De Puerto Triunfo a Guatapé, el lado más salvaje de Antioquia

De Puerto Triunfo a Guatapé, el lado más salvaje de Antioquia

Una ruta por tierra desde Bogotá. Aventura, naturaleza y paisajes soprendentes. Planes para todos.

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18 de mayo 2016 , 09:18 a.m.

Imaginen un río, totalmente cristalino, de aguas color verde esmeralda y piso blanco. Un río que corre plácido mientras bordea rocas de mármol de hasta 300 metros de altura, pintadas naturalmente de blanco y gris, y recubiertas de árboles frondosos por donde saltan monos aulladores y anidan pájaros de plumajes fantásticos como el Torito ('Capito hypoleucus'), con su corona roja. Imaginen una cueva misteriosa que parece un palacio de cristal.

No. No es el escenario de un cuento de hadas. Es la Reserva Natural Cañón del Río Claro, en el municipio antioqueño de Puerto Triunfo, en la vía que conduce hacia Medellín. Este santuario de la naturaleza fue uno de los hallazgos de este viaje que emprendimos desde Bogotá, por tierra, con el fin de descubrir el lado más salvaje del departamento de Antioquia.

Vamos a bordo de una Subaru New Forester 2015, una camioneta soñada, cómoda como la primera clase de un avión y guerrera a la vez: ideal para algunos terrenos agrestes que encontraremos en el camino. De Bogotá partimos por la calle 80 que comunica con la autopista Medellín. Pasamos por San Francisco, La Vega y Villeta (Cundinamarca) y en Guaduas tomamos la Ruta del Sol: ese moderno e imponente corredor vial que busca acortar distancias entre el centro del país y la Costa Atlántica y que también ha beneficiado a regiones como Caldas, Tolima y Antioquia.

Dejamos la Ruta del Sol en el desvío que conduce hacia Puerto Boyacá (Boyacá) y nos dirigimos a Doradal, corregimiento del municipio de Puerto Triunfo, en el Magdalena Medio antioqueño. Es el otro extremo de Antioquia, a 187 kilómetros de Medellín.

Vista panorámica de Guatapé desde la piedra de El Peñol. Foto: Diego Santacruz

Aquí, en Doradal, emprenderemos esta aventura por una región afectada en otras épocas por la violencia generada por el conflicto armado y por el narcotráfico, y que hoy respira tranquilidad. Una región que vive, en un altísimo porcentaje, del turismo. Solo Nápoles emplea, en temporada alta, a 500 personas.

En Doradal visitaremos la Hacienda Nápoles –sí, uno de los reinos del extinto narcotraficante Pablo Escobar- hoy convertida en un interesante parque temático y en un santuario de fauna. Luego iremos a la Reserva Río Claro, a 20 minutos, para emprender camino a Guatapé –con sus lagos azules- y finalmente terminamos en Medellín. Regresamos a Bogotá con gratos recuerdos y experiencias inolvidables, y con 1.108 kilómetros recorridos. Una ruta de turismo de aventura y naturaleza, distinta y sorprendente, que vale mucho la pena.

La nueva vida de la Hacienda Nápoles

La primera parada es en el Parque Temático Hacienda Nápoles. Queda justo a la entrada de Doradal, corregimiento de Puerto Triunfo. Desde Bogotá, hasta aquí, tardamos cuatro horas. El que fue uno de los santuarios de Pablo Escobar (entre las décadas del ochenta y noventa) es ahora un exitoso y prometedor destino turístico que recibe al año cerca de 300.000 visitantes, el 96 por ciento nacionales. Atrás quedó el pasado oscuro.

La avioneta que el capo instaló en la portada de la hacienda es de las pocas cosas que se conservan de aquellas épocas. Pero hoy aparece pintada de cebra, como referencia, a orilla de la carretera. Al lado está la entrada oficial: un arco con dos torres gigantes de guadua y techo de paja, con este letrero: ‘Bienvenidos a la verdadera aventura salvaje’. Muy cerca se levantan varias estatuas que recrean a guerreros africanos con sus lanzas apuntando al cielo.

Las cataratas Victoria del parque Hacienda Nápoles. Foto: Álvaro Montes Ríos

“Este lugar, que era la vergüenza más grande de este país, donde pasaron tantas cosas, es hoy una propuesta internacional de recreación de primer nivel”, dice Óscar Jairo Orozco, director general de la firma Ayuda Técnica y de Servicios S.A., que administra el predio mediante concesión.

El predio, comenta Orozco, fue entregado por la Dirección Nacional de Estupefacientes al municipio de Puerto Triunfo. Hace ocho años, este empresario, su familia y un grupo de emprendedores obtuvieron el contrato y se propusieron recuperar la abandonada Hacienda Nápoles. Entonces, lo único que quedaba era una manada de hipopótamos, la maleza y las ruinas de la mansión de Escobar, que más adelante tumbaron.

Después de las arduas obras de recuperación, Nápoles renació y hoy es un destino que combina el turismo de aventura y naturaleza, con escenarios para la diversión familiar. Al entrar, los viajeros se sienten como en un safari africano.

En las 400 hectáreas que conforman el parque –son 1.580 en toda la propiedad- empiezan a aparecer leones, jirafas, elefantes, tigres, pumas, rinocerontes, jaguares, cebras y cocodrilos en extensas sabanas y lagos.

Son 1.150 individuos de 43 especies los que se pueden apreciar en un modelo denominado ‘libertad controlada’. Es decir, no están encerrados en jaulas. Gozan de generosos espacios, donde se mueven a sus anchas, pero no tienen puertas abiertas. Así que no son una amenaza para los visitantes. Los animales han sido recuperados de circos, otros fueron decomisados por las autoridades ambientales cuando eran objeto de tráfico ilegal y unos más son donaciones de zoológicos.

Entre todos los animales hay uno especial: se llama Vanessa y es una simpática hipopótama. Es la mascota del parque. Cuentan allí que, al nacer, fue rechazada por la manada. Así que los funcionarios del parque se convirtieron en su familia y la acostumbraron a sus cuidados.

Vanessa es una simpática hipopótama y es la mascota del parque. Foto: Diego Santacruz

La quieren tanto que le construyeron un monumento de cinco metros, rosado, con una corona y una falda de bailarina africana. “Vanessa, Vanessa”, la llama Oberman Martínez, administrador del parque, y ella empieza a acercarse moviendo un cuerpecito mojado y pegajoso de 600 kilos. Acaba de salir del lago y se acerca al borde de un corral. Los visitantes le toman fotos, se hacen selfis con ella. Vanessa posa coqueta y parece sonreír. Hay que pedir trozos de zanahoria y dejarlos caer, con prudencia, en su enorme bocota.

Contemplar a los animales al aire libre, sin jaulas ni cadenas, es una grata experiencia. Pero hay mucho más: dos parques acuáticos llenos de piscinas gigantes, toboganes de distintos tamaños y formas, cañones que disparan agua, barcos piratas, pulpos, elefantes. Es el mundo soñado de cualquier niño, un mundo lleno de agua fresca que divierte y apacigua el calor que hace en la región. También hay una zona con dinosaurios a gran escala.

Y como Nápoles es un pedazo de África en Colombia, no podía faltar una recreación de las Cataratas Victoria, esa maravilla de la naturaleza entre Zambia y Zimbabue. Los chorros de agua, de entre 15 y 20 metros de altura, caen fuertes sobre jacuzzis y piscinas, y les hacen un masaje en la espalda a los bañistas.

Hay más para ver: un museo en honor a África, con artesanías, esculturas y con un recorrido fotográfico que invita a soñar con ese continente. También hay un Museo de la Memoria, en homenaje a las víctimas de Pablo Escobar. El que venga a Nápoles con la ilusión de seguirle los pasos al capo, perdió el viaje. La mansión la tumbaron y lo que se muestra en el museo no es una apología: es memoria histórica. Nápoles, ahora, está lleno de vida. Hay que ir con la familia.

Al entrar a la Hacienda Nápoles, los viajeros se sienten como en un safari. Hay leones, tigres e hipopótamos. Foto: Diego Santacruz

Si usted va…

Las entradas al Parque Temático Hacienda Nápoles cuestan desde 36.000 pesos por persona. Ascienden a 50.000 y 70.000 pesos, dependiendo del acceso a los servicios. Niños menores de 4 años no pagan. Hay tarifas especiales para grupos, cajas de compensación y fondos de empleados. Personas en concidión de discapacidad no pagan.

Este complejo turístico también cuenta con una completa y variada oferta hotelera. Son cinco hoteles, de los cuales algunos están inspirados en la cultura africana y mediterránea. Son mil camas en total y una zona de camping.

La habitación más económica cuesta 60.000 pesos la noche por persona en temporada baja, y la más costosa, 120.000.
En temporada baja está cerrado los lunes. En temporada alta abre todos los días. Un dato: si quieren evitar tumultos de turistas y gozar del parque a sus anchas, se recomienda ir entre semana y en temporada baja.

Río Claro: un santuario de mármol

A 20 minutos de recorrido desde la Hacienda Nápoles, en la vía hacia Medellín, se llega a la reserva Río Claro. Ubicada sobre el cañón del río del mismo nombre, es un destino para aquellos que quieren conectarse con la vida pura. Un lugar para alejarse del bullicio y el estrés de la ciudad; para conectarse con la naturaleza y con uno mismo.

Después del recibimiento nos asignan la cabaña donde pasaremos la noche, que resulta nada convencional. Queda en medio del bosque y para llegar hay que bordear el río, que llama la atención por su transparencia –no en vano se llama Río Claro- y por su color verde esmeralda.

En la reserva Río Claro está la caverna o cueva de los Guácharos. Foto: Diego Santacruz

Tras una amena caminata de ocho minutos, llegamos. Y al abrir la puerta de la cabaña la descubrimos sin ventanas ni paredes. Aunque tiene energía eléctrica, no cuenta con ventilador ni aire acondicionado, y tampoco televisión. La cabaña, sobre una roca, da directamente al bosque y a toda la vida que allí palpita. Es como una casa sobre un árbol. Y abajo, el río, que arrullará el sueño. Aunque no hay puertas ni ventanas, sí hay cortinas y toldillos para evitar la picadura de los mosquitos y la visita inesperada de algún pájaro nocturno.

Dormimos plácidos y en la mañana, después del desayuno, nos embarcamos en una primera actividad: rafting. El Río Claro nace en el alto de la Osa y del Jaguar, en límites de los municipios vecinos de Sonsón, Argelia y San Francisco, y desemboca 90 kilómetros adelante en el río Magdalena. Sus aguas son tranquilas, así que el rafting no sorprende con saltos y rápidos turbulentos, de esos que hacen voltear el bote. Es una experiencia que permite contemplar serenamente esta reserva de 650 hectáreas: el río, los pájaros que descansan sobre una rama –son 350 especies documentadas-, las rocas de mármol gigantes que parecen catedrales en el monte y de las que brotan cientos de árboles y de las que se escurren cascadas.

Interior de la caverna o cueva de los Guácharos. Foto: Guillermo Ossa

Una de las visitas más sorprendentes es la Bóveda de Mármol, una roca gigantesca con figuras asombrosas –estalactitas– labradas por el río durante miles de años. El bote se mete debajo de la bóveda y resultamos empapados por los chorros de las cascadas. Es el lugar recomendado para nadar.

La joya de la corona de esta reserva natural es la caverna o cueva de los Guácharos. Pero antes de salir nos hacen varias advertencias: hay que hacer una caminata de exigencia media por en medio del bosque –llamado el bosque de los duendes-, hay que saber nadar y no sufrir de claustrofobia. La caminata de una hora y media, aunque un poco exigente, se hace muy agradable por la vegetación exuberante que rodea todo. Por las ceibas y otros árboles centenarios y gigantes de más de 50 metros de altura.

Al llegar a la boca de la cueva hay que nadar en algunos tramos cortos. Y hay que llevar linterna, ojalá de esas que se sujetan a la cabeza. Adentro, la caverna parece un palacio de cristal con todas esas formaciones –estalagmitas y estalactitas– esculpidas por el agua, el viento y el tiempo. Los guías piden guardar silencio para descubrir la intimidad y los sonidos de la caverna: las gotas de agua, el aleteo de los guácharos (los pájaros a los que se les debe el nombre de la cueva), los movimientos de los sigilosos murciélagos. La paz de las profundidades de la tierra.

Interior de la caverna o cueva de los Guácharos. Foto: Guillermo Ossa

La reserva Río Claro es el sueño y el trabajo de Juan Guillermo Garcés Restrepo, un paisa de 67 años que, desde hace 47, cuando descubrió el río y sus secretos, decidió luchar por su preservación.

Él pudo hacer lo que hicieron muchos en esta región: tumbar los bosques para convertirlos en potreros o para explotar el mármol que abunda en esta zona, que es un ecosistema de bosque húmedo tropical kárstico, caracterizado por el mármol y la piedra caliza. Pero no. Él, un enamorado de la naturaleza, decidió preservar este lugar para convertirlo en un santuario de turismo sostenible de Antioquia para el mundo. En un centro de investigación científica y en un lugar que parece sacado de un cuento de hadas.

Para ir a Río Claro

Hay que reservar con tiempo, pues el lugar tiene una capacidad de carga que debe respetar.

Hay diferentes opciones de alojamiento en Río Claro, con capacidad hasta para 150 personas. Hay cabañas de lujo en el bosque, para familias y grupos. En temporada baja las tarifas comienzan desde 80.000 pesos con las tres comidas del día. Cabañas a 140.000 pesos la noche.

Quienes no puedan pasar la noche pueden optar por un pasadía que incluye ingreso, almuerzo y guianza. Cuesta 35.000 pesos por persona. Cada actividad (rafting, canopy y espeleología) se paga por aparte. Y dependen de las condiciones climáticas. Se ofrecen paquetes especiales para grupos, entre semana y en temporada baja.

Informes: www.rioclaroreservanatural.com

Guatapé y sus lagos azules

La siguiente parada es Guatapé, municipio del oriente antioqueño y uno de los destinos turísticos más bellos y visitados del departamento. Nos esperan 152 kilómetros de distancia desde Río Claro, cerca de tres horas de recorrido por la carretera que conduce a Medellín. Hay que decirlo: en algunos tramos hay que llenarse de paciencia porque el tráfico, hacia la capital paisa, se suele poner pesado.

Desde el embalse de Guatapé se aprecia la imponente piedra El Peñol. Foto: Diego Santacruz

Guatapé nos recibe con su inmenso peñón, una piedra de 220 metros de altura que a lo lejos se ve como un huevo gigante o como un meteorito escupido de alguna galaxia. Una piedra que tiene su parecido, guardando las proporciones, con el cerro de Pan de Azúcar de Río de Janeiro.

Se dice que el monolito era objeto de adoración por las comunidades indígenas que habitaron la región en tiempos prehispánicos. También se dice que el diablo se la quiso llevar, pero como no lo logró, dejó una enorme grieta en las faldas del costado occidental.

La inmensa mole, bordeada por lagos azules, es referencia y visita obligada. Y estando allí hay que subirla, sí o sí. Es como ir a París y no subir a la Torre Eiffel. Hay que llevar a la mano una botella de agua y ojalá nada más que haga peso.

Son 704 los empinadísimos escalones instalados sobre la piedra. Y aunque el ascenso es exigente, muy pronto se empieza a recibir la recompensa: la vista del embalse de Guatapé con sus lagos azules, con los veleros, botes y catamaranes que lo recorren entre islitas.

Subiendo aparece la escultura de bronce de Luis Eduardo Villegas, con sombrero y carriel, el primer paisa que se atrevió a escalar la colosal piedra en 1954. Más adelante, en la mitad del camino, aparece una imagen de la Virgen María mirando hacia el embalse, que cada vez se ve más bello e imponente, con sus 2.262 hectáreas. Entre los visitantes, sorprende que la mayoría son extranjeros.

Entre los visitantes a la piedra El Peñol, sorprende que la mayoría son extranjeros. Foto: José Alberto Mojica Patiño

En 15 minutos, a buen ritmo, se corona la piedra, que en la cima tiene una tienda de artesanías y una cafetería donde venden jugos y otras bebidas para la hidratación. Y encima de la tienda hay una terraza desde donde se disfruta de una panorámica del embalse y de todo Guatapé en 360 grados. Ya no hay que subir más, solo disfrutar del paisaje y entender un poco la historia del pueblo y de su embalse, que se podría resumir así:

A comienzos de la década del 70, Guatapé y su vecino, El Peñol, fueron inundados para construir un embalse que, desde entonces, genera energía para gran parte del país. Las Empresas Públicas de Medellín lo definen como el embalse de regulación eléctrica más grande de Colombia y como una de las cadenas hidráulicas que más energía le aporta al sistema. El mismo embalse que se ha visto afectado recientemente por el fenómeno de El Niño, que recupera poco a poco su nivel, pero que nunca ha perdido su belleza.

Al descender de la piedra retomamos el camino rumbo al casco urbano, a tres minutos, y arribamos a un malecón rodeado de restaurantes, cafés y tiendas de artesanías. En el malecón ofrecen recorridos por el embalse en lanchas rápidas y en unos festivos catamaranes. Escogemos la primera opción y bordeamos varias islas, disfrutando del paisaje. Otros más lo recorren en un kayak. En las islas hay casas de veraneo y cabañas que alquilan a los turistas.

Pero Guatapé es mucho más que su lago y su piedra gigantesca. Es un pueblo colorido que cuenta historias en las fachadas de sus viviendas. No en vano, es conocido también como el pueblo de los zócalos.

Juan Carlos Espinal, funcionario de la Secretaría de Turismo de Guatapé, cuenta que hace casi 100 años a un parroquiano llamado José María Parra, más conocido como Chepe Parra, se le ocurrió la idea de tallar, en la fachada de su casa, la imagen de un cordero, blanco, mirando hacia atrás. Y así comenzó la tradición, a tal punto de que la mayoría de casas tiene zócalos de distintas figuras: imágenes religiosas, los arrieros antioqueños, flores y árboles, representaciones de la piedra y del embalse y de todo lo inimaginable. Si el dueño es un sastre, seguramente el zócalo será la figura de un sastre y su máquina de coser.

Guatapé es un pueblo colorido que cuenta historias en las fachadas de sus viviendas. Es conocido también como el pueblo de los zócalos. Foto: Diego Santacruz

En Guatapé hay mucho por hacer. Hay que visitar el parque ecológico de La Culebra y el Convento de los Monjes Benedictinos. Hay que visitar la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, bella por fuera y por dentro; de fachada blanca con bordes rojos, su interior sorprende con columnas y otras estructuras en madera. Hay que visitar la plaza de los artesanos, pintada de verde, amarillo y rojo, y disfrutar de una taza de café caliente.

Es un pueblo rechinante de colores. No en vano, el prestigioso portal de arte y diseño www.mymodernmet.com lo escogió como uno de los pueblos más coloridos del mundo, al lado de ciudades como San Francisco.

Tenga en cuenta

A finales de este año será inaugurado el hotel de lujo Luxe By The Charlee. Serán 116 habitaciones con vista al embalse. Tendrá dos canchas de tenis, spa y centro de convenciones. El moderno hotel, en medio del bosque, hace parte de un complejo inmobiliario que incluye cabañas, villas y edificios de apartamentos. Informes: www.luxecolombia.com/

El ingreso al peñol de Guatapé cuesta 15.000 pesos. Para llegar a la piedra se puede caminar desde el pueblo o tomar una de las simpáticas mototaxis pintadas de colores.

Información sobre alojamientos y circuitos turísticos en: http://www.guatape.net/ y http://viajesaguatape.co/

La New Forester 2015

Es la camioneta perfecta para viajar por Colombia. Su diseño renovado, frente robusto y más deportivo, y su motor turboalimentado, la convierten en el vehículo perfecto para las familias, pero también para los amantes de la aventura. Generosa en sus espacios interiores, se destaca también por la interfaz de su pantalla táctil de siete pulgadas, techo solar panorámico para la versión 2.5 y turbo, comandos de voz, audio premium y por el sistema de seguridad único de Subaru.

JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
Enviado especial DE VIAJAR
@Joseamojicap

                                                                        

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