Guerra de protocolos

Guerra de protocolos

En 100 años de evolución, los protagonistas del folclor vallenato se han codeado con el poder.

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30 de abril 2016 , 08:13 p. m.

La semana que termina, el presidente Santos hizo un anuncio que conmovió al país: ha sido invitado el próximo 1.° de noviembre por la reina Isabel de Inglaterra a una visita de Estado y a una cena al palacio de Buckingham. “Este será, desde nuestra independencia, en la que nos ayudaron los británicos, el más alto nivel de relaciones en nuestra historia”, dijo el Presidente con desparpajo.

Lo único malo fue que el mismo día en que aceptó la invitación de la reina británica, le hizo al rey vallenato uno de los mayores desplantes presidenciales de la historia.

La edición 49 del Festival era muy especial. Se rendía homenaje a dos de los juglares más queridos de Colombia, los hermanos Poncho y Emiliano Zuleta, producto de una familia de cantautores sin la cual el Festival de la Leyenda Vallenata no sería lo que es: patrimonio de la humanidad.

En 100 años de evolución, los protagonistas de su folclor se han codeado con el poder, hasta volverse parte de él. Por eso no es usual la ausencia del Presidente. Parece que unos días antes el expresidente Uribe se había adelantado condecorando al maestro Poncho. A esa causa algunos le atribuyen que, en lugar de asistir, el Presidente enviara un video chiflado por muchas de las 30.000 personas reunidas en el parque de la Leyenda Vallenata.

El incidente invita a hacer la comparación entre estas dos monarquías. La etiqueta indica que en el palacio de la reina británica hay que llegar diez minutos antes de la hora señalada. Hacerlo demasiado temprano es una grosería solo equivalente a llegar más tarde. En Valledupar, el protocolo es bastante más relajado: se puede llegar tarde, pero lo que no se puede es irse nunca. Hay que atender cuantas parrandas vallenatas se ofrezcan en los patios con árboles de mango. Es de pésimo gusto no amanecer en alguna de ellas. Peor, mucho peor, que seguir comiendo en una cena del palacio de Buckingham luego de que la reina suelta el tenedor, síntoma protocolario de que para todo el mundo terminó la comida porque la reina se aburrió.

Pero a propósito de comida, en Buckingham los espárragos, servidos como plato de entrada, deben ser asidos exquisitamente con los dedos de la mano izquierda directamente del plato, salvo que se le haya añadido previamente la salsa holandesa. En Valledupar, las típicas costillitas también deben ser comidas con la mano; da lo mismo si es derecha o izquierda, salvo que el plato a servir sea el típico sancocho de chivo, que requiere, por su especificación, de algún adminículo refinado, como una cuchara o un tenedor si el platillo es uno de los suculentos pasteles costeños, arrozudo y grasocito. Son bien recibidos los chorreones.

En el palacio de Buckingham sería absolutamente escandaloso que una dama acudiera a una cena calzando un zapato destapado. En el Festival Vallenato lo sería que ella llegara de zapato tapado.

Ahora: eso de que a rey muerto, rey puesto, puede que funcione en la Gran Bretaña. En Valledupar hay un rey vallenato cada año y siguen siendo reyes el resto de su vida, y todos son infaltables en las más sofisticadas –y hasta controvertidas– fiestas del país. En Inglaterra, la única reina de reinas, con sus 90 años de vida, es su majestad Isabel. El príncipe Carlos no se lo creería, pero ser rey en Valledupar, aunque haya tantos, es más difícil. La corona no se gana después de un funeral, sino de una formidable competencia de acordeón.

Lo más cerca que puede tocar la realeza de Valledupar de la europea está explicado en una fantástica crónica del vallenato Sergio Araújo para EL TIEMPO.

Según él, acompañando a Gabo a recibir su premio Nobel en Suecia, Poncho Zuleta quedó impresionado con un caballero de gran estatura y ojos azules, finamente ataviado con galones, charreteras, insignias y cordones de oro en impecable casaca azul al que rodeaba una multitud a la entrada del Grand Hotel. “Es el rey de Suecia”, dijo alguien, y Poncho, raudo, se tomó una foto con él. Al día siguiente vio al mismo personaje colgado de la baranda de un tranvía. “¿Ese que va ‘guindao’ del tranvía no es el rey?”, preguntó perplejo. A lo que le respondió la inolvidable Consuelo Araújo, ‘La Cacica’: qué rey ni qué rey, ese es el botones del Grand Hotel”.

¡¡Ay, hombe!!

Entre tanto... Tony Blair aceptó ante la CNN sus errores en la invasión a Irak. ¿También aceptará su pifia en la reestructuración de la Casa de Nariño?

MARÍA ISABEL RUEDA

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