Limonada de coco: En presente definitivo

Limonada de coco: En presente definitivo

Alberto Salcedo Ramos escribe sobre su decisión de prometerse propósitos.

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03 de mayo 2016 , 10:20 a. m.

A finales del 2015 caminaba hacia una heladería en compañía de una amiga que, de repente, me preguntó si ya tenía mi tabla de propósitos para el año nuevo. Le respondí que jamás hago esas listas.

— Pero si te pidieran hacer una…

— No la haría.

— Bueno, entiendo.

— Ajá.

— Menciona solo algunas cosas que te gustarían.

— Qué terca eres.

Tras una pausa, sin embargo, enumeré ciertos propósitos que me gustaría cumplir a corto plazo: leer más por gusto que por deber, chatear menos con los amigos y verlos más en persona, usar la tecnología y no dejar que ella me use, sosegarme ante ciertos problemas que o bien se pueden resolver o bien no tienen remedio; correr menos y disfrutar más, paladear muchísimo antes de tragar, compartir más tiempo con los seres que me han querido desde siempre, saborear más las conversaciones lentas, bailar las canciones que me estoy debiendo, consentir a la viejita Elvia, mi abuela, y a mis dos hijos, acariciar el lomo de los perros que no tengo y de los gatos que jamás tendré, caminar no solo con pies de reportero ocupado sino también con alma de sibarita. Y, sobre todo, no buscar lo que no se me ha perdido.

Mi amiga sonrió con aire victorioso. Le aconsejé que no se emocionara tanto, pues soy un fiasco a la hora de cumplirme mis propias promesas. Por eso, justamente, evito hacérmelas.

Entonces recordé un viejo chiste: en cierta ocasión un borracho anunció ante sus amigos y familiares que en el nuevo año dejaría de beber.

— Si vuelvo a hacerlo –dijo, de manera teatral–, ¡que me parta un rayo!

Al principio se mantuvo firme en su propósito, pero en mayo recayó. Cuando entró a la casa dando tumbos, su mujer le salió al paso.

— ¡Incumplido!

— Un momentito, un momentito–ripostó, ofendido–. Yo cumplí: ¡el que no cumplió fue el rayo!

En el fondo todos somos como ese borracho, le dije a mi amiga. Y por eso –advertí por enésima vez– evado las promesas: soy demasiado receloso a la hora de negociar conmigo mismo.

— Pero acabas de hacer una lista.

— Lo hice solo para complacerte. Recuerda el consejo de los abuelos: nunca creas del todo en las cojeras del perro rengo.

Luego dije que las promesas de año nuevo son como los pagos con tarjeta de crédito: solo difieren el compromiso. La diferencia es que con las tarjetas toca pagar hasta la última lágrima, mientras que con nuestras promesas nos vamos concediendo sistemáticamente plazos muy generosos.

Por eso vivo mi vida en un presente definitivo. No estoy encadenado a lo que quedó atrás ni temblando de miedo por lo que vendrá. Lo mío es este instante. No quiero perderme la alegría concreta de hoy por andar pensando en la incierta de mañana. Soy de los que se estrenan la ropa el mismo día que la compran. No sé qué será de mí el mes que viene, ni me interesa: todo lo que quiero es que lleguemos rápido a la heladería para comerme un helado de ron con pasas.  

ALBERTO SALCEDO RAMOS
@SalcedoRamos

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