Oscura noche para la izquierda en América Latina

Oscura noche para la izquierda en América Latina

Timonazo en Brasil deja sin apoyos a países del bloque 'bolivariano', en particular a Venezuela.

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12 de mayo 2016 , 08:53 p.m.

Más que la muerte del ‘comandante’ venezolano Hugo Chávez en marzo del 2013 o la derrota del kirchnerismo en Argentina en el 2015, la caída del lulismo en Brasil, con el juicio de destitución de la presidenta Dilma Rousseff, parece el golpe de gracia para la época de oro de la izquierda de Latinoamérica, una región que ve cómo la centroderecha paulatinamente ha regresado al poder en algunos de los países más influyentes del continente.

El cambio de gobierno anuncia nuevos vientos en la geopolítica regional, y el esquema de alianzas de Brasil con sus vecinos variará. Se espera un acercamiento con la Argentina del centroderechista Mauricio Macri y un replanteamiento de sus relaciones con los países del bloque Alba, como bien lo explicó el senador Romero Jucá, presidente del Partido del Movimiento Democrático Brasileño, el mismo del nuevo presidente Michel Temer, quien expresó su molestia porque solo los países del Alba apoyaron la tesis de que lo sucedido fue un “golpe de Estado”.

“Los pocos aliados que le quedan a Rousseff son en su mayoría del bloque bolivariano, que está en decadencia”, declaró.

“A Rousseff le quedan (Nicolás) Maduro, que no consigue hablar ni en Venezuela; (Rafael) Correa, que tiene sus problemas en Ecuador y no es el mejor ejemplo de democracia, y Evo Morales, que acaba de perder el referendo”, añadió.

Otros países prefirieron el silencio o fueron cuidadosos de no rechazar o apoyar a alguno de los bandos y se fueron por la línea de la defensa de la democracia y la institucionalidad.

De hecho, analistas consultados por EL TIEMPO descartan que en organismos como la OEA y la Unasur haya consenso para intentar imponer un castigo al nuevo gobierno brasileño por lo sucedido.

El modelo Lula, en el que un hombre del pueblo, obrero metalúrgico y líder sindical logró llegar al palacio de Planalto, inspiró a millones de personas que se comprometieron con su epopeya redentora.

Y les fue bien. Fruto de esa visión, unas 30 millones de personas salieron de la pobreza y ascendieron a la pujante clase media brasileña; fueron exitosos los programas como ‘Hambre cero’ y ‘Mi casa, mi vida’; el crecimiento de la economía del gigante suramericano llegó a un impresionante 7,5 por ciento en el 2010, y Lula se despidió con un irrepetible 70 por ciento de popularidad que lo puso a sonar para liderar ligas mayores como la secretaría general de Naciones Unidas. La apoteosis llegó cuando Brasil consiguió, además, las sedes del Mundial de Fútbol de 2014 y los Olímpicos de este año, que paradójicamente serán inaugurados, de no suceder algo extraordinario, por el ahora odiado Temer.

Tanto fue el arrastre de su carismática figura que los brasileños terminaron eligiendo como su sucesora a quien Lula designó a dedo: Dilma Rousseff.

Antes, en 1999, ya había emergido en Venezuela el proyecto de Hugo Chávez, que tuvo conquistas sociales indudables. Pero que hoy, bajo la conducción de su sucesor, Nicolás Maduro, atraviesa sus horas más bajas en medio de una feroz crisis de desabastecimiento, de una inflación galopante y de una recesión que, a falta de datos confiables, se sospecha que tuvo una caída de más del 7 por ciento.

Precisamente se estima que Maduro será uno de los mayores perjudicados, pues se ha apoyado en Brasil para atenuar la grave crisis de escasez de productos básicos. Pero ahora ya no tiene de su lado ni a Argentina ni a Brasil. Y Cuba negocia con Estados Unidos, lo que ha minado su posición internacional.

Caso aparte es el de la era Kirchner, en Argentina, en la que Néstor y Cristina lograron ajustar 12 años en el poder, pero que sufrieron un gran golpe con su derrota ante Macri.

O el de Bolivia, en el que Evo Morales no logró en el referendo una reelección más; o el de Ecuador, golpeado por la caída de los precios del petróleo.

Dos elementos son comunes en estas crisis de la izquierda: por una parte, el fin de la bonanza vivida gracias a la subida permanente de los precios internacionales de las materias primas. Es claro que estos gobiernos fueron incapaces de hacer sostenible su modelo o al menos blindarlo de los avatares de la economía internacional.

Y el otro es la corrupción. Salvo en el caso ecuatoriano, casi todos estos países se han visto sacudidos por escándalos de este tipo.

Así, las relaciones en la región se van a rebarajar.

MUNDO

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