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Ya nos lo impusieron. Ya qué. Puede que el destino de Vargas Lleras sea la presidencia, santo Dios.

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Ya nos lo impusieron. Ya qué. Ya hay luna llena, el cielo negro está a una gota de caerse de su peso, el pueblo que vota está desmoralizado, como debe ser siempre que empiezan las campañas presidenciales, pues está por cumplirse alguna falsa profecía: “van a entregarle el país a la guerrilla...”. Ya todos los planetas están alineándose, por supuesto, si por “los planetas” uno entiende “los parásitos del poder”, “los manzanillos de cejas sesgadas”. Ya el séquito de siempre espera, agazapado, en las viejas trincheras colombianas, sí. Y el secreto a voces no es entonces que el vicepresidente Vargas Lleras se transforma en el candidato Vargas Lleras en el filo de la medianoche –pues quién no sabe a estas alturas que el Doctor Jekyll es el mismo Míster Hyde–, sino que va a ser el próximo Presidente de la República de Colombia: “¡oh gloria inmarcesible...!”.

Por qué se habla de disidencias en ese desprestigiado Partido Liberal que es una disidencia de una disidencia de una disidencia; por qué los congresistas de la oposición han estado endureciendo sus sentencias contra el Gobierno, “¡inepto!”, “¡corrupto!”, “¡insensato!”, semejantes a aquellas personas embelesadas por el reflejo de sus personajes de las redes sociales; por qué la elección del Fiscal General se ha estado volviendo otra colombianísima guerra a muerte; por qué el vicepresidente Vargas Lleras ha estado guardando este silencio inquietante, por no ensayar adjetivos, como si en su país en obra negra no estuviera sucediendo el serio e impopular proceso de paz con las Farc: porque –aunque de entrada se sepa el campeón: ya nos lo impusieron, ya qué– hoy en día las campañas presidenciales duran lo mismo que las eliminatorias al mundial.

Por qué el senador Uribe Vélez, que una vez fue el Presidente, pero una mañana despertamos sobresaltados (“cesó la horrible noche...”), anda llamando a la resistencia civil contra el proceso de paz: no es uno de los líderes de San José de Apartadó que señaló esa vez, ni es un defensor de los derechos humanos de los que ha estigmatizado, ni mucho menos un periodista calumniado por él mismo, sino un poderosísimo senador cometiendo la bárbara ligereza de llamar contra la paz que reclaman tantos colombianos invisibles, pero tiene claro que aquí en Colombia siempre estamos en campaña presidencial, sabe bien que las fuerzas se están alineando una vez más alrededor del tema de “la paz”, y que lo suyo ha sido fabricarle incertidumbres a esta democracia que siempre está en juego.

Y repetir en la W “claudicación”, “catástrofe” e “impunidad”, con voz tristemente ronca, hasta volverse el dueño del “no” a los diálogos de paz ajenos.

El expresidente Uribe Vélez sabe de memoria que esos millones de colombianos que viven exasperados con esta democracia –porque les parece una farsa muy costosa, una máquina muy lenta y un refugio de mamertos– suelen anhelar presidentes pragmáticos; nota que los planetas están alineándose a favor de Vargas Lleras, si por “los planetas” uno entiende “los factores de poder” y “los lagartos”, y que este es el momento de aclararnos a todos que el próximo presidente sí tendrá que contar con lo que él encarna, y no podrá echarlo a un lado. Pero lo cierto es que el pragmatismo fue la ideología de la Regeneración, de la Dictadura, del Frente Nacional, de la Seguridad Democrática, y mire usted dónde estamos, y algo tendrá que hacer esta ciudadanía con esta república en la que todos los políticos vuelven a ser amigos cuando es demasiado tarde, y sus hinchas ya se han matado por ellos.

Sí, puede que el destino de Vargas Lleras sea la presidencia, santo Dios. Pero el de los demás tiene que ser la resistencia a la resistencia de Uribe: o sea la democracia.


Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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