La nobel Svetlana Aleksiévich y nuestra paz

La nobel Svetlana Aleksiévich y nuestra paz

La escritora nos recordó que el momento del perdón y la reparación no es un asunto fácil.

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02 de mayo 2016 , 06:01 p. m.

“El mal puede camuflarse en la inercia de la vida”: Svetlana Aleksiévich


En medio de una gran incertidumbre en torno a la implementación del proceso de paz en Colombia, la ganadora del Premio Nobel de Literatura en el 2015, Svetlana Aleksiévich, asistió a una conferencia en la Universidad Externado organizada por la facultad de Comunicación Social. La bielorrusa conversó con el escritor Sergio Ocampo, una revelación literaria, con quien abordó varios aspectos de su obra referidos a su principal objeto de interés: la guerra.

Svetlana no es cualquier novelista. Sus reflexiones van mucho más allá de la ficción, aspecto no tan evidente en una multiplicidad de escritores. Para la bielorrusa, la realidad, el dolor y la ruptura son sus campos de análisis. Los planos geográficos del desarrollo de sus textos se estructuran en la catástrofe de Chernóbil (1986), la guerra de Rusia en Afganistán (1979), el rol de las mujeres rusas durante la Segunda Guerra Mundial o la transición del régimen comunista al espectro capitalista que ha causado tantas alteraciones, como lo explica de forma magistral por medio de una de sus obras más importantes: 'El fin del ‘Homo sovieticus' (Acantilado, 2015).

Es en esta última transición donde quisiera hacer algunas reflexiones. La metamorfosis rusa no se entiende solamente leyendo estos textos, sino recorriendo sus calles, sus ciudades e intentando descifrar sus pensamientos a través de los grandes escritores. La gran Rusia de la que procede Svetlana tiene en su memoria a Lenin, Stalin, Catalina de Rusia, los Romanov, Dostoievski, Chejov, Pushkin, Bulgakov, Pasternak, Solzhenitsyn, el gran maestro León Tolstoi, entre otros. Del mismo modo, ese mundo sintió la transición del imperio al comunismo, pasando luego la antorcha a un capitalismo trepidante sin mayores libertades políticas.

Recorrer Moscú es adentrarse en un mundo misterioso. Por ejemplo, las estaciones de metro son testigos del imperio soviético estalinista, cuyos decorados nos traen a la memoria los frisos de castillos renacentistas. Todo para beneficio, pensó el dictador, del disfrute de la masa de trabajadores.

La plaza Roja (Krasnaia Ploshad), la tumba de Lenin, la catedral de San Basilio, el Kremlin, la Duma, el Bolschoi y las impresionantes catedrales ortodoxas permitieron preservar un mundo que se evaporó en Constantinopla (Estambul) con la derrota del Imperio romano de oriente por parte del Imperio otomano en 1453.

La transición que Aleksiévich explica es la misma que se observa en las paradojas de la calle Arbat o en la galería GUM en el centro de la plaza Roja, en la cual se encuentran las mejores marcas comerciales frente a la mirada reticente del cadáver de Lenin. También en la avenida Nevski de San Petersburgo, en el museo Hermitage o en las lógicas cruzadas de memoria y de tiempo compartido.

La visita a Colombia de esta escritora es pertinente por dos razones. Pone énfasis en el desquiciamiento que se vive en una sociedad en guerra; para Aleksiévich es palmario que las dictaduras son primitivas, al tiempo que estrechan y enceguecen el espíritu humano. Esta reflexión plantea que el cierre de perspectivas y la unidimensionalidad excluyen la democracia ‘maximalista’ y el pluralismo.

Y, en segundo lugar, recuerda que el momento del perdón, la reparación y la garantía de no repetición no es un asunto fácil. Afirma la escritora que “el sufrimiento no salva a las personas, las corrompe”. Este desafío, en nuestro caso, se podrá concretar, más allá de la firma del acuerdo de paz, a través de un proceso continuo y no inmediato de implementación, sobre todo, en un país que tiene más de 500 municipios afectados por la ausencia del Estado y la institucionalidad fragmentada.

La visita de Svetlana Aleksiévich es un campanazo de alerta sobre nuestra forma de concebir la historia. La paz debe ser un propósito de todos, sin trampas y con acciones sinceras de arrepentimiento de quienes pasaron todas las líneas éticas del conflicto, como recuerda Elie Wiesel. La paz debe ser una trampa contra la guerra, sin prescindir de las víctimas. La precisión de la justicia restaurativa es la que permitirá validarla ante el mundo.


Francisco Brabosa
@frbarbosa74
* Ph. D. en Derecho Público de la Universidad de Nantes (Francia) y profesor de la Universidad Externado de Colombia.

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