Manicomio

Manicomio

Creo que hay que estar ciego para verle el lado malo al final de las Farc y sus infamias.

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19 de mayo 2016 , 07:00 p.m.

Un día volveremos de la locura. Mientras tanto tendremos que seguir viviendo en este manicomio que ha sido tomado por los locos. Sí, estas personas capaces de culpar a Rosa Elvira Cely por haber sido empalada no son dos tipos macabros, sino un par de abogadas de la Secretaría de Gobierno de Bogotá; este señor de tirantas que llama dictador al Presidente de la República por cumplir con el mandato de terminar la guerra con las Farc no es un delirante candidato sin votos ni un alucinado que se cree jefe de la oposición, sino el Procurador General de la Nación; este encorbatado que con voz sacerdotal llama a la resistencia contra los acuerdos de paz no es un fanático disfrazado de Nelson Mandela, ni un tuitero incrédulo e irresponsable tratando de escandalizar a la izquierda, sino un expresidente que sabe lo que hace.

Pero quien diga que Colombia no es una nación sino un país de reposo estará diciendo una cordura: porque demasiadas veces lo que ocurre en este lugar no puede ser, ni debe ser, pero es así, como en un manicomio.

Se negará que pronunciar condenas como “se buscó su secuestro” o “por algo lo mataron” o “la violaron por perdida” sea síntoma de locura. Se dirá que somos incapaces de reconocerle al enemigo su legitimidad, su coherencia, cuando rechazamos sus predicciones violentas. Y que hoy sólo son cuerdos los que dicen “paz sin impunidad o nada”. Pero quién dijo que los desequilibrados no son racionales. Quién se inventó que los paranoicos no tienen el don trágico de conquistar seguidores. Quién llegó de primero a la conclusión de que los trastornados no tienen ideología, ni comprenden la historia, ni conocen la lógica, ni dominan la gramática, ni logran pronunciar discursos finamente hilados –amañados, contagiosos e hipnóticos– que van calando en aquellos que andan por ahí con las defensas bajas.

Quién decidió por todos que un perturbado atrapado en su propio personaje no puede hacer parte de la mayoría.

Dicen que es al contrario. Dicen que está loco quien ve con ojos esperanzados que, tal como lo anunciaron los negociadores de paz desde La Habana, los niños salgan de la guerrilla antes de que se firmen los acuerdos. Dicen que está mal de la cabeza quien considere buena noticia que, a diferencia de tantas élites y tantas familias colombianas, las Farc acepten someterse a la ley, al Congreso, a la institucionalidad ni más ni menos, después de sesenta años de guerra. Dicen que está desquiciado –pero a mí no me parece– quien aún no se acostumbra a que salgan leguleyos de debajo de las piedras a declararse indignados por los tumbos del Gobierno a la hora de blindar jurídicamente los acuerdos: ahora mismo están torturando, asesinando a sangre fría a un colombiano, pero estos juristas súbitos reclaman ortodoxia.

Creo que hay que estar ciego para verle el lado malo al final de las Farc, de sus bombazos, de sus secuestros, de sus infamias. Sé que muchos pesimistas se enteran de los avances del proceso por aquellos empeñados en verlos como retrocesos. Tengo claro que hasta lo sagrado –por ejemplo: la vida en riesgo de quienes ahora mismo sí están padeciendo la guerra– hace parte de ese juego de azar que es la política. Entiendo que es rentable ir por ahí diciendo la mentira perversa de que el Presidente es un guerrillero que traicionó al uribismo para entregarle el país al comunismo. Pero no porque dé votos, ni porque sea lo que piensan tantos, ni porque sea lo más astuto, deja de ser una locura esto de amenazar con que no habrá paz si la paz se llega a dar. Desde que mataron a un futbolista por hacer un autogol, en fin, no sucedía acá adentro una locura tan difícil de explicar allá afuera: “es que esto es un manicomio...”, diré.


Ricardo Silva Romero

www.ricardosilvaromero.com

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