Una noche en Airbnb, la 'app' que revoluciona el mundo del turismo

Una noche en Airbnb, la 'app' que revoluciona el mundo del turismo

La aplicación le ha dado posada a 60 millones de personas, en más de 34.000 ciudades de 191 países.

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11 de mayo 2016 , 05:20 p.m.

Llegué a la estación del tren North Carrollton/Frankford con tiempo de sobra. Mi cita con Sandy era a las 3 de la tarde y apenas daban las 2:30. Sé con seguridad que mi excesiva puntualidad no era más que un síntoma de los nervios que tenía por llegar tarde y no encontrarla.

Cuando salí de la estación y llegué a aquel enorme y desolado parqueadero en uno de sus extremos, los pensamientos catastróficos empezaron a transitar por mi mente: ¿y si Sandy no llega?; pero si los gringos son tan cumplidos, ¿por qué eran las 2:50 y ella no aparecía?, ¿tendría que buscar la manera de llegar a su casa, deteniendo a algún buen samaritano para que me llevara hasta su dirección?, ¿tendría que pasar la noche en ese estacionamiento, abrazando mi maleta y con mi morral como almohada? Al fin y al cabo he oído decenas de historias de conocidos que han hecho algo así.

A las 3:13 (sé la hora con certeza porque no paraba de ver mi reloj), al otro lado del parqueadero, donde comenzaba la calle, apareció un carro color beige que se acercaba. Coincidía con la descripción que un par de horas antes me había dado Sandy por correo electrónico. Cuando finalmente vi que se trataba de un Nissan Altima, me puse de pie, me colgué mi morral y agarré la maleta.

Sandy se detuvo frente a mí, me acerqué para darle la mano, esperando decirle un frío “mucho gusto”. En cambio, ella se bajó del carro y me aplastó con uno de esos abrazos que solo las abuelas saben dar. “Mira qué lindo eres”, fueron sus palabras. Tiré el equipaje en el baúl y me senté juntó a ella. La voz de Elvis salía de los altavoces del carro. No podía ser de otra manera.

La historia con Sandy empezó 15 días antes de mi llegada a Dallas. Estaba en la sala de espera de una clínica de Bogotá y ya sabía que iba a ir a esta ciudad del estado de Texas por trabajo, a cubrir la cumbre del Consejo Mundial de Turismo y Viajes. En medio de la espera, que se había estirado hasta el comienzo de la medianoche, decidí aprovechar mi tiempo viendo algunas opciones de hospedaje para los dos días que iba a tener adicionales al trabajo y que pensaba dedicar para conocer algunos lugares turísticos, como Reunion Tower y Dealey Plaza, infame sitio en el que asesinaron al presidente John F. Kennedy, en 1963.

El precio de los hoteles y el del dólar, que en ese momento superaba los 3.000 pesos, me obligaron a buscar una alternativa nueva para mí; al principio pensé en un hostal, pero la idea de compartir cuarto no me entusiasmaba. Unos días antes, un compañero de trabajo me recordó la existencia de Airbnb (en inglés estás son las siglas de Air, Bed and Breakfast), que él ya había utilizado. Ya otros me habían hablado muy bien de la aplicación, entre esos mi primo, quien viajó a pasar el fin de año junto con su esposa a Los Ángeles, California, y se hospedó en la casa de un anfitrión Airbnb.

Airbnb es, tal vez, la aplicación de hospedaje para viajeros más conocida en la actualidad, mediante la cual personas comunes y corrientes buscan y ofrecen alojamiento en sus propias casas. Aunque en la aplicación también hay oferta de hoteles, su fuerte son las posibilidades caseras, que van desde parqueaderos para que los visitantes estacionen sus remolques, hasta sofás, habitaciones o la casa completa.

Descargué la aplicación en mi celular y me registré. Mi primera opción era un alojamiento en la ciudad de Irving, cercana del aeropuerto Dallas Fort Worth. Me parecía lógico estar cerca teniendo en cuenta las largas distancias que hay que recorrer en los Estados Unidos, y así ahorrarme unos pesos en el transporte el día del regreso. En ese punto ya me parecía interesante descubrir esta posibilidad, en caso de que quisiera utilizarla más adelante en otro viaje.

En una de mis primeras búsquedas salió el perfil de Sandra Sandres: la foto de la fachada de una casa sobre el enunciado ‘barrio maravillosamente tranquilo’. En su foto de perfil aparecía una señora mayor, de unos 70 años, con una tierna sonrisa en su cara y sosteniendo a dos pequeños perros chiguaguas. Después de leer su propia descripción y la de su casa, y las dos reseñas de sus huéspedes previos, CJ y Mike, supe que debía descartar las demás opciones y quedarme con ella; el precio de la estadía era de 27 dólares por noche. La verdad es que lo que me convenció –o conmovió– fue la dulce imagen de esta señora mayor sosteniendo a sus perros con ese gesto entrañable.

Durante los días previos a mi viaje, Sandra y yo cruzamos más de 20 correos electrónicos en los que yo le preguntaba todo tipo de cosas sobre Dallas, principalmente relacionadas con el transporte y la forma de moverse en la ciudad. Fue así como llegamos al acuerdo de que, el día de mi regreso, ella me llevaría al aeropuerto por 20 dólares. Desde su primera respuesta ella firmó con su diminutivo: Sandy.

Sé que el número de correos que envié suena exagerado, pero era mi primera vez con Airbnb y necesitaba saber todo, hasta el más mínimo detalle de mi estadía fuera de casa, utilizando esta aplicación, que fue creada en 2008 por Brian Chesky, Joe Gebbia y Nathan Blecharczyk, y que hasta el momento ha servido para dar posada a 60 millones de personas, en más de 34.000 ciudades de 191 países (esto según datos de la misma empresa). Pese a mi intensidad, Sandy siempre fue paciente y respondió con amabilidad.

En sus seis años de existencia, Airbnb, cuya casa matriz se encuentra en San Francisco (California) y a la cual se puede acceder a través de computadores o dispositivos móviles, se ha convertido en una de las plataformas de economía colaborativa más grandes del mundo y una de las más importantes en temas de turismo junto con otras más antiguas, como couchsurfing. Buena parte de su éxito se debe a su modelo fundamentado en la confianza entre huéspedes y anfitriones, la cual es construida, principalmente, gracias a las reseñas que los usuarios se han dejado entre sí luego de conocerse. En el caso de Sandy, las dos recomendaciones que tenía eran buenas y ella cuenta, con notable molestia, pues sabe lo importantes que estas son, que una tercera huésped nunca le escribió dicha reseña.

Chip Conley, jefe global de hospitalidad y estrategia, explicó, durante el encuentro de Dallas, que “además de la retroalimentación entre huéspedes y anfitriones, lo que ha impulsado buena parte del crecimiento de Airbnb ha sido la comunicación entre ellos, es decir la atención personalizada que los anfitriones ofrecen. Conley agrega que aunque hoy en día la empresa solo percibe ingresos por los porcentajes que retiene de las comisiones que cobra a ambas partes, están pensando en expandir el negocio para hacer que se convierta en una supermarca a partir del 2017.

Sin embargo, la popularidad no le ha evitado a la plataforma ganarse polémicas y enemistades. Una de las controversias más llamativas –por no decir espe-luznantes– que llegó a los medios internacionales a comienzos del 2015, fue el hallazgo de un cadáver en el jardín de una residencia en Palaiseau (Francia), por parte de un grupo de amigos que alquiló la casa a través de Airbnb para hacer una fiesta.

Pero la mayor dificultad que ha tenido que atravesar Airbnb es el rechazo de la industria hotelera, que ve esta alternativa tecnológica como una amenaza. Los principales argumentos en contra de Airbnb por parte de los hoteles tradicionales es que estas nuevas formas de alojamiento no pagan impuestos ni se ciñen a las regulaciones legales de los países. De hecho, en enero de este año, la Asociación Hotelera y Turística de Colombia (Cotelco) sentó su voz de protesta y aseguró que pedirían la expedición de una ley para reglamentar a la que consideran su competencia ilegal.

Ahora estaba sentado en el comedor junto a Sandy, de 72 años, Helen, la roommate de 84 de la que ya ella me había hablado, y CJ, la mujer que ya había sido huésped de Sandy y quien decidió prolongar su estadía en la casa mientras buscaba un empleo. El banquete era una típica cena estadounidense que no estaba incluida en la tarifa que pagué y que fue cortesía de Sandy: costillas de cerdo BBQ, mac and cheese (macarrones con queso) y una ensalada de repollo.

Los cuatro conversamos hasta las 11 de la noche en aquella casa adornada por todas partes con fotos de Elvis, Marylin Monroe y James Dean. Estos personajes fueron el tema de la charla durante un largo rato. “¡Era tan atractivo!”, decía Sandy, “¡es una pena que haya muerto tan joven!”, apuntaba. Las tres mujeres también me hicieron varias preguntas sobre mi vida, mi trabajo y la cultura colombiana.

Durante toda la velada, Sandy iba soltando graciosos chistes con su acento sureño. Ella es divorciada, tiene dos hijos y durante varios años se dedicó a trabajar en bienes raíces. A su edad todavía se mantiene activa, pues no puede darse el lujo de quedarse quieta, ya que debe pagar las varias hipotecas que tiene sobre su casa. Por eso trabaja medio tiempo cuidando niños y está en Airbnb, para ganar unos pesos extra.

Sandy también es una animalista empedernida. Sus fieles compañeros son sus tres chiguaguas Blue, Tia y Sambo (en su foto de perfil en Airbnb falta Tia), y Bobbie, una gata negra. Además tiene por todas partes mensajes de protección de los animales y está en permanente contacto con organizaciones dedicadas a esta causa; como si fuera poco, Sandy también cuida a un gato que vive en el edificio en el que trabajaba hace años, a unos diez minutos de su casa en carro.

El felino es el último de una camada y ella lo bautizó Junior, en honor a su antiguo jefe, al que no le gustaba el animal. Sandy cuenta que no se lleva a Junior a vivir con ella porque Bobbie no lo toleraría.

Luego de mi primera noche en un agradable cuarto con una cómoda cama, decidí ir a dar un paseo por el centro de Dallas y conocer Dealey Plaza. Sandy se ofreció a llevarme a la estación en la que nos encontramos, aunque finalmente me dejó en la de Downtown Carrollton, no sin antes brindarme un delicioso desayuno.

Cabe aclarar que ninguno de estos servicios, ni la alimentación ni el transporte adicional, estaban incluidos en la tarifa que pagué. Sandy dejaba así en claro por qué CJ y Mike se refirieron a ella como una persona familiar y amable.

El día de mi partida acompañé a Sandy a llevarle leche y concentrado a Junior. Antes de salir de la casa hacia el aeropuerto, ella y Helen me regalaron una revista masculina que le habían comprado a un amigo de ellas y que por accidente enviaron a su propia casa. “Seguro tú le sacarás más provecho”, me dijeron. Como lo dije en mi reseña final sobre Sandy: “Recomiendo a cualquiera que esté pensando en pasar un tiempo en Dallas escogerla a ella como anfitriona. Esa será, de seguro, la mejor opción”.

NICOLÁS BUSTAMANTE HERNÁNDEZ
Redactor de EL TIEMPO
Dallas (Estados Unidos)

nicbus@eltiempo.com

@nicolasb23

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