Un mes para pensar

Un mes para pensar

Es hora de entender que la más profunda acción política se hace en las aulas escolares.

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16 de mayo 2016 , 07:00 p.m.

El Día del Maestro se celebra el 15 de mayo y, por extensión, a lo largo de todo el mes se hacen encuentros y celebraciones cuyo valor puede ser mayor si se aprovechan para reflexionar sobre los retos de la profesión en los tiempos que vivimos.

No son tiempos fáciles para una profesión con tantas exigencias éticas y con la mayor proyección histórica. Es momento para evocar a Heidegger: “Donde la relación entre maestro y aprendices sea la verdadera, nunca entra en juego la autoridad del sabihondo ni la influencia autoritaria de quien cumple una misión. De ahí que siga siendo algo sublime llegar a ser maestro, cosa enteramente distinta de ser un docente afamado. Es de creer que se debe a este objetivo sublime y su altura el que hoy en día, cuando todas las cosas se valorizan solamente hacia abajo y desde abajo, por ejemplo, desde el punto de vista comercial, ya nadie quiera ser maestro. Probablemente esta aversión se relacione con aquello gravísimo que da que pensar”.

Hoy tenemos cosas muy graves en qué pensar. Vivimos en uno de los países más inequitativos del mundo y nuestro sistema educativo no está ofreciendo a los niños de más bajos recursos la posibilidad de acceder a las mejores oportunidades para progresar. Esto significa que nuestro modelo educativo, del cual los maestros somos pieza fundamental, no contribuye a la reducción de las brechas sociales y sí está ayudando a perpetuarlas.

Es hora de entender que la más profunda acción política se hace en las aulas escolares de la educación pública, donde deben alentarse talentos, liderazgos, inconformidades, iniciativas y responsabilidades ciudadanas que vayan conduciendo a nuestros jóvenes a buscar posiciones de dirección en todos los campos de la vida social. Leer, escribir, discutir, conocer la historia, comprender los procesos sociales, cultivar el entusiasmo por la ciencia, la tecnología y el arte son las armas políticas de quienes hemos asumido la responsabilidad de acompañar a las nuevas generaciones en su camino hacia el futuro.

El futuro también debe ocupar nuestros tiempos de pensar, porque el país se debate por estos días entre quienes intentan nuevos caminos para conciliar una vida institucional y avanzar por vías de justicia social sin usar las armas y quienes persisten en la guerra como forma de vida, invitando a la gente a una resistencia civil contra la esperanza. Porque lo que pretende el señor Uribe, en su inmensa mezquindad, es invitar a la gente a que siga matándose en su nombre. Quienes disparan y mueren son los niños que nosotros educamos en escuelas rurales. Quienes han sido reclutados en el Ejército y la insurgencia no son los hijos de Uribe, ni de Ordóñez, ni de los príncipes del Centro Democrático, sino los pobres, los que no pueden pagar para evitar la guerra.

Vivimos tiempos en los que se hace urgente pensar. Inculcar el derecho a la esperanza, trabajar cada día en cada salón de clase, en cada asignatura para alimentar el deseo de vivir en paz puede ser la acción política más fuerte y perdurable que los maestros podemos hacer. Que las derechas rabiosas hagan resistencia civil contra la educación, que muestren el cobre, que inviten a los padres de familia a mantener a sus niños en la ignorancia y la pobreza, que pidan la destitución de los maestros que promueven la paz y la convivencia en los colegios y las universidades.

La paz comienza en esta dura confrontación que se ha destapado gracias a los diálogos de La Habana. Pero la paz es un proyecto histórico que trasciende al gobierno actual, al presidente actual, a los líderes de las Farc que hoy negocian en Cuba. La paz es un proyecto ético que debemos inculcar en todos los niños de Colombia, pues sin ella la desigualdad seguirá enquistada en lo más hondo de nuestra identidad.


Francisco Cajiao

fcajiao11@gmail.com

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