. Estaba triste y brava todo el tiempo. Fui al psiquiatra y me diagnosticó depresión clínica”. Hoy, aunque ya el miedo se fue, para esta estudiante de artes el daño queda siempre.

El taekwondo era su vida. Ni amigos, ni novio, ni familia: lo más importante para ella era seguir avanzando en esa disciplina a la que entró desde primer semestre porque era el único lugar donde se sentía cómoda.

Poco a poco empezó a ser la favorita del maestro, y eso no es cualquier cosa: “En las artes marciales no es solo un profesor, es una figura que tiene mucho poder sobre nuestras emociones. Él lo sabe y nos maneja con un dedo. Nosotros hacíamos cada cosa que él decía”, afirma. (Además: El silencio, cómplice del acoso sexual en las universidades del país)

Pero pronto las atenciones especiales dejaron de ser algo bueno. Su deseo era competir en torneos nacionales y la manera de conseguirlo, para ella, era entrenando todos los días. Para él, era otra cosa.

Todo cambió cuando estaban en un taxi. Ella iba recostada y él empezó a acariciarla, a darle besos en la cara, a decirle que la extrañaba, a meterle la mano debajo de la blusa. “A mí me hace eso cualquier ‘man’ y lo casco. Pero no sabía qué hacer porque pensaba que si lo ofendía, me iba a ir mal, no iba a ayudarme ni a enseñarme”, dice.

Después, cuando se quedaban solos, le hablaba de dormir juntos, la acorralaba contra la pared, le ‘masajeaba’ las piernas. Para manipularla y lograr que hiciera lo que él quisiera, descuidó su formación, dejó que se lesionara, no trabajó para que ella subiera el nivel deportivo.

Le daba miedo hablar, porque “él es clase 5 y me puede matar de una patada”. Cuando les decía a sus compañeros, se burlaban de ella y la acusaban de traición. Porque sabía de otros casos en los que había pasado “lo peor”.

Finalmente decidió denunciar ante la universidad y logró que lo expulsaran, aunque sigue dando clase en tres universidades más y en su club privado. El reemplazo del maestro es su pupilo y ella tuvo que dejar de entrenar. Ya no tiene miedo, tiene rabia.

MARÍA CAMILA BERNAL
Escuela de Periodismo
EL TIEMPO

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