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A los profetas del desastre

A los profetas del desastre

No creo que la realidad colombiana sea tan monstruosa como la pintan. Pero nuestra imaginación sí.

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Hubo una época en mi vida, hace unos quince años, en que me dio por oír los programas de radio de los republicanos recalcitrantes de Estados Unidos. Era cuando vivía en Tokio y la única emisora de radio que no transmitía en japonés era administrada por el Ejército norteamericano para los soldados estacionados en las bases militares.

La emisora transmitía de todo, pero el programa que me fascinaba, en el sentido literal de la palabra, era el de Rush Limbaugh, un locutor y comentarista nacido en Missouri que tiene una labia infernal, una mente conspiratoria, capaz de elaborar las más absurdas fabricaciones y encontrar la manera de hacerlas creíbles. El programa era entretenido porque Limbaugh es inteligente, un mago del repentismo apocalíptico, y yo lo oía mientras hacía la comida, riéndome escandalizada de sus elucubraciones absurdas contra los demócratas, la academia, los jueces liberales y cualquiera otra institución que estuviera aunque fuera un milímetro a la izquierda de su pensamiento oscurantista.

En aquel tiempo yo lo veía como una rareza, como el caso de alguien con una mente delirante a quien inexplicablemente le habían dado un micrófono para amplificar sus paranoias. Entretenimiento inofensivo. Pero la verdad es que Rush Limbaugh no estaba solo. Muchos otros, en la radio y la televisión ultraconservadoras, pregonaban el mismo mensaje populista y autodestructivo, día tras día, tras día, tras día, hasta que al cabo de los años surgió un fenómeno político llamado Donald Trump.

La conexión entre Donald Trump y los medios de extrema derecha en Estados Unidos no es casual, sino totalmente causal. El apetito por las teorías delirantes de Trump –los mexicanos son violadores; los musulmanes, terroristas, EE. UU. está al borde del colapso– ha sido creado por un coro vociferante de comentaristas que se regodea en anunciar que el abismo está a menos de un paso. Que todo está perdido, retorcido, corrompido. Sin remedio. Y entonces, Trump.

Pues bien. Muchas veces, cuando oigo radio colombiana, cuando leo parte de la prensa, cuando veo a algunos jóvenes y exitosos youtubers, cuando se cuelan en mi 'feed' de Twitter los trinos sacrosantos e incesantes de ciertas personalidades, me parece que estamos transitando ese mismo camino del apocalipsis, esa marcha inevitable hacia el desastre que sin duda nos merecemos porque ¿a quién en su sano juicio se le podría ocurrir que alguna vez en Colombia las cosas puedan mejorar?

El coro de los profetas del desastre es tan fuerte que se oye hasta aquí, preguntándose cosas cada cuarto de hora, denunciando indignado el estado calamitoso en que está todo, delatando la corrupción en que se ahoga la patria, la incompetencia sin precedentes de todos los funcionarios públicos, la politiquería aberrante, la falta absoluta de porvenir. Lo que hay es el purgatorio. O mejor el infierno.

¿Y el proceso de paz? Un espejismo, una farsa, un engaño, una artimaña, un invento de unos cuantos para burlarse del resto, para beneficiarse de quién sabe qué manguala que han estado tramando todos estos años para ganar poder y engordarse los bolsillos.

Lo que me da miedo es que ese catastrofismo, esa insistencia en que vamos en trayectoria directa hacia el barranco, se convierta en una profecía autorrealizable. Que tanta energía colectiva destinada a cultivar pensamientos autodestructivos, y tanto empeño en darle a la paranoia el estatus de realidad, acabe por crear ese futuro que tanto nos espanta. Sinceramente, no creo que la realidad colombiana sea tan monstruosa como la están pintando. Pero nuestra imaginación sí lo es.


Adriana La Rotta

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