Editorial: Brasil, fin de una era

Editorial: Brasil, fin de una era

La separación de Dilma Rousseff del poder va más allá del maquillaje de cuentas.

12 de mayo 2016 , 07:01 p.m.

La presidenta Dilma Rousseff no ha robado, no ha sido salpicada por los escándalos de corrupción que golpean a su país, ni tampoco –que se sepa– ha espiado a sus enemigos o ha cometido violaciones de los derechos humanos. Más aún, 54 millones de votos respaldaron su reelección.

Sin embargo, este jueves fue apartada del poder por 180 días, y será sometida a un juicio político de destitución por un Senado que tiene al 80 por ciento de sus integrantes en investigaciones que van desde corrupción hasta inasistencia alimentaria. Su delito: maquillaje de cuentas públicas, que es, a juicio de ella, una falta administrativa menor, que además han practicado sus predecesores, sin que fueran considerados criminales.

Pero, y acá viene la fatal paradoja, su gobierno ha sido sacudido semana tras semana por los más pavorosos escándalos de corrupción, que han envuelto a miembros de su más cercano entorno político, entre ellos su mentor, el carismático Luiz Inácio Lula da Silva. A esto se añadió que la que en su mejor momento fue la sexta economía mundial va rumbo al desbarrancadero, con una contracción del 3,8 por ciento al cierre del año pasado, con un desempleo del 10,9, con una inflación del 9,28, y sin buenas perspectivas. La popularidad de Dilma apenas si llega al 10 por ciento. El hecho de que los mercados cerraran al alza cuando el proceso contra ella daba un paso más muestra con quién está el establecimiento.

Así que si queremos buscar las razones que desembocaron en la suspensión de la mandataria, hay que sumar todo pero, sin duda, escarbar más en estas cifras que en el relato oficial del ‘impeachment’. Hay que analizar más las razones por las cuales un importante porcentaje de los 30 millones de brasileños que el modelo Lula sacó de la pobreza y pasaron a la clase media están hoy en franco regreso a su estado inicial. Detenerse en una matriz que brilló mientras el precio internacional de las materias primas empujaba los programas sociales, pero que nunca se preparó para la inevitable llegada de las vacas flacas. Entender, como una lección que taladra las certezas de los populismos latinoamericanos actuales, que aunque el asistencialismo ayuda como medida de choque, a largo plazo se vuelve insostenible si no se da un salto en el modelo productivo.

Y aquí es donde aparece la figura de Temer, el sucesor. Siendo un político de bajo perfil, hábil componedor de alianzas y fórmula vicepresidencial de Dilma, se alejó del Gobierno cuando el barco empezó a hacer agua. Ese cambio de bando marcó el destino de la presidenta, lo que no significa que se haya conjurado una crisis, sino que quizás se hayan abierto otras muchas: Temer tiene un proceso por falsificación de cuentas en la campaña presidencial del 2014.

En lo internacional, es un golpe más para la izquierda latinoamericana y un aliado menos para el presidente Maduro.

Temer será un presidente en remojo y con poco tiempo. Si su ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, no da con el chiste de hacer reflotar las finanzas, el transatlántico brasileño podría buscar otro capitán o forzar nuevas elecciones. Nunca como ahora la frase acuñada en la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992 tuvo tanto sentido en Brasil: “Es la economía, estúpido”.


editorial@eltiempo.com

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