La Bogotá de Peñalosa

La Bogotá de Peñalosa

De aprobarse como está, el plan de desarrollo podría provocar el mayor desastre urbano jamás visto.

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05 de mayo 2016 , 05:25 p.m.

El lema de la segunda administración del alcalde Peñalosa no es gaseoso ni ridículo como el de la primera (‘Bogotá, 2.600 metros más cerca de las estrellas’). Es una consigna atractiva, que concierta las aspiraciones de los bogotanos: ‘Bogotá, mejor para todos’. Por supuesto, a eso aspiramos los cerca de 11 millones de seres humanos que vivimos -o que sobrevivimos- en la capital de Colombia. La única ciudad del mundo con ese volumen demográfico que carece de metro subterráneo, entre otras grandes falencias.

Pero en el plan de desarrollo para su cuatrienio (2016-2019) que ha presentado el Alcalde a la consideración del Concejo, no se ve cómo, hasta donde nos han permitido conocer sus detalles, el designio de hacer de Bogotá una ciudad mejor para todos pueda cumplirse ni remotamente.

Según el plan, la administración Peñalosa aspira a construir 30 megacolegios. La iniciativa es loable y será un pilar para hacer de Bogotá una ciudad mejor para todos, la mejor ciudad del mundo, incluso. Lo más importante, además de levantar las megasedes de cada uno de los 30 colegios, es garantizar la calidad educativa y la sostenibilidad económica del plantel; fijar una normativa donde el suministro de alimentación a los escolares, por ejemplo, esté sometido a la estricta vigilancia de la propia Administración, y que no se ponga en manos de contratistas (‘operadores’ los llaman ahora, pero son los mismos con las mismas) corruptos que se roban la plata de los alimentos y les proveen a los niños cualquier porquería, como hemos visto con horror los colombianos por las denuncias en la prensa, y contemplamos, con más horror todavía, la impunidad que protege a esos criminales. Atentar contra la salud de nuestra infancia es uno de los crímenes que pueden calificarse de lesa humanidad.

Construir los 30 colegios sin añadir un plan estructurado de sostenibilidad económica a largo plazo, podría terminar en un descalabro que empeoraría la calidad de vida de los pequeños bogotanos en edad escolar de primaria y secundaria.

El grueso del plan de desarrollo, y al que se le va a dedicar casi la mitad de los 90 billones que tiene presupuestados, está en la movilidad. Aquí es donde Bogotá tiene un nudo gordiano que ni el mismo Alejandro Magno sería capaz de desatar. ¿El problema de la movilidad consiste en la falta de vías y de buses que rueden por troncales, o en el exceso de vehículos particulares, que aumentan día por día?

El plan de desarrollo considera que la movilidad quedará solucionada con seis nuevas “troncales” de TransMilenio (TM), una de ellas por la carrera 7ª. Desde cuando se presentaron las primeras fallas de la fase A de TM (troncal de la Caracas), ya al segundo año de su funcionamiento se evidenció que (contra lo expuesto por el primer Peñalosa para sustentar el cambio del metro por el TM, con la premisa de que era un ventajoso sustituto de aquel), por el contrario, el TM era un servicio de alcance limitado, óptimo para ciudades con tres millones de habitantes o menos, y deficiente en ciudades de más de tres millones, en las que únicamente podría servir como parte de una red multimodal de transporte público que tuviera por eje el metro subterráneo.

Quince años de experiencia con TM como eje del transporte masivo de Bogotá, dentro de un servicio unimodal, han demostrado hasta la saciedad lo que únicamente los ciegos no quieren o no pueden ver: que así construyan 30 troncales, sin una disminución drástica de los vehículos de uso particular, el TM no podrá garantizar la movilidad en Bogotá. Las seis nuevas troncales terminarán por dejar a la capital completamente paralizada. La modalidad de las ‘troncales’ fractura a la ciudad y es, además, un sistema muy frágil, propenso a que ocurran accidentes con frecuencia. Los hemos visto en el último mes. Choques de buses TM en distintos sitios de la ciudad han provocado grandes trancones adicionales y dejado un saldo de más de 100 heridos.

Con el metro subterráneo no es que no exista la posibilidad de accidentes, pero es mínima. Una o dos en cien años. Mientras que con el TM los accidentes son entre 20 y 30 al año. Sin contar el elevado poder de contaminación ambiental que producen los vehículos movidos por diésel, defecto gravísimo que no padecen ni el metro ni el tranvía.

Al estudiar el plan de desarrollo de la administración Peñalosa dos, el Concejo de Bogotá tiene en sus manos una responsabilidad tan grave como que están en juego el presente y el futuro de la capital de Colombia. Aprobar la locura del TM pesado por la 7ª, cuando existen otros medios de transporte que se adecuan perfectamente a esa vía (el tranvía o los buses padrones), sería un acto de irresponsabilidad que la ciudad no les perdonará ni al Alcalde que lo propuso, ni a los concejales que lo aprueben.

De dársele luz verde como está, el plan de desarrollo podría hacer de la Bogotá de Peñalosa el mayor desastre urbano jamás visto.

Peñalosa será recordado gratamente por las cinco megabibliotecas que plasmó en su primera administración y que hoy son orgullo de Bogotá y del país, y también, si los hace, por los 30 megacolegios, por el metro subterráneo y por el tranvía. Nunca por el TransMilenio, salvo con un mal recuerdo.


Enrique Santos Molano

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