El escritor argentino Sergio Chejfec visita la Filbo

El escritor argentino Sergio Chejfec visita la Filbo

El autor ha configurado unas de las voces más llamativas de la literatura latinoamericana actual.

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29 de abril 2016 , 08:05 p.m.

Desde la publicación de Lenta biografía, en 1990, el escritor argentino Sergio Chej-fec ha ido construyendo, en voz baja y un tanto alejada de los focos mediáticos, una de las obras más llamativas e innovadoras de la literatura latinoamericana actual.

Parte de esa particularidad depende de la dificultad para encajar en el género de la novela obras como Los planetas (1999), Mis dos mundos (2008) o La experiencia dramática (2012), pues en estas, y en general en sus demás obras, la narración se entreteje con la reflexión en un tono muy cercano al ensayo. De Sergio Chejfec ha dicho su colega español Enrique Vila-Matas que se trata de un “buenísimo escritor” a “quien no le cuadra bien la palabra ‘novelista’, porque él más bien crea artefactos, narraciones, libros, ‘pensamiento narrado’ antes que novelas”.

Chejfec, quien vive en la Gran Manzana, donde enseña en la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York, visita la Filbo y hoy aprovechará también para hablar en varias librerías capitalinas.

Su obra podría entenderse como una constante forma de pensar la caminata, el paseo, como una forma particular del viaje. Pero es un paseo esencialmente urbano, y por lugares ambiguos. ¿Qué le interesa de esa caminata?

El viaje es desplazamiento y en general consiste en algo más o menos grandilocuente. Siendo uno de los formatos de la épica, resulta lógico que ello ocurra. Pero no todo desplazamiento es viaje. De ambas cosas, la idea de viaje y de desplazamiento, me interesa la noción de deambulación. Algo determinado por los recorridos, por la curiosidad volátil, el cansancio, la casualidad y la distracción. Y lo gratuito. La caminata no como epifanía, acaso tampoco como aprendizaje, sino como tic cultural y religión o militancia laica a la que sucumbimos. Admiro a los escritores caminantes. Primero los admiré y luego supe que lo habían sido; lo cual, naturalmente, confirmó mi debilidad por la caminata.

Otro aspecto interesante de los recorridos “narrados” es que en la mayoría de estos se puede identificar la ciudad donde ocurren, pero no su espacio específico. ¿Qué perderían sus narraciones si existiera la posibilidad de repetir el recorrido de, digamos, el narrador de ‘Mis dos mundos’?

En general, hay narraciones que se pliegan a una cronología de los hechos y otras que no. La determinación temporal es uno de los engranajes más sólidos de la novela, pero es también muy propia de los relatos no literarios. Por eso prefiero pensar el espacio como si se tratara de una dimensión elástica y propia de la narración, que al proyectarse hacia el futuro y hacia el pasado asume la espacialidad, ciertos atributos del tiempo, sobre todo lo durativo. Los espacios como factores tan dominantes que podrían convertirse en abstractos, más que como escenarios obedientes en los que el tiempo transcurre y las acciones se despliegan.

Otra característica central de su literatura es que, casi siempre, está construida desde la narración en primera persona. Sin embargo, creo que su literatura es casi opuesta a eso etiquetado como la ‘autoficción’. ¿Cómo relaciona su trabajo con lo incluido dentro de esa categoría?

No sé. Si la autoficción es un género, es también una máquina de leer; o sea, puede haber obras escritas o leídas como autoficción más allá de que lo sean o no. Si la autoficción es una tendencia, conviene ser cauteloso. Por supuesto, siempre conviene ser cauteloso –aunque no timorato–. Tengo una hipótesis privada según la cual la autoficción es una respuesta a la disolución del verosímil realista. Grandes zonas de la experiencia social e individual han dejado de ser funcionales a la narración literaria, y su relevancia es puesta en entredicho cuando aparecen a través de novelas. La autoficción brindaría una garantía de verdad al tratarse, hipotéticamente, de la propia experiencia.

Los narradores-personajes de sus novelas se dedican, más que a narrar una historia, a reflexionar de un modo muy libre. Alguna vez citó a Henry James: “La experiencia es la atmósfera de la mente”. ¿Cuánta de la experiencia presente en sus libros es anterior a la narración?

Henry James usó la palabra ‘mente’ seguramente adelantándose a sus detractores, para quienes habría sido inaceptable que una metáfora no física los contradijera. La frase me sirvió para asumir una cosa que me parecía un defecto –probablemente lo sea–: la narración volcada al desarrollo de impresiones, ideas y asociaciones. En cualquier caso, una vez que acepté esa forma de escribir pude ver que, en realidad, toda narración acaso no sea más que el despliegue de la mente. Solo que por una serie de operaciones narrativas y retóricas ese desarrollo tiende a estar solapado o demasiado articulado. Para mí, es una especie de ideal: la narración como expresión del pensamiento, con todo lo que puede tener de ensayístico, de reflexivo o de arbitrario. Me parece que ya hay muchas máquinas de contar; entre todas ellas, acaso no venga mal sumar puntos a favor de una versión del pensar.

Dijo en una entrevista: “El documento es lo que le da el estatuto verdaderamente artificioso a la ficción y la ficción es lo que le da el estatuto artificioso al documento”. ¿Cómo esla búsqueda de esos documentos que después aparecen en sus ficciones?

Sería como asignar un valor de realidad a elementos que pertenecen a la ficción. El documento, o sea, toda prueba explícita de un acontecimiento, es un instrumento asombrosamente apto para desestabilizar la noción de ficción y de realidad de cualquier relato. Ese es uno de los sentidos de la literatura. Una literatura que no lleve a ver con desconfianza lo real y que no trame una relación conflictiva con su misma idea de ficción puede ser una literatura prolija, legible, pero a la larga sería probablemente olvidable.

Usted defiende la idea de una literatura en “voz baja” con afirmaciones como: “La literatura es lo único que se escribe sin ningún motivo y sin ninguna función”. ¿Cómo lograr que esa falta de propósito final de la literatura no sea, por un lado, una excusa para caer en la banalidad y, por otro, una especie de “todo vale” a la hora de hacer literatura?

En mi opinión, la voz baja y la falta de propósito explícito son valores. Lo veo como una cuestión de principio más que de sentido. Quiero decir, mencionando lo que dices, si tomamos todo lo que se escribe, desde manuales hasta discursos, pasando por instrucciones, legislación, dictámenes, comentarios y comunicaciones, todo tiene una función y se espera que sirva para una cosa específica. La literatura es lo que nadie espera y aquello que en principio se escribe sin fin práctico alguno. Uno puede decir que la literatura busca entretener, pero siempre hay otras formas de entretenerse si uno no tiene a mano algo para leer. Pues bien, supongo que precisamente la literatura puede ser insidiosa o revulsiva sin embargo, sin llamar la atención, por esa suerte de desafección utilitaria que siempre la acompaña. Una voz baja medio clandestina, que no se sabe muy bien para qué sirve. Supongo que en esa zona de amenaza y riesgo es donde mejor se inscribe la literatura.

Usted es muy conocido en Argentina y en EE. UU., donde vive. A Colombia llega como debutante. ¿Cómo sientes esa doble condición? ¿Acaso es lo más parecido a ese ‘nuevo comienzo’ con el que sueña todo escritor?

El nuevo comienzo es imposible en casi cualquier circunstancia. Pero estas experiencias son buenos sucedáneos. Cuando hablas con personas que no te conocen, resultan inútiles las premisas o sobreentendidos que usas todos los días para pensar lo que haces o referirte a ello. Eso somete a tu propia reflexión a un ejercicio de objetivación, como si estuvieras describiendo a otro para hablar sobre ti. Pero también es cierto que la literatura es una especie de lengua privada y pública a la vez. Una lengua de complicidades y desafecciones. Y esa lengua que es la literatura colombiana, en la que obviamente no tengo presencia, no me resulta sin embargo ajena porque en ella está presente Juan Cárdenas con sus libros, alguna novela de Evelio Rosero, de Darío Jaramillo Agudelo, de Fernando Vallejo.
* Escritor bogotano (‘El efecto Bilbao’), de la maestría literaria de la U. de Nueva York

JUAN JOSÉ FERRO
Especial para EL TIEMPO

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