La historia del misionero que puso a jugar a Santa Fe en África

La historia del misionero que puso a jugar a Santa Fe en África

Un padre colombiano, hincha del club cardenal, trasmite a niños cameruneses su pasión por el fútbol.

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11 de mayo 2016 , 07:19 p.m.

La cancha se abre campo en medio de enormes arbustos. Bajo un calor ardiente. Es un pequeño espacio de tierra, pedregoso, sin pasto. Los arcos están armados con tubos y piedras. No hay redes. No hay gradas. En ese inhóspito terreno, William Cañón, el sacerdote y entrenador, hace rodar la pelota y decenas de niños africanos corren tras ella; algunos, descalzos; otros, sedientos; la mayoría, sonrientes. Todos visten uniformes rojos y blancos del equipo colombiano Santa Fe, un club lejano, desconocido para ellos, que juegan al fútbol en la selva del Camerún, y mientras lo hacen ríen, sueñan, olvidan sus dramas.

Es domingo, y los domingos para los niños de Mamfe, población del suroeste de Camerún, de unos 20.000 habitantes, son diferentes. Ese día los niños de la comunidad bangwa se olvidan del obligatorio y exigente estudio, del trabajo constante en el campo, de las necesidades que pasan a diario sus familias en medio de la pobreza, de la falta de agua potable, de luz eléctrica, de alimento. También se olvidan de que por allí rondan, amenazantes, muchas enfermedades –sida, malaria y muchas infecciones–.

Es domingo y hay, como siempre, eucaristía; pero además es domingo, como todos, de fútbol.

Son las 8:30 de la mañana dominical. El padre William Andrés Cañón –colombiano, misionero desde el 2014, sacerdote diocesano– acaba de dar la infaltable eucaristía. Luego del desayuno y de una habitual oración, se pone su gorra para protegerse del ardiente sol, se enfunda su camiseta de Santa Fe –una edición amarilla– y se convierte en un improvisado entrenador de fútbol.

Tiene a cargo a decenas de niños, unos 60, que, detrás del balón, juegan a imitar al ídolo nacional, al famoso camerunés, Samuel Eto’o. Sueñan con ser como él, con jugar en Europa, con ganar mucho dinero. Por ahora solo sueñan y sonríen. El padre Cañón ha ayudado para que haya esa sonrisa.

Después de presidir la misa dominical, el padre Cañón le enseña a unos 60 niños de la localidad de Mamfe (suroeste de Camerún) a jugar fútbol. / Archivo particular

El padre futbolero

El padre Cañón no es entrenador. No sabe de táctica ni de fundamentación deportiva. Su único acercamiento con el fútbol es por Santa Fe, el club del cual es un fervoroso aficionado desde cuando nació en Zipaquirá, hace 34 años. Lo sigue en la distancia; desde lejos sufre sus derrotas y festeja sus triunfos.

Aunque es un futbolero, su vocación es la formación cristiana. Para eso está en Camerún desde que su obispo lo autorizó. Era –dice– su sueño: trabajar como misionero en África.

Ahora está en una parroquia de primera evangelización, con muchas actividades diarias. Da eucaristía todos los días, a las 6 de la mañana entre semana, y a las 7:30 los domingos; visita el hospital de la región, donde es capellán; pasa a diario por la zona de maternidad, donde ve a muchos recién nacidos; ve a personas enfermas y a comunidades humildes; pasa horas de camino de un lugar a otro, y de regreso.

A veces la noche lo sorprende lejos de la parroquia y debe buscar dónde dormir, lo que no es una dificultad. La gente allí es agradecida con él, que es de los pocos blancos –y el único colombiano–. La gente, dice, es muy servicial.

La población con la que trabaja es vulnerable. Pasa necesidades. El padre Cañón cuenta que son personas paganas –que no han sido evangelizadas– y que aún practican la poligamia: cada hombre puede tener hasta cuatro mujeres; los hombres de mayor jerarquía, incluso 10.

Por eso abundan las enfermedades, y por eso las familias son numerosas, con abundancia de niños, muchos de los cuales ahora juegan al fútbol. Son niños criados por sus madres, que son las que trabajan, porque allí, según el padre Cañón, aún se vive una cultura machista. “El hombre es el que manda”, dice.

El padre tiene mucho trabajo para orientar a esta población. Relata –con aire de satisfacción– que el cristianismo está creciendo y que ya hay seminarios y conventos llenos de jóvenes que se preparan para la vida religiosa. Siente que está cumpliendo. Pero no era suficiente. Quería hacer algo más. Veía un potencial inexplorado.

Un día cualquiera, soleado como casi todos en Camerún, durante su labor misional, contagiado en el fervor por su equipo, Santa Fe, decidió que a través del fútbol podía llevar un poco de alegría a una niñez que, aunque vulnerable, es apasionada por este deporte.

Muchos de esos jóvenes y niños que se inician en la vida cristiana acuden con puntualidad a la eucaristía dominical que antecede el juego. Escuchan atentos, aunque impacientes.

“Luego de ir a la eucaristía –relata el padre– nos reunimos y brindamos un momento de formación cristiana; después, con mi poco conocimiento en el tema deportivo, jugamos al fútbol”.

Algunos han venido caminando de 2 a 3 horas desde sus casas para llegar a la esmirriada canchita, que en realidad son dos, en medio de la selva. Entonces el padre pone a rodar el balón y los niños, de entre 6 y 16 años, corren, algunos descalzos o con zapatos maltrechos, aunque ahora todos con uniformes, con los de Santa Fe.

Santa Fe en Camerún

El padre Cañón suelta la risa. Le resulta gracioso describir con detalles el lugar en el que imparte sus improvisadas clases de fútbol. “Con decirles que si se lanza el balón al lado derecho, este se cae a un hueco y tardamos mucho para recogerlo”, cuenta, divertido.

Agrega, con orgullo, que los rústicos arcos los hicieron con tubos y que los sostienen con piedras. Para él, todo este esfuerzo es necesario para llevar un instante de alegría allí.

“Verlos llegar es un espectáculo inimaginable –dice el padre, conmovido–, algunos llegan sin zapatos, pero con una alegría inmensa en sus rostros. La mayoría son chicos espontáneos y sinceros. Y, sobre todo, agradecidos. Porque es el único momento que tienen para distraerse y soñar. A pesar de las circunstancias y las dificultades, siempre están allí”.

Les faltaban los uniformes. Por eso el siguiente paso del padre Cañón fue conseguir esa ayuda: una donación. ¿Qué mejor que tocar a las puertas del club de sus consagrados amores? En una de sus visitas a Colombia, en enero pasado, el padre estableció un vínculo con Santa Fe. Pidió una dotación, que le fue aceptada de inmediato. Cuarenta uniformes rojos y blancos de diversas tallas y algunos balones viajaron con él directo a Camerún.

Pudo incluso haber llevado una dotación mayor. El presidente del club colombiano, César Pastrana, al ver las fotos que el padre les envió, al ver la alegría retratada de los niños, sus necesidades, y el escudo de Santa Fe en terrenos tan inhóspitos, se lamentó por no enviar más ayuda.

“No me imaginé la dimensión de las necesidades de esos niños. Cuando vi las fotos pensé: ‘Pude haber ayudado más; ¡hasta guayos hubiera enviado!’ ”, dice acongojado Pastrana.

Santa Fe donó indumentaria deportiva para los niños que entrena el padre Cañón. El escudo y los colores del club cardenal ahora son conocidos en un poblado camerunés. / Archivo particular

Cuenta que el padre ya es muy querido en el club. Que ha hecho buenos lazos con empleados y que a él ya le bendijo la Biblia. Se siente orgulloso de la labor que un santafereño hace en el África. Incluso, el club le entregó al padre una memoria USB con datos detallados del entrenamiento que les hacen a los niños que llegan a sus escuelas. Cañón ya ha comenzado a poner en práctica los ejercicios de calentamiento y la metodología de Santa Fe. Ya parecen un filial cardenal en el corazón de la selva.

El día que el padre Cañón les entregó los uniformes fue una fiesta en la comunidad, un momento de mucha felicidad para los niños, que, luego de una bendición, recibieron la indumentaria, la miraron, se la probaron. Ya conocían el equipo, pues el padre habla de él con insistencia. Y ahora, con esta ayuda, incluso más. “Estoy muy agradecido con Dios –dice el padre– por esta bonita oportunidad que me ha regalado. Y con Santa Fe, por los uniformes. Desde aquí sigo apoyando a mi equipo”.

El padre ya inauguró el primer campeonato en esta comunidad africana, con la ayuda de un camerunés que se prepara para ser árbitro. Incluso, crearon un sistema de reglas de juego limpio, para complementar el deporte con la formación humana.

En uno de los muchos árboles que hay alrededor de la cancha está pegado un cartel blanco con letras azules que contiene el reglamento. Allí, en inglés –se comunican sobre todo en pignin english, una mezcla de lenguas–, dice ‘Golden Rules’ (‘Reglas de oro’), con esta frase: “Haga a los demás lo que quiere que le hagan a usted”. Son seis reglas que el padre ha implementado y que los propios niños se encargan de hacer cumplir: juega correcto, haz tu mejor esfuerzo, juega limpio, sé honesto, celebra, haz la diferencia, ten perseverancia y ten cuidado del otro. –Al que no cumple –explica con firmeza Cañón, y por primera vez parece ser severo– le toca ir a la banca de suplentes por un rato.

Así es el fútbol en esta humilde cancha en medio de la selva, la de arcos de tubos, la de piso de tierra, la que tiene un abismo donde se refunde la pelota, la que lleva el reglamento en los árboles.

Allí los niños de Camerún, vestidos con los colores rojo y blanco de Santa Fe, construyen sueños y se olvidan, por un domingo, de que su vida es adversa. Una adversidad que, sin embargo, no les quita la sonrisa, y menos si hay fútbol. “Aquí los niños –reflexiona el padre Cañón, y se enorgullece– son felices con lo poco y con la vida que tienen”.

PABLO ROMERO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @PabloRomeroET

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