Nuestro futuro petrolero

Nuestro futuro petrolero

Dejamos que el país volviera a ser importador de petróleo a principios de los 70 y nos costó caro.

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07 de mayo 2016 , 08:49 p.m.

Hace 2 años, cuando el petróleo estaba a 100 dólares el barril, crecía una próspera industria de servicios petroleros; los departamentos y municipios productores estaban en los gozosos con las regalías recibidas –y los demás también, desde que Santos decidió ‘repartir mejor la mermelada’– y el Gobierno nadaba en la opulencia con los generosos dividendos de Ecopetrol. El país entero se beneficiaba de un período de alto crecimiento económico y bajos desempleo e informalidad. A nadie le cabía duda de que la exploración y producción de petróleo y gas natural eran actividades prioritarias para nuestra economía. Solo se preocupaban aquellas empresas industriales y agropecuarias que perdían competitividad por la fuerte revaluación de la tasa de cambio.

Cuando el precio se desplomó a 26 dólares, se acabó el embrujo y a nadie pareció volver a importarle el petróleo. Hasta se ha dicho que es mejor no explotarlo porque supuestamente es una actividad muy dañina para el medioambiente. Basta con ver campos petroleros, que discretamente producen riqueza en todo el mundo, en medio de áreas sembradas y parajes turísticos, y conocer un poco del tema, para saber que hoy en día el cuidadoso revestimiento de los pozos hace casi imposible que contaminen las aguas, así atraviesen por entre acuíferos subterráneos. Por su parte, el gas hacía rato parecía no importarles a la Creg ni al Ministerio de Minas y Energía, y por eso estuvimos cerca de padecer un racionamiento eléctrico durante el Niño que acaba de terminar. Ojalá corrijan el rumbo.

Ahora el petróleo ha repuntado alrededor de 45 dólares, y los estudios serios prevén que su tendencia a largo plazo estará alrededor de 60. Por debajo de los 50 dólares, muchos grandes yacimientos de hidrocarburos no convencionales y de crudos pesados no son rentables. Por eso la producción en EE. UU., que había venido creciendo exponencialmente hasta mediados de año pasado, cayó luego en más de un 30 por ciento y se restableció un equilibrio entre oferta y demanda mundial que hizo recuperar algo el precio.

A 50 dólares, nuestros crudos pesados volverán a ser rentables y los ligeros, muy rentables. Muchos inversionistas vuelven sus ojos de nuevo hacia estas actividades. Hay que apoyar los enormes esfuerzos de recorte de gastos y aumentos de eficiencia que está haciendo la nueva dirección de Ecopetrol para recuperar el equilibrio financiero y poder reanudar las tareas de exploración. La administración pasada se excedió en inversiones demasiado costosas (Reficar) y poco prioritarias (recompra de petroquímicas que había vendido en los 80), y ahora toca hacer un ajuste doloroso.

En adición, debemos facilitar la búsqueda de nuevas reservas, pues en períodos de precios bajos se reduce la exploración y posteriormente la producción futura. Hay que decidir de una vez por todas, sin fundamentalismos, dónde se puede explorar y dónde no, y en qué condiciones se pueden explotar yacimientos no convencionales y en cuáles no. Hay también que permitir a capitales no petroleros asociarse con operadores de reconocida idoneidad, como lo está considerando la ANH.

Y hay que revisar nuestro obsoleto sistema de regalías, que impone costos excesivos a los yacimientos y explotaciones mineras de menor rentabilidad y no permite al Estado capturar las rentas de los más productivos en épocas de precios altos. Noruega, el Reino Unido, Canadá, Chile, Perú y otros productores han modernizado hace rato su régimen de regalías, para que responda más a la rentabilidad de las explotaciones. El Ministerio de Minas y Energía y el de Hacienda tienen en sus manos desde hace dos años una propuesta al respecto.

Dejamos que el país volviera a ser importador de petróleo a principios de los 70 y nos costó muy caro. No repitamos ese error.

GUILLERMO PERRY

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