El discurso del hambre

El discurso del hambre

La revolución en Venezuela perdió la batalla más importante: llevar comida a la gente.

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12 de mayo 2016 , 04:13 p.m.

El hambre es la peor pandemia social que pueden sufrir los pobres. Su aparición en cualquier escenario de la vida es la derrota del sustento ante la ruindad. Cuando es la falta de políticas efectivas la que genera el problema, hablamos de un eslabón de la crisis que tiene disparadores telúricos en todas las direcciones.

Sin alimentos suficientes y de calidad en la mesa de la familia venezolana, las dificultades abrirán una brecha asombrosa entre el sueño de la cúspide y la base ruinosa, que resiste una pesada carga que le endosaron los culpables de la ilusión. Su ideología primitiva fue capaz de mandar a los pobres al inframundo de las penurias.

El hambre es un multiplicador de todas las enfermedades; las que son crónicas reducen la condición de vida a la mínima expresión. Igualmente, contribuye decisivamente a la aparición temprana de otras. Con este parámetro diabólico crecen los problemas de rendimiento escolar y de ausentismo en la misma área educativa. El alumno no tiene los elementos nutricionales adecuados para rendir de manera óptima, se presentan fallas estructurales en el proceso cognoscitivo de quien carece de una nutrición de calidad. El ausentismo escolar se exhibe como la última disciplina estelar del pénsum de estudio. El educando abandona el barco donde estaban todos sus anhelos y la esperanza de mejorar sustancialmente.

Aumentan la marginalidad y la delincuencia como un nuevo eslabón en la cadena de la propagación de la miseria. También el desempleo tiene su carga genética social arraigada en la falta de un salario acorde y en la huelga general de las ollas familiares de brazos caídos. Es realmente todo un cuadro amorfo que actúa en las formalidades propias de una crisis estructural de un modelo. Existe hambre porque las políticas económicas del Gobierno han sido mal ejecutadas; nunca pusieron el énfasis en producir sino en destruir el aparato productivo hasta volverlo trizas.

El fenómeno trae consigo las infernales colas, que son el producto monumental del fracaso de un modelo absolutamente irracional, que pensó que despedazando a la inversión privada podría sacar alimentos de las empresas quebradas; un sibilino canto al desaguisado revolucionario que nos indujeron en la noche de las banderas rojas. Con el hambre crecieron esos gigantescos bachacos que se erigen en la nueva era de los asaltantes, que terminan atracando al mismo pueblo necesitado.

Ese germen nacido en las entrañas del régimen describe en pequeña escala el atraco que han sido sus impulsores desde las esferas del gobierno miraflorino. Que hayan dilapidado una incalculable fortuna para guardársela en sus cuentas significó una de nuestras vías a la catástrofe segura.

El discurso del hambre no tiene el beneplácito de los grandes escenarios, sus palabras no contienen el perfume de la erudición que despierta halagos entre los presentes. Solo cuenta con los sonoros aplausos de los estómagos vacíos; el ruido de las cacerolas se asemeja mucho a los retortijones alzados por la falta de alimentos en la mesa familiar. Es una verdadera rebelión existencial de una situación volátil.

Querámoslo o no, el hambre nacional nos está hablando desde hace tiempo, solo que ahora su voz se hace palpable en los rostros desencajados que en infernal fila india aguardan frente a los anaqueles en la espera de un milagro.

Son millones de seres que escuchan en las entrañas sus lamentos y quebrantos. La revolución creyó más en la política que en los panes, se llenó de batallas intrascendentes para perder la más importante: la de llevarle comida suficiente y de calidad a la gente.

Prefirieron quebrar las empresas, negarles tierras y créditos a los campesinos hasta hacer de Agroisleña un mamotreto a la gigantesca estafa; convirtieron los fundos productivos en extensos desiertos tropicales en donde crece la hierba. Buscaron liquidar a la inversión privada para descubrir su enjundia para producir. Han terminado de asesinar a las gallinas de los huevos de oro. No eran los empresarios los responsables del hambre nacional; es la visión corta de encontrar culpables entre los que precisamente tratan de buscar una salida que nos devuelva la comida. Sus incapacidades trataron de palearlas comprando en el exterior.

En las cavas refrigeradas se fue quedando el alimento de una nación. Cuando la llevaron a los containers, la misma terminó pudriéndose como parte de un gran negocio que hizo multimillonario a un selecto grupo en detrimento de los venezolanos. El hambre seguirá hablando y anda a punto de estallar. Serían aún más terribles las condiciones ¡si el bravo pueblo escucha la voz de la necesidad que no espera!


Alexander Cambero

alexandercambero@hotmail.com
@alecambero

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