La entrevista que Fernando Soto Aparicio no alcanzó a leer

La entrevista que Fernando Soto Aparicio no alcanzó a leer

El escritor recordó el día en que casi se convierte en alcalde y su obsesión por las mujeres.

notitle
07 de mayo 2016 , 08:21 p.m.

A mediados de 1960 Fernando Soto Aparicio era un joven de 26 años que trabajaba como secretario en un juzgado de Santa Rosa de Viterbo, un pueblo del norte de Boyacá. Un día recibió un telegrama y emprendió un viaje larguísimo –como las distancias de esa época– para recoger un paquete que había llegado a su nombre desde Madrid (España) a las oficinas centrales de Avianca en el parque Santander, en Bogotá.

¿Qué podría ser? Pocas cosas lo ataban a Europa, y una de ellas era un libro perdido. Dos años antes, en abril de 1958 –justo antes de perder la esperanza de ser reconocido como escritor–, había enviado por correo el manuscrito de su novela ‘Los bienaventurados’ a una convocatoria que la Editorial Aguilar había abierto para descubrir escritores inéditos; pero dos años después, y sin copia alguna de su novela, ya se había resignado a su carrera en la justicia.

Por eso, cuando le entregaron una caja mediana en la que se leía como remitente el nombre de la editorial, Soto no pudo contener la ansiedad. Salió de las oficinas, se sentó en las escaleras que daban al parque y se puso a llorar. “Yo miraba las cinco copias del libro que mandaron, ya publicadas, terminadas. Las miraba, las olía... ¡Fue tenebroso! Me sacudió el cuerpo y el alma”, dijo Soto 55 años después en la sala de un apartamento en Suba, en el occidente de Bogotá. “Me acuerdo de que una señora pasó y me regaló un ‘kleenex’. Yo volví a Santa Rosa y le dije a mi esposa que teníamos que venir a probar suerte a Bogotá”.

Desde ese día de 1960, la obra de Soto no paró de crecer. Publicó 71 libros, la mayoría novelas, pero también cuentos y poemas. ‘La rebelión de las ratas’, su historia sobre la lucha campesina contra las multinacionales que explotaban carbón, ganó en Barcelona el premio Selecciones en los años 60 y se convirtió en un texto que todos los colombianos que cursaron bachillerato hasta los noventa leyeron en la clase de español.

En los últimos veinte años, Soto recibió cinco doctorados ‘honoris causa’ y fue profesor universitario, sobre todo en la Universidad Militar Nueva Granada, donde dictó cátedras de literatura, humanismo y ética hasta un par de semanas antes de su muerte. Además, desde 1970 hasta el 2000, escribió 4.237 libretos –según una lista que envió a BOCAS poco después de la entrevista– para 40 programas de televisión, como ‘Destinos cruzados’ –en el cual actuó María Cecilia Botero–, ‘Viaje al pasado’ –la primera novela en la que apareció Judy Henríquez– y la serie ‘Dialogando’.

Durante esta conversación Soto mantuvo una expresión seria y fuerte, pero sonrió de vez en cuando. Una vez se acomodó en la silla, se quedó muy quieto para esconder el dolor que tenía en la espalda. De vez en cuando le pedía a su hija que le trajera copias de sus libros; si la entrevista hubiera sido algunos meses antes, él mismo habría ido por ellas.

Unas semanas atrás había renunciado a la independencia de su apartamento en Chapinero, donde vivía solo, escribía sus novelas y se reunía con sus amigos literarios para tomar aguardiente y hablar de la vida. Dejó ese espacio porque los cuidados que necesitaba por culpa de “el malón” –como se refirió al cáncer que le descubrieron en febrero del 2015– requerían de compañía constante.

En algún momento pidió que le trajeran “el libro nuevo”. Entonces su hija trajo una cubierta de pasta dura, como las que enviaban los periódicos para empastar los suplementos enciclopédicos, cuidadosamente forrada con un ‘collage’ de recortes de modelos y ojos de mujer. Ahí estaba organizando el manuscrito de ‘Ellas’ y yo, el que sería su libro número 72. Una de las páginas cuenta el encuentro de un hombre y una mujer en la plaza de Lourdes durante una tarde lluviosa: es un relato simple, decorado con metáforas de pájaros mojados que se convierten en ángeles y cargado de erotismo. Soto dijo que iba a ser un libro importante porque contaría la historia que lo unía a él con cada uno de los personajes femeninos de sus libros: “Las mujeres que me acompañaron en el ciclo de mi vida también me acompañan en el ciclo de mi muerte”.

(Además: El legado de Fernando Soto Aparicio)

¿Le cuesta escribir por estos días?

Claro, porque cuando esta mano (señala la derecha) va empezando una frase, la cabeza ya terminó la página. ¡Imagínate! Yo a los 6 años ya escribía en una máquina Remington vieja, pero vieja, que tenía mi abuelo notario. Lo hacía con los dos dedos medios y me decían que eso era muy grosero porque esos eran los dedos de la pistola, pero así aprendí yo. Escribía como 120 palabras por minuto. A mano jamás aprendí a escribir, ni siquiera los cheques en la época en la que no estaba desterrado de los bancos.

Si aprendió a escribir a los 6 años, ¿cuándo aprendió a leer?

Mi mamá me enseñó a los 5 años. Leía todo lo que iba encontrando: las recetas de mi tía Rosana, las novelas que escribía mi abuela y los libros que me dejaban leer en esa época.

Fernando Soto Aparicio, en una fotografía tomada en agosto de 1970. Foto: Archivo / EL TIEMPO

¿Había muchos libros en su casa?

Los que había en mi casa se los encontré a mi padre en una cajita de cartón. Y los que me permitían leer eran unos libros tristísimos: ‘Memorias de una leprosa’ y las vidas de los santos. Ya después me encontré con una colección de las ‘Lecturas Dominicales’ de EL TIEMPO. Y yo dije: “¿Si estos cuentan, por qué yo no?”.

A los 9 años me había leído 'Los miserables', de Víctor Hugo. Ese fue el libro que me llevó a ser escritor. Después, cuando estuve en París, encontré una edición en francés en un puestico de venta de libros viejos ahí en el Sena. Yo no hablo francés, pero sí lo leo. Siempre cargo ese libro conmigo.

¿Es cierto que a los 10 años ya había escrito dos novelas, pero que las quemó?

Tenían influencia de Victor Hugo, de Dumas, de Zolá... También de Julio Verne. Eran cosas de capa y espada, pero tenían cosas muy mías: del amor, de las peleas, de un París que yo me imaginaba. Pero en una de esas desesperanzas grandes que a uno le dan en la vida, las quemé.

¿Se arrepiente?

De lo que más me he arrepentido en la vida es de eso.

¿A esa edad, por qué siente desesperanza?

No lo recuerdo, fue como una angustia, una tristeza. Todo el mundo vaticinaba que era una vida fracasada la de un escritor porque era una profesión de drogadictos, borrachos, peligrosos mala clase... Y se juntó el hecho de que salí de cuarto de primaria por dos cosas. Primero, porque no podía hacer gimnasia, una clase importantísima que daba un sargento, pero yo no podía saltar una cerca ni hacer una flexión, y las flexiones importaban más que las reflexiones. Segundo, porque me enamoré de la profesora de matemáticas: una señora de 18 años toda bonitica, con unas blusitas chiquitas y unas falditas cortas. Ella andaba parada frente al tablero copiando resultados de las operaciones de quebrados. Yo nunca vi el tablero. ¡No me acusa la consciencia de haber visto el tablero! Y de los quebrados, el único fui yo. Entonces dejé el estudio. Mejor dicho, no volví a un colegio, porque yo nunca he dejado de estudiar.

¿Cómo era Santa Rosa?

En Santa Rosa aprendí a escribir, a leer, a enamorar, a tomar aguardiente y otras cosas útiles e indispensables de la vida. Me casé a los 18 años, mi señora tenía 16, y entré a trabajar en el juzgado.

¿Uno cómo trabaja en un juzgado sin ser abogado?

Entré como citador. Yo llevaba las boletas para citar a las personas a responder las demandas. Pero como escribía tan rápido, me hice oficial mayor y después secretario. Hice dos audiencias como fiscal; como no tenía el título, dio permiso el procurador general para que yo lo hiciera. Tenía 19 años, y las amigas del colegio de mi esposa y mis compañeros de aguardientes y de serenatas fueron en masa al salón de la audiencia para verme de fiscal. ¡Tenía una barra! Eran dos homicidios. A uno de los acusados lo absolvieron y al otro lo condenaron.

¿Qué fue lo primero que le publicaron?

Un poema en el periódico ‘El Siglo’. Se llamaba ‘Himno a la patria’. Pero con ‘Los bienaventurados’ me sentí graduado de novelista.

¿Por qué no la publicó en Colombia?

Había escrito la novela en 1955 y la cargué debajo del brazo durante años, como si fuera un brazo más, pero no me la recibían ni en las secretarías de Cultura ni en las editoriales.

¿Es cierto que con las novelas que siguieron tuvo problemas de censura?

Sí. Mis primeras siete novelas fueron publicadas en España, y por esa época la censura del general Franco daba sus últimos pataleos. Dijeron que ‘La rebelión de las ratas’ era “comunistoide”, pero cinco editoriales se unieron y argumentaron que era una vergüenza para España no publicar un libro que se había ganado un premio mundial. Al final la publicaron.

¿Y las otras?

A ‘El espejo sombrío’ me tocó reescribirle 40 páginas para que dijera lo que yo quería sin que los censores se dieran cuenta. También pasó con ‘Después empezará la madrugada’. Y a ‘Puerto Silencio’ sí la prohibieron del todo por antirreligiosa y pornográfica; pararon hasta las ediciones de contrabando, pero esa sí logré publicarla en Colombia.

¿Qué piensa de la censura?

Que es producto del miedo. En muchos libros míos hay una cantidad tan impresionante de humor negro que si uno los volteara saldría betún. ‘Solo el silencio grita’ es la historia de las chuzadas que hizo el DAS y la persecución acá en Colombia. Lo escribí hace diez años y es de una mala leche... ¡Pero uno se muere de la risa! Yo digo que en este país deben ser muy buena gente porque no me han matado.

Tal vez usted llama censura al hecho de que sus libros no se comentan. Todavía lo conocen como el escritor de ‘La rebelión de las ratas’...

Eso se debe a la pereza de los maestros de español y literatura. Lo mismo le pasó a Sábato con ‘El túnel’. Yo tengo 71 libros publicados. ¿Y dicen que soy el de un libro que saqué hace más de cincuenta años?

Pero en los años sesenta sí hablaban de usted. Decían que era un escritor experimental. Tal vez por hacer juegos de narraciones enmarcadas, como en ‘Mientras llueve’...

El más desaforado es ‘La demonia’, que habla sobre la prostitución de los medios de comunicación. Es tan loco y tan divertido que creo que es el que más se parece a mí. O ‘Viva el ejército’, que es una suma de absurdos: dos soldados mutilados y una historia ridícula de amor. Yo nací para ser muy burlón, pero también tengo libros profundamente serios, como 'Camino que anda', que es una historia de América.

Su obra también ha recibido críticas: por ejemplo, que publica muchísimo y que no se deja editar.

A eso le voy a dar una respuesta rara: muchísimas ciudades del mundo tienen la estatua de un escritor, pero ninguna tiene la de un crítico. Ellos dicen que yo escribo mucho. ¿Pero entonces qué hago, chorizos?

Otra faceta suya es la de libretista. Trabajó para varias productoras desde finales de los sesenta y por treinta años. ¿Qué historias recuerda?

‘Los comuneros’, la historia de esa revolución que hicimos con Jorge Alí Triana. ‘Viaje al pasado’, que hicimos con Judy Henríquez y Julio César Luna. ¡Fueron tantas! Comedias, novelas, lo que se te ocurra. Era un trabajo endemoniadamente urgente: que hacer el capítulo más largo, que quitar veinte páginas, que volver a poner un personaje, que matarlo a la escena siguiente...

¿Y cómo hizo para trabajar con esas presiones si usted siempre ha sido tan celoso con su obra?

Yo empecé a hacer libretos por una necesidad económica. En esa época tenía tres hijos en la universidad, tenía que trabajar y el trabajo exigía hacer esas cosas. No había más remedio. Y mire cómo es la vida: hubo un momento en que en mi casa no había dónde meter un plato. En la despensa guardaba libretos; en el cajón de las medias, libretos; en la cama... ¡había libretos por todas partes! Hasta que un día me desesperé y dije: “Voy a quemar todo este papel”. Me fui al parque de Nicolás de Federmán, les eché petróleo y aceite hasta que eso se prendió. Debían de ser como cuatro mil libretos. Y menos de un mes después llegaron de Televisa a comprar libretos que hubieran tenido éxito en Colombia. El único que los tenía en orden era Bernardito Romero, y le dieron un buen dinero en dólares, pero yo los había acabado de quemar. Por eso digo que el que no nació para tener dinero no lo va a tener nunca, así se gane el Baloto.

(Lea aquí: Fernando Soto, un escritor políticamente incorrecto)

Igual terminó de embajador ante la Unesco, en París...

Tenía un cargo rimbombante que era de ministro consejero ante la Unesco. Yo era amigo literario de Belisario Betancur. No político, sino literario. Lo conocí a través de los dueños de una productora de televisión para la que escribía libretos. Cuando estuve en París, vivíamos con mi mujer y los hijos en una casa muy bonita a la salida de la ciudad. Era una casa amplia con dos huertos, tenía como la forma de un barco y cuatro cerezos que daban de esas cerezas europeas que son tan ricas... A los compañeros que vivían en París les gustaba mucho ir allá porque yo tenía muy buena música colombiana y porque mantenía en la bodega cuatro o cinco litros de ouzo, un aguardiente griego espectacular.

¿Y cuál era su trabajo?

No era nada, (risas) eran pocas cosas. En esa época hicimos fuerza para que a Cartagena la declararan patrimonio de la humanidad. Cosas por el estilo. Era una vagabundería bien organizada. Y qué carajo, te digo que por un libro que escribí ahí me echaron de la diplomacia.

¿Cuál?

La cuerda loca. Es la historia de unos diplomáticos y de unos mendigos de París. Se burla de lo divino y de lo humano, está lleno de historias crueles, de historias de un mundo que se está cayendo. Y al mismo tiempo es una declaración de amor a París.

Hay algo que hay que confirmar antes de que se acabe la entrevista. ¿Es verdad que fue alcalde de Santa Rosa de Viterbo por unos días, en el 2008?

¡No! ¡No alcancé! ¡Por fortuna, no alcancé!

Pero sí se lanzó...

¡Ay, fue una locura! (se agarra la cara con las dos manos). ¡No sé cómo hace uno para hacer esas locuras! Una familia amiga de allá me propuso: “Láncese a la alcaldía, nosotros le conseguimos los votos que quiera”. Yo dije que no, pero ellos estaban decididos y me lanzaron un día de mercado que yo estaba por allá de asueto, y me tocó echar un discurso en la plaza, donde vendían morcilla, chunchullo, papa cruda y papa cocinada. ¡No, qué horror! Eso cundió como pólvora, que yo iba a ser alcalde. Y yo quedé prácticamente nombrado. Cuando regresé dije: “¡Qué cosa tan bruta acabo de hacer!”. Entonces llamé a los de la comisión y les dije: “¡No, por favor! ¡Yo ni amarrado!”.

Entonces no alcanzó a quedar en el tarjetón...

No, solo gané las consultas internas del partido, que era Cambio Radical. Votaron por mí, no en una abrumadora mayoría porque el otro competidor era un señor con buena plata: tenía como tres camiones y treinta reses. Yo solo llegué a los comicios internos y ahí reculé, gracias a Dios.

Ahora está escribiendo un libro que se llama ‘Ellas y yo’. De hecho, llama la atención que haya tantas mujeres en su obra...

Es mi testamento personal y erótico. Las mujeres de mi obra, que son las de mi vida, no se sentaban a rezar el rosario, eran mujeres activas, dueñas de sí mismas, que tomaban sus propias decisiones. Yo tengo que contar de dónde salieron, cómo se formaron. Porque ellas me han dado todo: me dieron la vida como yo la quise inventar. Este es el libro número 72, y estoy en una lucha muy grande para poderlo terminar. Voy a vivir hasta el último instante. Eso es exactamente lo que estoy haciendo y lo que voy a hacer.

(También: Murió el escritor Fernando Soto Aparicio)

Cinco grandes obras del escritor

‘Los bienaventurados’

Es la primera novela de Soto Aparicio, publicada en 1960 por la Editorial Aguilar en España en la colección Nova Navis, de autores hispanoamericanos inéditos.

‘Oración personal a Jesucristo’

Si bien fue uno de los primeros textos del autor, escrito cuando tenía 20 años (1953), se considera una de las mejores obras de la poesía colombiana y un referente de fe.

‘Mientras llueve’

Novela, publicada en 1966, que narra la historia de una campesina obligada a casarse con un hombre al que no ama, lo que desencadena una serie de dramas y tragedias.

‘La rebelión de las ratas’

Es la obra más reconocida del autor (1962), aunque él decía que tenía 25 0 30 novelas más importantes. Gracias a ella ganó, en los años 60, el premio Selecciones, en España.

‘Bitácora del agonizante’

Publicado en el 2015, fue su último libro. Mireya Fonseca, su editora, dice que desde que recibió el texto original supo que se trataba del “testamento literario” del escritor.

JOSÉ AGUSTÍN JARAMILLO
Revista BOCAS

Empodera tu conocimiento

Sal de la rutina

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.