'En mis historias nadie toma café con leche': César Aira

'En mis historias nadie toma café con leche': César Aira

Con una narrativa particular, el escritor ha cultivado no lectores, sino 'devotos' de su obra.

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05 de mayo 2016 , 06:55 p.m.

“En una pequeña ciudad catalana empinada en los acantilados sobre el azul Mediterráneo, vivía un monje con fama de santo”. Esta es la primera frase de 'El santo', la novela más reciente de César Aira.

Una frase que anuncia lo que viene y define el sello del autor argentino, a quien le gusta narrar en el mejor estilo de los cuentos de hadas, los que se inician con el clásico “había una vez”. El monje con fama de santo vive en la Edad Media, hace milagros y, cuando siente que le llega la muerte, decide regresar a su lugar de origen. En el camino pasaran toda clase de historias. Delirantes, vertiginosas, como todas en los libros de este escritor que fue descrito como “el secreto mejor guardado de la literatura argentina”. No solo lo decían por su talento, también porque sus libros eran casi imposibles de encontrar (publicaba, por su decisión, solo en pequeñas editoriales).

Ahora la editorial Random House publica la ‘Biblioteca César Aira’, que se inicia con 'El santo' y recupera varios de sus mejores títulos: 'El cerebro musical', 'Ema, la cautiva', 'Un episodio en la vida del pintor viajero', 'Las aventuras de Barbaverde' y 'Las curas milagrosas del Doctor Aira'.

Sus novelas –decenas; ha publicado dos por año durante las últimas tres décadas– ofrecen un universo particular. Son historias surrealistas que, con el paso de las páginas, toman rumbos inesperados, aunque siempre están sembradas en elementos que les ponen los pies en la tierra. “Si no hay contraste, no hay efecto. Eso lo saben hasta los principiantes, y yo soy un viejo y experimentado principiante”, explica César Aira.

En sus libros no aparecen narraciones en primera persona ni en tiempo presente; tampoco existe la preocupación por los géneros: no importa si son cuentos, o novelas, o nouvelles. Así ha sido desde que publicó 'Ema, la cautiva', una de sus primeras obras (1981). Desde entonces hasta hoy, Aira (que nació en Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires, en 1949) ha tenido, más que lectores, verdaderos devotos.

Usted suele decir que forma parte de los pocos escritores a quienes les gusta escribir... ¿Qué es precisamente lo que le gusta de hacerlo?

Me las arreglo para que en cada párrafo haya alguna sorpresa para mí, de modo de mantener vivo el interés. En realidad, es un proceso de descubrimiento, por lo menos como lo practico yo. En las novelas convencionales sí debe de ser aburrido escribir esos pasajes de relleno. Alejandra Pizarnik decía que ella nunca podría escribir una novela porque en la novela es inevitable llegar a un punto en el que hay que escribir cosas como “fuimos a tomar un café con leche”. Cuando le oí decir eso, me prometí que en mis historias nadie tomaría café con leche sino brebajes mágicos o alcoholes alucinatorios.

Su libro más reciente es ‘El santo’. Cuando mira hacia atrás, ¿qué piensa de sus primeros libros? ¿Cómo es su relación con lo que ha escrito?

Creo (puedo equivocarme) que escribo mejor que antes. Me temo que estoy en la posición que tan bien resumió Felisberto Hernández cuando dijo: “Escribo cada vez mejor, lástima que me vaya cada vez peor”. No sé si no preferiría ser como esos escritores importantes que pueden decir con justicia: “Escribo cada vez peor, por suerte cada vez me va mejor”, y son ricos, famosos y felices. Mi relación con mis viejos libros es nula. No los abro jamás y hago lo posible por olvidarlos (no me cuesta mucho trabajo).

Da la impresión de que usted mira a cada uno de sus libros como un experimento, que en cada uno busca probar un camino distinto...

Probar formas nuevas cada vez es parte esencial del juego literario. Eso lo aprendí por contraste en mi trabajo de traductor de novelas comerciales, que cambian de contenido sin cambiar de forma, y por eso no son literatura. En mi caso, admito que el cambio está un poco exacerbado. Puede deberse a insatisfacción, o a la desmedida ambición de llegar alguna vez a hacer algo realmente bueno.

¿Cómo nace en usted la idea de un libro? En una ocasión le oí decir que prioriza la trama sobre los personajes.

Ni los personajes ni la historia. Lo que me dicta el punto de partida es una idea, algo raro y paradójico; la muerte de un hombre inmortal, una escalera en la que se sube y se baja al mismo tiempo, una cajita de música que está viva; cosas así, con una intrascendencia lúdica que me obligue a buscar lo que importa en lugares inesperados. La historia se va haciendo sola. Tengo una confianza ciega en mi Montblanc.

Ha dicho que no le gusta usar el humor en la literatura. Pero suele aparecer en sus libros. O mejor, la ironía...

El humor es peligroso, porque si no hace reír se abre un vacío que después nada puede llenar. La ironía es otra cosa, es una forma de la cortesía, es tomar distancia y dejar que los demás piensen por su cuenta, sin darles lecciones.

¿Por qué le atrae tanto el formato de novela corta?

La mera comprobación empírica me ha convencido de que un libro cuando más gordo es, menos literatura contiene. Además, yo me formé entre poetas, a los que les envidiaba sus delgados libritos elegantes. Después de simular ser un novelista durante unos años, encontré el modo de hacer libros que se parecen a los de los poetas, por fuera y por dentro.

Al leer sus libros, uno se pregunta: ¿cómo funciona la imaginación de César Aira?

Es algo natural, no sé de dónde viene. Quizás se debe a que no me gusta la psicología, la introspección, el análisis, entonces la escritura me lleva por su propio impulso a la invención, no a la expresión.

¿Hay mucha reescritura en su trabajo?

Soy lento, pienso varios minutos cada palabra. Después hay poco que corregir. No es que quede tan bien, es que ya no puede quedar mejor.

¿En qué lugar acostumbra escribir?

Escribo en los cafés porque necesito levantar la cabeza después de cada frase, mirar lo que pasa, ventilar las ideas, darme tiempo. Nunca podría escribir frente a una pared.

Fue descrito como “el secreto mejor guardado de la literatura argentina”. ¿Se sentía bien escribiendo desde ese lugar? No parece ser amigo de la fama ni de volverse “personaje” en los medios.

Mantenerme apartado es mi recurso para preservar mi libertad. No me gusta discutir, le doy la razón a todo el mundo, por más que hayan dicho el mayor de los disparates, así que me iría mal en público.

Respecto a los medios, ¿cómo es su relación con el mundo de las redes sociales? ¿Qué piensa del tipo de comunicación que impera hoy?

No uso las redes sociales, ni siquiera tengo teléfono, que descarté cuando descubrí el e-mail, y hasta ahí llegué en el mundo digital. Me parece que hoy día hay mucha comunicación por la comunicación misma, sin ninguna utilidad real. Se ha inventado el órgano, pero no se le encontró la función, así que se lo usa por el mero hecho de usarlo.

Su lugar de origen, Coronel Pringles, aparece con frecuencia en sus libros. ¿Cómo ha sido su relación con este lugar?

Creo que tengo con Pringles la misma relación que tienen todos con el lugar donde pasaron la infancia, al menos si fue una infancia razonablemente satisfactoria. Todos los jóvenes con inclinación por la cultura quieren huir del pueblo atraídos por la gran ciudad, y yo no fui la excepción. Pero, como la cultura me fue propicia, pude volver sin culpa, y sigo volviendo.

Siempre ha sido cercano de los sellos editoriales pequeños, y ahora Random House edita la Biblioteca César Aira. ¿Cómo se siente con eso?

No hago mucha diferencia. Un libro es un libro, lo publique quien lo publique. Las pequeñas editoriales independientes tienen la ventaja de que aceptan publicarme libros de treinta páginas. Pero he terminado haciéndome amigo de todos mis editores, grandes y chicos. Como no soy negocio para ninguno, y me publican sólo porque les gusta lo que hago, nos podemos dar el lujo de la amistad.

¿Qué tipo de literatura prefiere como lector?

Hoy día es más lo que releo que lo que leo. Efecto de la edad, seguramente. Por lo demás, soy amplio y bastante convencional. Si me preguntan por mis escritores favoritos, son los favoritos de todo el mundo, Shakespeare, Kafka, Proust, Borges, esa clase de autores. He renunciado a leer filosofía, y lamento haber perdido tanto tiempo leyendo a esos charlatanes. Tampoco leo novelas contemporáneas. Y cada vez leo más novelas policiales, las inglesas de los años treinta y cuarenta.

Hace un tiempo dejó de escribir durante un año y medio. ¿Qué lo llevó a hacerlo? ¿Cómo se sintió?

En realidad fue un año y tres meses, y habría que ver cuál es la definición aquí del verbo ‘escribir’. Fue el tiempo que me llevó investigar y redactar mi Diccionario de autores latinoamericanos. No escribí relatos, pero creo que nunca escribí tanto como en esos quince meses: unas seiscientas páginas, mientras que mi producción habitual no llega a las doscientas páginas por año.

¿Cómo ha sido su relación con el oficio de traducción?

La traducción fue un trabajo alimentario que ejercí sólo mientras lo necesité. Es decir, durante treinta y cinco años. Y, por supuesto, preferí ocuparme de literatura comercial, esos best-sellers norteamericanos que son infinitamente más fáciles de traducir que la literatura en serio (y pagan lo mismo). Le quedé muy agradecido porque es un trabajo entretenido. Me permitió mantenerme, criar a mis hijos, y me dio mucho tiempo libre para escribir mis libros. Y fue una buena escuela de construcción del relato. A veces me pregunto si lo que yo escribo no será lo mismo que aquellas novelas que traducía, solo que llevado al campo de la ironía.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción EL TIEMPO

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