Droga y religión

Droga y religión

Acertó Eco al decir que la religión también es la cocaína de los pueblos, porque empuja las guerras.

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11 de mayo 2016 , 04:37 p.m.

Umberto Eco, en su libro 'El cementerio de Praga', después de varios párrafos escatológicos sobre la identificación de la raza alemana mediante la observación cochina de la cantidad de excremento depositado en los caminos de la vieja Europa, también por la fetidez producto de la alquimia intestinal del revoltillo de cervezas con salchichas, se nos viene con el cuento, a propósito de una no disimulada prosa anticlerical, puesta en la voz de los comunistas, que “han difundido la idea de que la religión es el opio del pueblo”. Es verdad –dice Eco– “porque sirve para frenar las tentaciones de los súbditos, y si no existiere la religión, habría el doble de gente en barricadas, (se refiere al ánimo revoltoso de los franceses). Por eso, en los días de la Comuna había poca, y se pudieron cargar sin tardanza. Claro que, tras haber oído hablar a ese médico austriaco –se refiere a un personaje de ficción al que le escucha el asunto– de las ventajas de la droga colombiana, yo diría que la religión también es la cocaína de los pueblos, porque la religión empujó y empuja a las guerras…”.

Seguramente, nuestros mandatarios colombianos, tan poco dados a la lectura de los escritos densos del escritor italiano, pasaron por alto la alusión a la droga producida en nuestra geografía, y por ello se explica la ausencia de comunicados nacionalistas altisonantes rechazando tan “insultante” expresión y, así, se evitó que le soltaran al escritor el listado de la “envidiable calidad de nuestros cafés”, “la belleza de la mujer colombiana”, “de la maravilla de los recursos naturales con los que nos ha dotado la Divina Providencia” (aunque le ocultemos que la depredación legal e ilegal produce tantos muertos como la cocaína) y, por supuesto, también le hubieran hecho saber que “por los muertos puestos en la guerra contra las drogas nos otorga el derecho y la autoridad moral para exigir que no se nos estigmatice”, dejando deslizar, finalmente, la solicitud de una “rectificación” para “restablecer la honra y buen nombre del país”.

Menos mal, repito, nuestros dirigentes políticos y mediáticos están dedicados a otros menesteres y papeles en paraísos fiscales que al deleite de la prosa de los escritos novelados de Umberto Eco. Y digo que menos mal porque, de esta manera, le evitaron en vida al escritor las explicaciones sobre la referencia al país echando mano a la reconocida producción de cocaína, droga que, al igual en el pretérito con la marihuana, ha elevado al reconocimiento mundial a Colombia y es escenario para películas, novelas y referencias noveladas de alcurnia como las del prestigioso profesor, novelista y ensayista italiano.

Otro asunto, por supuesto, es el “gazapo” del escritor con respecto a la comparación sobre la religión con el opio y la cocaína. El opio, dicen los conocedores, adormece. La cocaína, por el contrario, enerva, excita. Un ejército de cocainómanos, para seguir con el símil del escritor, llevaría al levantamiento de barricadas y tropeles desbordados. En lo que acierta, en términos de la comparación entre religión y cocaína, es en lo que ambas empujan: “A las guerras, a la matanza de infieles, y esto vale para cristianos, musulmanes y otros idólatras…”.

Todo este rollo sobre droga y religión, debo confesarlo, se me vino a la memoria al leer la noticia según la cual la bancada uribista, con el visto bueno del senador Uribe Vélez, ha decidido presentar una ley para darles tratamiento de salud pública, no de criminales, a los drogadictos. Semejante cambio de visión, entre otros cambios, aleja al uribismo de la sacrosanta “iglesia” del procurador Ordóñez. Vea pues.


Héctor Pineda

tikopineda@gmail.com

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