Pailas patéticas / En defensa del idioma

Pailas patéticas / En defensa del idioma

Ambientes y tareas cotidianas determinan la manera y las expresiones en que se envuelven las ideas.

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28 de abril 2016 , 10:31 p.m.

Estos quizás sean los tiempos en que graznan los pajarracos y se ocultan los suaves trinos de las aves pequeñas y delicadas.

“Por favor, convoquemos para mañana a una reunión extraordinaria”, solicita el presidente de una reconocida compañía a su secretaria, en el piso 38 de un edificio para ejecutivos, situado en una selecta zona de la ciudad. En un barrio popular, por otra parte, se escucha: “Cuando terminen ahí, bajen la reja y echen canda´o”, como orden de un comerciante a sus empleados en el local donde se expende mucho juguito de cebada. A varias calles de allí, fluyen otras palabras: “Eso jue que la ñoa Rosa no vino puaquí hoy”, se lamentará alguna vendedora estacionaria al referirse a su colega en una plaza de mercado.

Los ambientes y las tareas cotidianas, en definitiva, determinan en gran medida la manera y las expresiones en que se envuelven las ideas. Por supuesto, el trabajo de cada quien y las personas con que se interactúa conforman parte de esos ambientes. Nada adecuado resulta dirigirse, entonces, al vendedor callejero para anunciarle que las “medidas adoptadas por disposición gubernamental impiden el asentamiento permanente de comerciantes en la zonas señaladas para el flujo peatonal y vehicular”, porque el supuesto mercader dirá: “Barájemela más claro”. Es decir: “hable de manera que se le entienda”. La intención, en últimas, consiste en que los mensajes se comprendan, sí; pero también es necesario que los códigos (palabras, sonidos, significados, etc.) conserven el uso común para asignar, por lo menos de forma general, las mismas ideas (o aproximadas) a cada una de las expresiones.

Existe el argumento (falaz, por supuesto) de que a cada persona le asiste el derecho de llamar las cosas como a bien tenga. Partiendo de tal supuesto, un señor podría llamar “vaca” a su automóvil, y aclararle al amigo: “En mi vaca cualquier persona viaja cómodamente sentada, a 90 o 120 kilómetros por hora”. A otro más se le antojaría calificar a su lugar de trabajo como “chuzo”, sin importar que los escuchas desprevenidos imaginen una barra metálica terminada en punta. Por eso y para evitar construir otra Torre de Babel, debe existir, damas y caballeros, un acuerdo acerca de las disposiciones formales de la lengua; nada recomendable es usarla con arbitrariedad, como cada quien lo considere.

En otros contextos, es muy común escuchar en las conversaciones informales una gran cantidad de términos que se pronuncian atropelladamente y, por tanto, con desacierto; también estos llevan un significado distinto al que se ha formalizado en el habla culta. Esa aplicación de la lengua nada entraña de censurable, porque todo pueblo se inclina por la informalidad y la practicidad en la comunicación; en muchos casos, esa es la característica del lenguaje popular.

Sin embargo, cuando esos desplumados vocablos empiezan a volar sin un destino claro, entonces pareciera que los delicados colibríes del diálogo están cediendo el paso a los gallinazos del desorden y el caos. Y en ese dinamismo propio del habla, surgen unos ejemplares pajarracos convertidos en portavoces del deterioro extremo del entendimiento, y se nota otra vez que las palabras (su significado, su escritura y su uso) reflejan a la clase de persona que las profiere.

Examinemos algunos casos. Dirigiéndose a un extranjero que apenas habla un español formal, un xenófobo dice: “Ábrase”, mientras el aludido solo opta por extender los brazos, como si esperara alguna requisa. Otro más querrá referirse a la astucia de un amigo y lo llama “avión”; otro más señala a la casualidad o al azar, como “pura arepa”. Alguno, en su amplia manera de conversar, usa “carreta”; más hablantes califican de “maletas” a los ineptos; las personas enojadas son “bejucas”; la recursividad para el trabajo y para la obtención de dinero es “rebusque”; las expresiones de mal gusto (¡qué ironía¡) las entienden otros más como “boletas”, y el grupo de amigos es calificado de “parche”.

Las reuniones alegres han llevado las designaciones de “foforro”, “farra”, “furrusca” y, por supuesto, fiesta. Y por estar en esas atmósferas, algunos estudiantes pretextan: “Profe, yo estudié resto; créame”. Y el docente se ve obligado a responder: “Pues debiste estudiar todo el tema de clase, no solo el sobrante, el residuo… el resto”. Por tanto, cuando la situación se agrava, muchos de estos afectados evocan la palabra “paila”, y otros más piensan en olletas, ollas, jarras, sartenes, cazuelas y hasta totumas. Quizá, suponen algunos, deben de ser los estudiantes de gastronomía, que, es claro, están dispuestos a manipular ese tipo de implementos para llevar a cabo, con alto profesionalismo y gran propiedad, las labores que les corresponden.

Por esos designios extraños surgen luego los vocablos como “patético”, que significa solo “que es capaz de mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes, y con particularidad dolor, tristeza o melancolía” (RAE). Ninguna relación hay con “ridículo” o “tonto”, como suponen muchos hablantes, pero el contagio inconsciente de la lengua va generando estos cambios.

Es muy claro que la lengua es dinámica, espontánea, que el pueblo es su más frecuente gestor (y los medios masivos). A pesar de ello, en esa transformación social, el ordenamiento del idioma ayuda mucho para encontrar un mejor entendimiento. El idiotismo –"giro de una lengua que no se ajusta a las reglas gramaticales” (RAE)– reduce los caminos a la paz.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
Profesor de la Facultad de Comunicación
Universidad de La Sabana

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