Los yerros de Rousseff

Los yerros de Rousseff

Que Dilma haya sido relegada señala que ciudadanía fuerza a los gobernantes a actuar con honestidad.

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12 de mayo 2016 , 08:47 p.m.

Lídice da Mata, senadora del Partido Socialista Brasileño, sentenció que con Dilma “se ha utilizado un pretexto jurídico para un proceso político”. El corolario que se podría derivar de dicha queja es que maquillar las cuentas públicas sirvió como excusa para enjuiciar a una presidente y no, una razón política suficiente para desmontar el programa socialista y asistencialista del Partido de los Trabajadores (PT). Pero la senadora omite un aspecto fundamental de los juicios políticos a los presidentes: la exigencia de una conducta individual correspondiente a la altura de su cargo, sin importar la supuesta gravedad de la felonía.

Casos de juicio político han sobrado en la historia del hemisferio americano. Cabe recordar el escándalo político en Estados Unidos por cuenta de las relaciones extramaritales de Bill Clinton, las acusaciones de corrupción que llevaron al banquillo legislativo a Alberto Fujimori, en Perú; los excesos y la severidad de los ajustes fiscales de Carlos Andrés Pérez también justificaron su paso por la palestra de los juzgados venezolanos y el proceso legislativo-judicial que intentó demostrar la financiación mafiosa de la campaña presidencial de Ernesto Samper en Colombia.

En Centroamérica, la intención de perpetuarse en el poder por parte de Manuel Zelaya produjo una férrea oposición judicial y legislativa que derivó en el gobierno de Roberto Micheletti, la renuncia del presidente guatemalteco Otto Pérez Molina ante las graves pruebas de corrupción y la tentativa de juicio al ex presidente panameño Ricardo Martinelli, también por venalidad; prueban que la senadora desconoce que las causas políticas impulsan las deliberaciones jurídicas. Y, no al revés.

Así, que Dilma y su gobierno hayan sido relegados señala que la ciudadanía latinoamericana presiona a sus gobernantes para actúen con honestidad y beneficio público. Para que esos líderes acunados bajo el brazo petrolero de Hugo Chávez cumplan con lo que prometieron tanto en campaña como en el Foro de Sao Pablo, desterrar a la derecha imperialista y corrupta del poder. Sin embargo, todo apunta a que ese proyecto de redención socialista era, más un puñado de buenas intenciones que una pauta de gobierno responsable.

Dilma y su establecimiento optaron por la victimización ya cuando no había capital político para contener los embates políticos. Con una favorabilidad por el piso, una economía inflacionaria, deficitaria y sin crecimiento del empleo; una crisis de lealtades en su coalición y con la ciudadanía polarizada en las calles, el recurso al sufrimiento por ser mujer y ex guerrillera no filtró las goteras de su falta de liderazgo e incompetencia. Tan desesperado fue su actuar, que intentó blindar a su padrino Lula da Silva con la inmunidad ministerial y, con ello, catalizó el incendio de la caldera del juicio político con más resquemores ideológicos que con rendición de cuentas.

Para ello, Dilma se granjeó apoyos trasnacionales igual de impopulares a ella. Los presidentes de Venezuela, Bolivia y Nicaragua cerraron filas en torno a su comadre ideológica y alertaron que el golpe de Estado que se gestaba en Brasil era una empresa política que buscaba desmontar el socialismo del siglo XX. Iniciado con la inoculación del cáncer a Hugo Chávez pasando por la salida de la presidente Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, hasta llegar al derrocamiento de Dilma y el mismo Maduro. Y, aquí se presenta otro error en la estrategia política del Partido de los Trabajadores: la descalificación del accionar político en contra de sus figuras con personalidades que afrontan las mismas crisis políticas que ella.

Al desprestigiar un proceso político y constitucional con la carga anímica que encierra la noción de golpe de Estado, revela que tanto Rousseff como Lula se presumían intocables. Consideraban que la bondad de los programas asistencialistas y deficitarios los blindarían de las responsabilidades y las cuentas que tenían que aclarar ante los poderes judicial y legislativo.

Y todo parece indicar que ese cálculo descalificatorio fue un agravante, no solo para Dilma sino para el mismo sistema político brasileño. Quedaba en el ánimo la sensación de que la institucionalidad política solo es legítima, válida y respetable cuando les entrega las credenciales a los senadores del PT y a Dilma como presidenta, pero cuando opera contra ellos, es producto de intenciones criminales imperialistas. La idea de golpe de Estado con mecanismos constitucionales no cuajó y, desvirtuó más las actuaciones de Rousseff y sus apoyos trasnacionales.

En este orden de ideas le vendría bien a la senadora da Mata repensar su sentencia y, persuadirse de que en efecto, las fuerzas políticas se movilizan de acuerdo con intereses, proyectos y visiones de Estado y sociedad. De que la ley es esclava de la política y, no al contrario. Si no cree, que salga a la ventana de su casa y verá que la ciudadanía brasileña se moviliza sin importar las disposiciones jurídicas por venir. Lo que les interesa es lo que vendrá. Es decir, les preocupa que la política se adecente.

DIEGO CEDIEL
Profesor de Ciencias Políticas y analista internacional
Universidad de La Sabana.

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