Fundación: una tragedia que aún duele

Fundación: una tragedia que aún duele

Historias de diez de los 33 niños muertos, hace dos años, cuando se incendió bus en ese municipio.

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17 de mayo 2016 , 05:09 p. m.

Rosa Antonia Cantillo Carillo, 33 años

Mamá de Andrea Carolina y Michel Quintero, de 7 y 8 años

“Desde lo que ocurrió mi vida ha sido sola, mi esposo no para aquí, sino en el monte. Cuando quedo sola se me viene todo a la cabeza, el día del accidente, lo que pasó. Uno de los niños que fue el primero que se tiró de la buseta vino a avisar al barrio Faustino Mojica que la buseta en la que iban se había prendido, nosotros salimos para allá. La candela no nos dejó hacer nada. Tiramos piedra, palos, agua. Desde esa vez mi vida ha quedado así, estoy sola.

El día de la tragedia mi hijo Edinson (hoy de 12 años) también iba en la buseta y resultó con quemaduras en las mejillas. Se ha vuelto agresivo. En el colegio los compañeros no le pueden decir nada porque enseguida va peleando, antes no era así.

Él ahora a veces se controla y a veces no. Desde el accidente para acá ha quedado nervioso, él no entra solo al cuarto, en las noches no se acuesta solo, dice que le da miedo. A veces se culpa y dice que prefiere estar muerto, que hubiera muerto él y no las pelas. Yo le digo que eso no fue culpa suya, sino que el destino de ellas era ese.

Nosotros tuvimos tratamiento psicológico un año nada más. Los pelaos que se salvaron si siguieron con el tratamiento. Desde noviembre para acá es que no ha tenido ayuda psicológica. Lo atendía la psicóloga del Bienestar Familiar y ahora tiene que firmar contrato para poderlo atender. Para mí eso no se borra nunca, nunca se me va a olvidar ese día.

El barrio no ha tenido mejora de nada. Siempre ha estado igual. Las casas si nos ayudaron a arreglarlas la Iglesia Pentecostal. La mía antes era de barro y ahora es de material. En Los Rosales me dieron una casa, pero no me he mudado. El problema es por el colegio de ellos (tiene cinco hijos), me queda muy pesado. Por allá no quedan colegios cerca y para venirse de a pie queda lejos. Allá vive mi hermana”.

Jorge Luis Barrios Castro, 35 años

Papá de Charit Durley Barrios Roa, de 7 años

“Han sido dos años duros. No ha sido nada fácil para uno que tiene su familia completa ver que hace falta un hijo porque uno tiene en su mente que sus hijos son los que van a darle cristiana sepultura, pero le agradezco a Dios porque ha sido el ser clave para ir saliendo adelante e ir pensando en los otros dos niños que tenemos.

Trabajo mucho con los niños, tengo una escuela de fútbol y patinaje (Ángeles de Fundación) y estamos haciendo un trabajo para cambiarles esa tristeza por sonrisas. La escuela la tenía desde antes que sucediera la tragedia, pero en aquel entonces no teníamos tanto apoyo. Le agradezco a Dios porque la escuela ha sido muy apoyada tanto por los padres como por la exalcaldesa del municipio Luz Stella Durán. Perdí a mi hija y ahorita tengo aproximadamente 80 hijos más. Ellos para mí son mis hijos, a donde me ven me abrazan, me besan.

Hace un año soy de la iglesia Pentecostal. Desde niño he sido muy temeroso y respetuoso con las cosas de Dios. Creo que Dios tiene su propósito con cada uno de nosotros, y ver todas estas maravillas que hizo con mi señora porque ella entraba en una etapa de crisis, de depresión, pensó que no iba a aguantar, pero orándole a Dios, Él es el único que todo lo puede, es psicólogo, cirujano, es todo.

Cumplí 16 años viviendo con mi esposa, pero vamos a construir este matrimonio (se casaron el 6 de mayo de 2016) como Dios lo pide en su ley para que cada día sea más bendecido por Él. Creo que era el toque que le faltaba a nuestro hogar, que siempre ha sido de paz y tranquilidad, a pesar de que nos pasó lo de la niña.

Mi hija no la veo, pero cada día la siento. Sigue viva en mi corazón, mi mente y hoy en día está en la gloria de Dios. Quizás aunque yo sea cristiano y esté en el evangelio, no tengo nada seguro para llegar a dónde está ella, en la gloria de Dios”.

Katherine de La Hoz, 31 años

Mamá de Desireth Johana de La Hoz Monsalvo, de 10 años

“Estos dos años han sido muy difíciles porque me hace falta mi hija. La he pasado bien con mi hijo mayor (que antes vivía con su abuela en Venezuela), ahora vivo con mi hermana, pero siempre está ese vacío ahí, así yo esté con mis dos hijos, siempre está mi hija ahí presente.

No ha sido fácil vivir sin mi hija, yo trabajo, salgo, me reúno con mi familia, pero es difícil porque siempre estamos todos y falta ella. Solamente Dios es el que le da la fortaleza a uno, Dios me ha fortalecido mucho en este tiempo. Aunque a veces quisiera ya no seguir más, ahora son dos años que no veo a mi hija. Es muy duro.

Mi hijo José Esteban, de 8 años, no era casi apegado a mí y ahora sí. Como se había criado bastante con ella, le hace mucha falta. Él me dice: mami me hace falta mi hermana. Mi hijo mayor casi no convivió con ella, fueron solo dos meses, pero igual le hace falta su hermana. Él vivía en Venezuela, ahora sí vive aquí.

Desde el año pasado ya la psicóloga no viene, pero ahora estoy hablando con la profesora para que la psicóloga atienda al niño porque hace dos meses se porta muy mal en el colegio, a veces no quiere hacer tareas. Lo cambié el año pasado de colegio porque él no quería ir, se ponía a llorar.

Mi casita era de barro y era más feliz así teniendo a mi hija, ahora tengo esto, pero no soy feliz. La iglesia me hizo un cuarto y la sala y yo terminé el resto porque ya tenía las paredes.

Yo con mi hija luché y siempre conviví con ella todo el tiempo, el papá casi no la disfrutó. Cuando ella estaba pequeñita yo me separé de él y ni más. Yo quisiera tenerla a ella, pero es imposible. Si a mí me dijeran dame esta casa, lo que tú tienes por tu hija, yo lo haría. Pero ahora tengo que estar ahí porque tengo mis dos hijos que me quedan”.

Fernando García Aroca, 35 años

Papá de Eileen Fernanda García, de 6 años

“La vida nos ha cambiado totalmente. Todavía recuerdo todo como si fuera el primer día. Lo que pasó ese domingo lo tengo grabado en mi mente. Ese día salí a llevar a mi mamá al trabajo y dejé durmiendo a mi hija, no la quise despertar porque era domingo, cuando vine ella me dijo que se iba para la iglesia. Salí a hacer un trabajo para el monte y cuando regresé la encontré en la esquina y me dijo: papi dame para la merienda y le di las monedas. Esa fue la última vez que la vi.

Ahora tenemos un niño, gracias a Dios. Siempre se lo pedí a Dios y me lo dio. Fue difícil porque mi esposa no podía tener un niño por la edad (tiene 40 años) y la Secretaría de Salud Departamental dijo que nos iba a ayudar con un tratamiento, nos hicimos todos los exámenes, gastamos plata y en últimas se olvidaron porque ni más. Pero gracias a Dios tuvimos al niño sin el tratamiento, nos dieron un tratamiento casero (miel con limón) y lo hicimos.

El 17 de marzo nació el niño. Se llama Marcos Isaac García García. Ha llegado nuevamente la alegría, claro que no es igual, pero nosotros lo estábamos esperando porque solamente teníamos a Eileen. Yo no olvido a mi hija. Voy todos los domingos al cementerio y le llevo flores.

Antes solo teníamos un cuarto, ahora tenemos la cocina y el baño, que nos dio la Iglesia. El Gobierno nos dio una casa, pero no nos hemos querido mudar porque aquí vivíamos con la niña y nos sentimos más cómodos y estamos más tranquilos. Nosotros pedimos mejoramiento de vivienda y no nos la quisieron dar. Nos dieron la casa y hay que recibirla.

Tuvimos apoyo psicológico casi hasta el año de la Iglesia Pentecostal y la Alcaldía. Eso nos ayudó bastante, gracias a Dios. Todavía a veces viene la psicóloga y lo visita a uno.

No me gusta hacer planes porque yo con la niña tenía muchos planes y no los cumplí. Yo pensaba que como era buena en sus estudios, era la mejor, pensaba que iba a seguir todos sus estudios, ser una profesional. Vamos a esperar que se vayan dando las cosas como vayan viniendo”.

Karen Díaz Hernández, 32 años

Mamá de Selena Patricia Urbina Díaz, de 5 años

“Yo tenía tres hijos y perdí a la niña de 5 años. Quedaron Duván y Clarena. Ha sido un proceso largo, duro, es algo que de la noche a la mañana no lo asimila uno. Me ha tocado aceptar las cosas, pero hasta el sol de hoy no me resigno a perder a mi hija en la forma cómo la perdí.

Tuvimos apoyo psicológico hasta el año pasado en diciembre. A mi hija la están atendiendo tres veces a la semana. Ella vivió ese accidente, iba en el bus. Aunque perdí a Selena, le doy gracias a Dios porque permitió que ella saliera con vida, pero es la prueba más dura que el ser humano puede tener.

La gente habla de los papás como si fuéramos los culpables de lo que pasó y yo no me siento culpable. Para nosotros la impotencia que vivimos ese 18 de mayo, es algo que nos marcó la vida y que no se lo deseo a nadie. Al ver que el hijo de uno está en ese carro y no pudimos hacer nada. La gente dice que los que debiéramos estar presos somos nosotros los papás, no el señor Manuel Ibarra. Yo al señor Ibarra lo perdono porque él perdió a su hija como la perdí yo, pero perdonar no significa impunidad. Me duele y sufro como sufre él, pero es algo que ya no está en las manos de nosotros, sino de la justicia y que Dios haga su voluntad porque ya la de nosotros está hecha.

Clarena (tenía nueve años cuando ocurrió el accidente) tuvo quemaduras en la boca, la espalda y las orejas y algo más grande en su vida que es un trauma. Ella al principio recordaba dando gritos, llorando, (decía) que su hermana la llamaba, eso es algo que por mucho psicólogo marcó a mi hija para siempre. Ya ella está bastante mejor con la ayuda de Dios, de los psicólogos que la han atendido y más que todo con el apoyo de la familia.

Yo antes del accidente no tenía casa. La iglesia me hizo dos piezas y el seguro del Fosyga que nos dieron con eso terminé de hacer la casa, pero es algo que es duro. Es grande que yo no tenía casa y tuvo que mi hija perder la vida para yo tener dos casas. El Gobierno nos dio una casa en Los Rosales, la cual no he vivido porque pienso que mi hija nació y creció aquí en Faustino Mojica y es duro. Muchos de los papás se han ido y no han aguantado y se vienen”.

Sandra Quintero Baquero, 27 años

Mamá de Sherilis Dayana y Yerinson Rafael Terraza Quintero, de 4 y 6 años

“Ya los niños no están, ha sido difícil vivir sin ellos, es como tú adaptarte a tus hijos y de un momento a otro no verlos en tu casa, no verlos cuando vienen del colegio, no verlos acostarse, es algo difícil, que por lo menos yo no me he adaptado porque todos los días cuando cierro la puerta de mi casa miro para el cuarto y siento que algo de mí no está.

Nuestras vidas se han decaído un poco, en mi hogar las situaciones no son fáciles. Son dos niños que se nos fueron y yo no soy la misma. Esa comprensión no la he obtenido de parte de mi esposo, porque ya no tengo el mismo genio. Ya no es lo mismo de antes que nos sentábamos a hablar y dialogábamos las cosas, a veces hay momentos en que me levanto malhumorada, quizás ellos a nosotros no nos entienden porque uno levantarse a hacerle desayuno a sus hijos y ver que ellos no están, ya ahí le cambia el genio. Él en parte me comprendía, pero él dirá que ya son dos años, pero yo todavía no me he adaptado.

El mayor tiempo me la paso aquí en mi casa con mis dos hijos y con mi hermana que siempre ha estado conmigo después que pasó la tragedia, y cuando me quedo sola, cierro la casa y me voy para la calle. No sé estar sola, no me gusta, se me pasan muchas cosas por la cabeza.

A mi hijo Kenner, de 12 años, le gustaba estar en la calle jugando siempre, pero ahora vive pendiente de mí. Ha cambiado mucho, él fue sobreviviente y al principio cambió mucho su genio, se puso grosero, pero ya ha pasado el tiempo y ahora al contrario es un niño del cual me siento orgullosa. Él se quemó parte de la oreja, pero ya está bastante bien. Él tuvo atención psicológica como seis o siete meses, pero con el apoyo de la familia de parte de papá ha salido adelante. Ahora es un niño bastante quieto, no sale a la calle, dedicado a su estudio, anda alegre porque lo felicitan en el colegio y antes no era así.

La pérdida de un hijo nunca se supera. Me ha ayudado a superar el dolor el vivir día a día con los niños, no pensar tanto en lo que sucedió, sino en los recuerdos más bonitos de ellos, las travesuras que hacían, eso ayuda a salir adelante”.

Ramón Segundo Toncel Gutiérrez, 56 años

Papá de Marina Yireth Toncel de la Hoz, de 5 años

“Desde que mi hija murió la vida ha cambiado rotundamente. A mí me hace falta todos los días, desde por la mañana. Estoy trabajando y la tengo en la mente. Yo soy técnico, arreglo televisores, DVD, licuadoras, todo lo que me salga.
Nos vinimos para Los Rosales (el 22 de enero de 2015) porque aquí hay mejor ambiente. En Altamira no hay calles pavimentadas y es un barrial y al niño (de 4 años) eso le hacía daño, a cada rato vivía enfermo. Aquí todo está pavimentado. Antes vivíamos en una pieza y el baño de ladrillo.

La niña era primera vez que iba a esa iglesia porque una señora que se llama Luz Marina le pidió a mi mujer que la dejara ir. Yo primero le dije que no, pero como era la iglesia que quedaba a dos cuadras y media, no pensé que la iban a llevar en carro.

En esos días yo paraba en Santa Marta y ese día me quedé porque el primo me dijo que lo ayudara a arreglar el carro o de no me hubiera cogido en Santa Marta cuando pasó lo de la niña. Eso fue grande, eso es un dolor muy fuerte. El padre cuando se le muere un hijo, si lo quiere de verdad siente ese dolor, se lo digo por experiencia. Ya no bebo, ni bailo, no voy a fiestas ni nada desde que se murió la hija mía, ya no siento alegría al oír la música.

Ella cuando estábamos en la otra casa se ponía a ver televisión conmigo, se me sentaba en las piernas, y me decía ‘yo quiero que me pongas las comiquitas papi’ y yo se las ponía. Cortaba lo que estaba viendo para ella. Y le gustaba oír los CD de champeta, los sábados y los domingos como no había clase.

Los primeros días nos dieron seguimiento sobre psicología, ya se olvidaron de nosotros. Hasta ahora no ha venido nadie. Uno todos los días está recordando a la niña”.

Yenis Movilla Ortiz, 25 años

Mamá de Bladimir Otero Movilla, 3 años

“(Se queda callada por unos minutos) Tenemos un año de estar en esta casa en Los Laureles. Si lo material fuera todo. Nos vinimos para acá porque no teníamos casa en Faustino Mojica, nosotros estábamos viviendo con la mamá de mi marido. Como nos la entregaron para que no quedara sola tocaba venirnos para acá. Estoy trabajando en casa de familia, mi marido también está trabajando y viene en la tarde. Estamos bien, gracias a Dios. El problema era porque no había salido embarazada, pero gracias a Dios ya estoy embarazada. Tengo tres meses. Tenía problemas para quedar embarazada porque me estaba cuidando con el dispositivo y me lo quitaron.

Nos han ayudado bastante con la psicología, en el trabajo también me ayudan bastante. Todavía no sé si el bebé es niño o niña, pero que sea lo que Dios me mande. Estoy contenta y mi esposo está alegre (calla). A veces creo que no estoy embarazada, se me meten ideas en la cabeza. Ya me hice ecografías y todo.

El tratamiento psicológico me servía porque venían aquí y no estaba sola. Desde diciembre del año pasado ya no tengo tratamiento. Los dos estábamos en tratamiento. A veces hay momentos que no me da sueño, se me meten tantas cosas en la cabeza”.

Breidis Alfonso Rocha Pérez, 33 años

Papá de Lucas José y Breiner José Rocha Torregrosa, de 4 y 8 años.

“Mi vida ha cambiado totalmente, me hacen mucha falta mis hijos. Tengo una bebé, de cuatro meses, que quiero mucho, pero no es fácil sobrepasar esto. Ya no vivo con Ornella, hace casi un año nos separamos. Ella está en Medellín, yo vivo solo acá. Trato de mantenerme ocupado, de reírme con mis clientes para tratar de no pensar, pero siempre no hay un momento que no piense en ellos.

Antes vivía en Altamira, pero ya tenemos año y pico de vivir en Los Laureles. Allá vivíamos en una pieza de material, al lado de mi mamá. Me he sentido bien viviendo acá, pero mi barrio es aquel. Nos vinimos para acá por mi esposa porque allá tenía muchos recuerdos. Eso es duro para ella, uno como varón tiene que dárselas de más fuerte. Hace cuatro meses abrí la tienda, antes tenía una ebanistería con un tío y decidimos venderla y me dediqué a esto.

Estoy feliz con mi bebé, pero mis hijos me hacen mucha falta. Eran muy apegados a mí, sobre todo el menor. Dormía conmigo, se levantaba, se pasaba para mi lado y se me metía en la costilla. Eso le hace falta a uno. Antes de que pasara esto trabajaba de mototaxi y más paraba jugando con ellos. Apenas me ganaba mi platica para la comida, ya listo. Era feliz jugando con ellos. Mi vida cambió totalmente.

Las autoridades han cumplido con algunas cosas, pero la que más queríamos que era la del Gobierno no, que era que nos iban a ayudar con la operación de mi esposa para que pudiera tener otro hijo. Siempre que íbamos a Santa Marta, la EPS le decía vente tal semana, tal mes y así se pasó el tiempo y no quedamos en nada. Yo estaba muy ilusionado de que a ella la volvieran a operar. Ella se fue para tratar de olvidar. Mi mayor deseo es volver a tener un hijo con Ornella”.

Norma Cecilia Meza Martínez, 39 años 4:46

Mamá de Antonio José Pabón Meza, de 7 años

“El año 2014 fue muy duro para mí. Ocurrieron muchas cosas juntas, fallece mi hijo, pierdo mi hogar, luego pierdo mi empleo. El 2014 me quitó casi todo. Vivo sola, mi hijo Figo, de 14 años, vive con el papá porque nosotros nos separamos.

Mi hijo Antonio duro cinco días vivo, desde el 18 hasta el 22 de mayo en la Clínica Adelita de Char (en Barranquilla). Cuando regresé a Fundación nosotros nos quedamos viviendo donde la hermana de mi esposo porque yo no quería volver a mi casa y en junio nos separamos. Ya nosotros veníamos con problemas desde antes que pasara el accidente del niño, pero de pronto no era el momento para él salir a ponerme una mujer enseguida cuando yo estaba pasando por un momento difícil, pero todo lo que pasa en la vida es para bien, por algo permite Dios las cosas. Estoy de pie porque Dios me ha dado fortaleza.

Yo fui una mamá dedicada a mis hijos y quizás ahora que él no está me he puesto a pensar que mi hijo y todos los niños que fallecieron ese día fueron escogidos para muchos cambios en la vida de muchas personas. Yo no vivía en una casa como esta y no vivo aquí porque me agrade, sino porque me queda cerca mi trabajo. Ya me he amañado, pero era difícil estar aquí porque la forma como obtuve esta casa no me gusta. Yo tenía mi casa, vivía en dos piezas, donde todo era apretado, pero muy bien organizado. Había mucha gente que vivía en cambuches, muy mal, y la alcaldesa ni nadie conocían esos barrios.

De pronto Dios permitió esa tragedia para que mucha gente se diera cuenta que en Fundación hay mucha pobreza y niños necesitados. Nada que Dios permite que pase, pasa para mal. Dios le da la fortaleza y la paz a uno porque yo no recuerdo a mi hijo con tristeza.

Yo no lo visito en el cementerio, siento que esas flores que le voy a poner él ya no está ahí. Él sabe quién fui yo con él y sabe cuánto lo amo. A veces hay momentos en que lo quiero ver, quisiera aunque fuera un minuto tenerlo entre mis brazos y lo que siento se lo expreso, cuánto lo amo, cuánto lo extraño. Siento que cuando voy allá retrocedo”.

 

PAOLA BENJUMEA

ENVIADA ESPECIAL DE EL TIEMPO

 

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