Héroes en teoría

Héroes en teoría

Me refiero a esos 'benefactores' que profesan ideas que nada tienen que ver con su propia vida.

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04 de mayo 2016 , 07:02 p.m.

El viernes pasado, aquí mismo, el profesor Moisés Wasserman escribió una magnífica columna –una de las columnas del año, para mí– sobre lo peligrosa y nociva que suele ser la gente que, como decía siempre con horror una amiga, ‘no conoce la duda’. Esa gente justa y pura que se autoproclama así y que da por sentada, con arrogancia, incluso a veces hasta con grotesca humildad, la superioridad moral de su causa.

Esa gente, decía el profesor Wasserman de manera muy lúcida, ha producido algunos de los mayores desastres en la historia de la humanidad, pues en efecto su convicción inamovible no era la de estar haciendo ningún mal, sino por el contrario la de estar sirviendo a un ideal noble y maravilloso, bienhechor, altruista. Casi como si creer en cualquier cosa fuera un apostolado, una virtud superior y evidente para los demás.

Pasa muchas veces, por ejemplo, con algunos ciclistas de ahora, o con los defensores de la vida sana y el deporte, o con no pocos vegetarianos o abstemios y con casi todos los espíritus religiosos y de secta convencidos de su destino mesiánico: que no solo defienden y proclaman con fervor sus ideas, faltaría más que no lo hicieran, sino que lo hacen como si fueran las únicas dignas que hay.

Y eso, que siempre fue más o menos así, se ha sublimado en nuestra época y se ha banalizado también –las dos cosas al mismo tiempo, la una por la otra– por cuenta de las redes sociales y esa facilidad con que en ellas todo el mundo se puede adherir a la causa del día para ventilarla con tanta vehemencia como inocuidad y para que quede muy claro que uno sí está del lado correcto, que uno sí está en lo que debe ser.

Cada día trae su indignación, digámoslo así, y todos nos sumamos a ella y a sus respectivos linchamientos y debates y chistes y a su ocaso, hasta que una nueva nos convoca y para allá nos vamos mientras la turba corre otra vez, y otra más, y otra, y así sin descanso. Sin poder discutir en serio casi nunca nada, pues solo hay tiempo para que se impongan como conclusiones los prejuicios.

Pero en toda esta situación, vieja como el mundo, hay un aspecto aún más grave que siempre me ha parecido el peor; un aspecto filosófico y casi imperceptible que también tiene notables ejemplos en la historia y que es quizás el nivel más alto e irredimible de esa aberrante jactancia moral de quienes se creen los buenos y los justos, de ese fascismo arropado en la autocomplacencia y la intolerancia y el fanatismo.

Me refiero a quienes piensan que su único compromiso con la sociedad y con el prójimo está en las ideas –las ideas puras, horror–, y creen que allí se agota todo y en el plano personal son la negación de los valores que dicen defender. Esos benefactores de la humanidad en lo abstracto pero que en lo concreto son unos tiranos que limpian su consciencia justo así, profesando ideas que nada tienen que ver con su propia vida.

Sería muy interesante hacer en serio ese estudio alguna vez: el de la comprobación o no, pero yo creo que sí, de cómo las ideologías que en la historia han sido más arrogantes en su presunta nobleza y superioridad moral han sido también las que producen la peor gente, o por lo menos a muchos militantes que prefieren salvar al mundo en abstracto mientras su casa es un infierno.

Defensores de la niñez que fueron capaces de abandonar a sus hijos; filósofos del amor que hicieron miserable la vida de quien los rodeaba; socialistas que insultan al mesero y no saludan al portero.

“Los profesionales de la veneración al hombre se creen autorizados a desdeñar al prójimo. La defensa de la dignidad humana les permite ser patanes con el vecino”, decía Nicolás Gómez Dávila.


Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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