La tragedia de Donald Trump

La tragedia de Donald Trump

¿Cómo será de terrible que hasta su propio partido conspira para robarle la nominación republicana?

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07 de mayo 2016 , 08:48 p.m.

“No es cierto que Donald Trump no sepa de política internacional. Ha estado años conociendo líderes de todo el mundo: Miss Suecia, Miss Argentina, Miss Azerbaiyán...”. Chiste muy flojo del presidente Obama porque al día siguiente Trump le dijo a un periodista: encuentro adorable al príncipe Hussein de Jordania, e incluso su esposa, Rania, “es muy amiga de mi hija Ivanka”.

“Una tragedia”, dice ‘The Economist’. Estamos ante una estrella de televisión, un millonario sin ninguna experiencia política, un ególatra y pernicioso nativista. Que, aunque improbable, no es imposible que se convierta en el próximo presidente de Estados Unidos.

Después de su victoria arrolladora en Indiana, que nadie esperaba, necesariamente la política partidista de los EE. UU. cambiará y nunca volverá a ser la misma. La candidata demócrata, Hillary Clinton, enfrentada a un candidato aún más impopular que ella, es la defensora acérrima del ‘statu quo’, que hace agua en muchos frentes. En contraste, el candidato republicano, supuesto conservador, proyecta una imagen revolucionaria, aunque expertos aseguren que 76 % de las cosas que Trump ha dicho son mentiras o cosas irrealizables.

Por eso muchos culpan a los medios del fenómeno Trump. Llevo 8 días en EE. UU. y no desaparece de las pantallas ni un minuto. Pero no fue la televisión la que le dio los ‘ratings’ a Trump. Fue Trump el que empezó a darle ‘ratings’ a la TV. No en vano hasta ahora ha recibido tres cuartas partes del cubrimiento mediático noticioso de la campaña presidencial, mientras todos los demás han tenido que contentarse con el cuarto por ciento restante. Un espacio que, pagado, le habría costado a Trump 2 billones de dólares, la pauta publicitaria gratis más costosa de la historia. Es histriónico, mentiroso. En una época desautorizó las armas, ahora las autoriza hasta en los colegios; aceptaba el aborto, ahora lo censura; con Dios, poco interés, pero ahora lo evoca a cada rato. Odia a los mexicanos, pero dice que ama su comida.

Mientras tanto, Trump tiene despedazado al Partido Republicano, cuyas cabezas se debaten entre resistirse o colaborar. Como dice un comentarista en Real Clear Politics, hoy el Partido Republicano le pertenece a Trump, como en una época Roma lo hizo a los bárbaros.

Con Trump a bordo, necesariamente cambiará la fórmula de hacer política en los EE. UU. Las ideas demócratas practicadas durante los últimos ocho años no han dado señales de éxito, y el Partido Republicano se derrite ante la embestida de un candidato que a ninguna de sus grandes figuras le gusta. Su propio partido quiere robarle la nominación en la próxima convención republicana.

¿Qué pasó en EE. UU.? Importantes analistas políticos dicen que en esta campaña presidencial la gran ausente ha sido la visión intelectual: los EE. UU. se han convertido en un país muy grande, muy complejo y muy diverso por razones culturales y religiosas, y los partidos se quedaron en el siglo XX en cuanto a herramientas para manejar esta realidad. No hay nadie proponiendo políticas para los problemas más graves y presentes de los EE. UU.

Veremos a una Hillary Clinton llena de ideas convencionales y previsibles, con sus instintos de liderazgo muy cuestionados por investigaciones sobre sus correos privados chuzados por ‘hackers’. Su principal contendor, Sanders el “candidato de los jóvenes”, lleva 30 años en el Congreso y tiene 75. Ambos, enfrentados con un populista demagogo que logró transmitirle a la gente que él es poderoso y fuerte, y que, como tal, es el único que puede mantener a EE. UU. poderoso y fuerte. Y ante el terremoto político que ha producido, Trump simplemente responde: “Soy conservador. Pero en este punto, ¿a quién le importa eso?”.

Cierto. ¿A quién le importa? Su flexibilidad ideológica y las libertades que se toma para patinar sobre la consistencia política y religiosa, y su impredecibilidad ante los grandes temas internacionales le han dejado libre el camino para transmitir los dos mensajes que quiere entregar: xenofobia ante la diversidad americana y seguridad económica para una clase media empanicada. En el interregno, Trump no desautoriza desórdenes, insultos de sus fans o venganza o amenazas contra sus contradictores, y hasta “pegarles en la cara”.

La pregunta: ¿Trump abandonó sus principios, o nunca los tuvo?

Entre tanto... ¿Y ahora, nuestros perfumes en la lista Clinton?

MARÍA ISABEL RUEDA

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