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Aunque no se crea la contaminación le hacía bien al Ártico

Aunque no se crea la contaminación le hacía bien al Ártico

Un colombiano lideró investigación que demostró cómo el dióxido de azufre evitó calentamiento allí.

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La contaminación atmosférica en Europa ha servido para esconder los graves efectos del calentamiento global en el Ártico. No está leyendo mal. Este sorprendente hallazgo es el resultado de una investigación del colombiano Juan Camilo Acosta, estudiante de doctorado del Departamento de Ciencias Ambientales y Química Analítica de la Universidad de Estocolmo.

Él y un equipo de investigadores acaban de publicar un artículo con sus hallazgos en la prestigiosa revista ‘Nature Geoscience’, que demostrarían una nueva verdad acerca del derretimiento del hielo ártico.

Se trata de las acciones del dióxido de azufre, que es generado por las actividades humanas y proviene en su gran mayoría de la combustión de carbón para generación de energía. Este gas se ha convertido en un gran problema ambiental y de salud pública, pues contamina el aire. Basta con decir que es responsable de la muerte prematura de más de 3 millones de personas en el mundo cada año.

Además, es bien conocido porque se transforma rápidamente en ácido sulfúrico en la atmósfera por medio de reacciones químicas, convirtiéndose en el precursor de la temida lluvia ácida. Al formarse, este ácido tiende a condensarse formando partículas suspendidas en la atmósfera, también llamadas aerosoles, que reflejan parte de la radiación solar.

Efecto contrario

Por esta razón, a diferencia de los gases de efecto invernadero que calientan la Tierra como el dióxido de carbono o el metano, el dióxido de azufre termina enfriándola. Es entonces curioso que, siendo este contaminante tan nocivo para la salud y el medioambiente, su efecto en el clima haya sido el de disminuir el calentamiento global por emisiones de efecto invernadero observado en el polo Ártico de la Tierra.

“Las emisiones de dióxido de azufre han ido reduciéndose en las últimas décadas en Europa debido a políticas sostenibles de conversión a tecnologías de generación de energía más renovables (hídrica, eólica, solar). Las emisiones globales de dióxido de azufre llegaron a un máximo en los años 80 y han caído a la fecha en casi un 20 por ciento. A su vez, el efecto de enfriamiento en la atmósfera causado por los aerosoles ha disminuido, dejando al descubierto el verdadero y mayor calentamiento causado por gases de efecto invernadero”, asegura Acosta.

Las reducciones de dióxido de azufre en Europa en las últimas tres o cuatro décadas han entonces desenmascarado gran parte del calentamiento generado por los gases de efecto invernadero, contribuyendo a un rápido calentamiento de la región polar ártica.

Las implicaciones de perder permanentemente estas capas de hielo por el calentamiento por gases de efecto invernadero pueden ser graves: “El Ártico contiene grandes reservas de agua dulce en los glaciares del Groenlandia; el colapso parcial o total de estos glaciares por un aumento de la temperatura puede tener consecuencias irreversibles, tales como el aumento en el nivel del mar, lo que golpearía particularmente a poblaciones costeras vulnerables en todo el planeta. Es difícil saber con certeza absoluta cuál es el nivel de calentamiento que haría entrar al Ártico en este régimen irreversible. Lo cierto es que mientras más rápidamente se haga una transición a economías sostenibles con un uso bajo o nulo de combustibles fósiles, menor va a ser la probabilidad de transgredir estos límites”, señala el investigador.

Los descubrimientos del investigador Juan Camilo Acosta muestran, una vez más, cómo nuestras actividades locales están alterando el clima global.

El desconocimiento científico del calentamiento global es aún bastante extenso. Con pistas como estas es que poco a poco empezamos a entender el rompecabezas del cambio climático, y cómo la solución de algunas problemáticas desnuda e intensifica otros desafíos ambientales.

Ojalá no sea demasiado tarde para entenderlos.

FERNANDO JARAMILLO*
Especial para EL TIEMPO
* Ph. D. en Geografía Física e Hidrología, Universidad de Estocolmo

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