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Rosa Elvira se 'autosuicidó'

Rosa Elvira se 'autosuicidó'

Colombia sufre de un fenómeno social profundo: creemos que las víctimas se merecen lo que les pasó.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
16 de mayo 2016 , 05:51 p. m.

Faltan solo siete días para que se cumpla el cuarto aniversario de la muerte brutal de Rosa Elvira Cely en el Parque Nacional. A Rosa Elvira la mató un psicópata asesino que la torturó, apuñaló e incluso empaló. En el informe de Medicina Legal se revela que le encontraron rastros de barro, hierba y madera en los intestinos, pues el homicida le introdujo un objeto por el ano que, además, le destrozó el útero y las trompas de Falopio.

Pero a Rosa Elvira también la mató el machismo aberrante de este país que considera, aunque se rasguen vestiduras y se hagan notas de prensa para denunciar de momento, que la mujer es propiedad de alguien, que debe ser sojuzgada y castigada y que incluso ese castigo cae en el derecho natural de la familia. Pero a Rosa Elvira también la mataron la desidia, el desgreño, la informalidad del Estado colombiano, porque la Policía se demoró mucho en atender el llamado de emergencia y, aunque había un hospital a cuatro cuadras (San Ignacio), la llevaron a uno a ocho kilómetros (Santa Clara), con lo cual a Rosa Elvira también la mató el ominoso clasismo de este país.

El domingo pasado, la Secretaría de Gobierno de Bogotá la volvió a matar y a rematar cuando, gracias a un concepto de la jurista Luz Stella Boada, supimos que si ella “no hubiera salido con los dos compañeros de estudio después de terminar sus clases en horas de la noche, hoy no estuviéramos lamentando su muerte”. Textual. Rosa Elvira es culpable de su propio fin, o, parafraseando a ese estadista e intelectual latinoamericano, Nicolás Maduro, Rosa Elvira se “autosuicidó”.

Luz Stella Boada se tuvo que ir de su cargo el mismo domingo. Miguel Uribe, su jefe, la desautorizó. Enrique Peñalosa, superior de ambos, también. Casa de Nariño hizo lo propio, y las redes sociales armaron la gran carnicería contra todos los anteriores y ante el desatino jurídico, moral y humano. No obstante, yo creo que el concepto de la señora Boada no surge de ninguna teoría jurídica ni de profundas elucubraciones legales, sino de un fenómeno social y cultural muy profundo: en Colombia, las víctimas se “autosuicidan” o se merecen de alguna manera lo que les pasó. Aquí, toda víctima tiene, en mayor o menor grado, la culpa de su propio destino.

Eso parece estar en nuestra médula, como nación, y por eso no es tan escandaloso que el señor José Félix Lafaurie, del gremio de los ganaderos, y Alejandro Ordóñez, del gremio de los rezanderos y los marrulleros, clamen indignados porque se busca restituir a miles de campesinos las tierras que las autodefensas les arrebataron durante el conflicto. Las que usurparon las Farc, esas sí que sean devueltas; las de los paramilitares, no. Finalmente, esos campesinos desplazados, expoliados, tuvieron la culpa de estar allí, en medio de la guerra; de no denunciar a las Farc, de tener miedo, y ya hay títulos de propiedad legalizados a manos de grandes terratenientes.

Por esa convicción colectiva de que hay algún mérito en lo horrible que nos puede pasar, pues lo buscamos, lo auspiciamos, no lo previmos o lo debemos (“algo debía”), apenas fue un asunto anecdótico que, luego del famoso golpe de Hernán el ‘Bolillo’ Gómez a una mujer, la congresista Liliana Rendón dijera: “Si (mi marido) me pega fue porque yo me lo gané… Yo me lo gané porque tuve que haberlo jodido mucho… Somos muy necias (las mujeres) y cuando decimos a fregar, no nos para nadie”.

Hace una semana larga, Ingrid Betancourt nos abofeteó como sociedad con un discurso muy bello, en una actitud sin revanchas, en un espíritu enaltecedor, y sin mencionarlo volvió a recordar cómo este país no solamente ignora a sus víctimas sino que las aborrece. Ella es el ejemplo perfecto.

Cuando el 23 de febrero del 2002 se la llevaron las Farc, secuestrada, el país entero asumió la versión del gobierno Pastrana, reforzada después por el gobierno Uribe, de que el acto de Ingrid de irse al Caguán apenas se rompieron los diálogos fue un mero oportunismo electoral o, en el mejor de los casos, una actitud irresponsable en busca de prensa. Casi nadie sabe que, por el contrario, la presencia de ella en esa región se dio en cumplimiento de una promesa que le había hecho al alcalde de San Vicente del Caguán, único mandatario que tenía Oxígeno Verde en todo el país. Pocos días antes de romperse los diálogos, el hombre la buscó (era su jefa política) y le manifestó que tenía miedo, que si se acababa “el despeje”, él iba a quedar en peligro, a merced de las Farc, e Ingrid le aseguró que si aquello ocurría, iba a estar con él en ese momento.

Y eso le costó seis años y cuatro meses de vida, con todo lo que puede significar eso en cuanto a salud, equilibrio, intimidad, familia, proyecto personal, sin añadir los tratos degradantes, la humillación, que ya han quedado bastante ilustrados. Y a pesar de esto, la actitud del país hacia Ingrid en esos años fue de olvido, pero aun, de recriminación (“ella se lo buscó”). Molestaba a muchos que su foto estuviera en la alcaldía de París, que varias ciudades la nombraran ciudadana de honor, que Francia presionara a Uribe para que se negociara su liberación. Era una niña rica que había decidido meterse en la boca del lobo.

Cuando mencionó la posibilidad de elevar una demanda contra el Estado por 13 mil millones de pesos, la animadversión se volvió odio, y ya no solo fue la niña rica irresponsable sino la “agalluda” y la “desagradecida” que olvidó esa operación militar con la que volvió a ser libre. Nadie reparó en ese momento que otros de los secuestrados de aquella época (Gloria Polanco, Sigifredo López, Eduardo Gechem, Orlando Beltrán y Consuelo de Perdomo) también habían iniciado o iban a iniciar esa misma demanda.

Finalmente, Ingrid desistió de hacerlo y hace dos semanas reconoció que fue un error. “Me faltó sensibilidad”, dijo.

Es probable que sí, aunque no tanta como la que le falta a esta sociedad nuestra, dura, inhumana, incoherente, donde ser secuestrado es más culpa de la víctima que del victimario, donde los campesinos que reclaman tierras son oportunistas, donde a las esposas las golpean porque son muy necias y donde una mujer que termina empalada y muerta es culpable por irse de copas con unos compañeros de estudio.


Sergio Ocampo Madrid

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