Estrellas en el polvo

Estrellas en el polvo

Regresa el lema: '2.600 metros más cerca de las estrellas'. Hace pensar que nos anclamos en el 2000.

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19 de mayo 2016 , 05:04 p.m.

Nos informa el Instituto Distrital de Turismo que la Marca Bogotá ha retomado el astronómico lema de ‘2.600 metros más cerca de las estrellas’. De acuerdo con los ambiciosos planes de la Administración, Bogotá ya no es una ciudad, ni la capital de una nación, sino una marca. Que se venderá en las vitrinas al lado de otras miles de marcas famosas: Coca-Cola, crema dental Colgate, papel higiénico (escoja usted la marca), Cachivaches, Club Colombia, Bicicletas, Bogotá, etc. Suprema emoción. Nuestra ciudad convertida en una Marca, situada a 2.600 metros más cerca de las estrellas. Que también puede ser, como el interesante western de 1956, “una estrella en el polvo”.

Supongo, o suponen los genios que manejan esos asuntos de marketing, que estar 2.600 metros más cerca de las estrellas nos hará más visibles en la vitrina universal de las grandes marcas. Que Bogotá, en la visión gerencial de Peñalosa, deje de ser ciudad para volverse una marca significa que esa marca, como todas las marcas, está en venta. Y que la van a vender baratica y a pedacitos lo adivinamos por la subasta de la Empresa de Telecomunicaciones (ETB), con la singularidad de que, en sentido contrario al protocolo de las subastas, la ETB no será adquirida por un precio superior, o siquiera igual, al de base, sino inferior. Lo que llaman una subasta a la baja o descendente. Para propiciar dicha venta a menosprecio, se procede a una campaña de desprestigio ficticio de la ETB y a una justificación endeble: los dineros de la venta se necesitan para financiar el Plan de Desarrollo. Lo mismo se hizo con la Empresa de Energía (EEB) en la primera administración Peñalosa. Esa vez nos echaron el cuento mentiroso de que la empresa estaba al borde de la quiebra y la ciudad se quedaría a oscuras si la EEB no era privatizada. Ya sabemos a qué bolsillos afortunados han venido a parar desde entonces las ganancias nada desdeñables de la EEB, cuadruplicadas con el pase mágico de cuadriplicar las tarifas que pagan los usuarios por el servicio.

Vender la ETB, un bien estratégico en la tecnología predominante, la de las TIC, es un error tan grave e irreparable como el que cometería una persona que venda sus ojos para financiar la compra de unos lentes.

Estar a 2.600 metros más cerca de las estrellas, cuando la estrella más próxima a nuestra ciudad (o a nuestra marca, según el director del IDT) mora a millones de años luz, no significa ningún avance. Sobre todo porque mantenemos igual distancia hace milenios, no nos hemos movido ni un centímetro hacia las estrellas. Bogotá ha estado a 2.600 metros sobre el nivel del mar desde épocas inmemoriales y ahí seguirá por muchas más, o hasta que el plan de desarrollo de la administración Peñalosa la vuelva estrellas en el polvo y nos deje más cerca del polvo que de las estrellas.

Mejor, señor Alcalde de la ciudad, o gerente de la marca, y señor director del turismo sideral, ¿por qué no dejamos de soñar fantasías, ponemos los pies en la tierra y dedicamos los grandes esfuerzos de la Administración a esa labor ya inaplazable de zurcirle las costuras a la capital y solucionar tantos y tantos microproblemas inmemoriales que la hacen una ciudad de tercera, o una marca de quinta? Bogotá no puede seguir haciendo megaobras que le devoren sus recursos fiscales, y su patrimonio, mientras no arregle problemas estructurales de orden social y material que han venido creciendo por dos siglos al ritmo del aparente progreso urbano. Las administraciones progresistas consiguieron en el campo social y educativo adelantos indiscutibles, pero cometieron errores administrativos sensibles por la falta de experiencia; y una de ellas, la de Samuel Moreno Rojas, no resistió las tentaciones de la corrupción que le tendieron los demonios contratistas.

Muchos ciudadanos que quieren a Bogotá con cariño filial reconocen hoy que la administración Petro, así le achaquen los peros que sean, obtuvo logros significativos en el ordenamiento cívico de nuestra capital, que es donde ha residido y reside su principal falla urbanística. Petro actuó con la prudencia audaz, si se permite la antinomia, de un ejecutivo que conoce su oficio. Frenó valiente las megaobras innecesarias (avenidas de seis carriles, autopistas de segundo piso, etc.) y dedicó los recursos a la sanación de las heridas urbanas. Recibió en ruinas los puentes de la 26, la carrera 10ª entre la Jiménez y la 28, la Avenida 26 en su totalidad. Y en su primer año entregó listas para el servicio esas obras que llevaban cuatro años de retraso. En menos de cinco meses solucionó para siempre el peligroso factor de deslizamiento que se estaba presentando en la avenida Circunvalar entre la 85 y la 94. Organizó el mantenimiento y cuidado de los separadores, jardines y parques públicos, que durante su administración tuvieron un aspecto impecable y volvieron a ser el lugar favorito de recreo de los niños y de descanso para los ancianos. Todo ello sin necesidad de crear nuevos impuestos.

En los cinco meses de la Administración actual, esos separadores, jardines y parques públicos no han tenido la primera podada y se encuentran descuidados y sucios. Son una vergüenza para la comunidad. La excusa de que no hay plata es ridícula, pretexto para un nuevo impuesto destinado a financiar supuestamente su mantenimiento.

Sería muy largo enumerar aquí las obras con que Petro inició el ordenamiento cívico de Bogotá, tanto o más importante que el siempre inoperante ordenamiento territorial; pero sí debo anotar la reparación y recuperación de gran parte de los andenes del centro, antes verdaderas trampas antipersona, así como el embellecimiento del primer tramo de la séptima peatonal. Con un ítem fundamental: la calidad de las obras. Las calles que pavimentaron, los andenes que arreglaron, etc., fueron trabajados con materiales de primera y con el cuidado que requieren las obras públicas. Acostumbrados los bogotanos a ver huecos en calzadas que no tenían un mes de repavimentadas, o andenes que no duraban buenos ocho días, los trabajos de ese orden que ejecutó la administración Petro llevan más de cuatro años y siguen intactos. No olvidemos que Petro consiguió el dinero (cuatro billones y pico) para financiar la parte que le correspondía a Bogotá en el proyecto del metro subterráneo, que el alcalde Peñalosa ha tirado a la basura.

Falta mucho por hacer en materia de ordenamiento cívico. Sin embargo, esas microobras mencionadas, con ser apenas el comienzo, son las que han generado ya la revalorización del centro de la capital, como lo constata EL TIEMPO en su edición del miércoles pasado. Y son las que, si la Administración actual no desdeña el ordenamiento cívico con alguna de las frases célebres del Alcalde (“la reserva Van der Hammen son unos potreros”, “los tranvías son un juguete muy bonito”), harán de Bogotá una ciudad poderosa, “mejor para todos”. Aunque el regreso a la cercanía de las estrellas nos hace pensar que el alcalde Peñalosa se quedó dormido y anclado en el año 2000. Despierte, Alcalde, que estamos en el 2016.


Enrique Santos Molano

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