Añorando a Escalona, uno de los fundadores del Festival Vallenato

Añorando a Escalona, uno de los fundadores del Festival Vallenato

Durante la fiesta del folclor, Adolfo Pacheco recuerda sus encuentros con el cantautor.

notitle
27 de abril 2016 , 09:33 p.m.

Fue un sábado de abril de los años 60 en la estación Bosconia; solo siete cabarets y un quiosco. Me le adelanté al acordeonero Andrés Landero y fui al encuentro de Rafael Escalona precedido de mi admiración por él. Se compuso el cinturón con revólver cuando se bajó de “María la bandida”, su famosa camioneta, vestido de ranchero del norte y solo alcancé la puntica de sus dedos. Sonó un disparo ajeno y nuestro anfitrión cayó muerto. Entonces nos fuimos Landero, el cajero y yo al Copey. Él, sin despedirse, a Valledupar.

Invitado por Consuelo Araújo en el año 1971 al Festival de la Leyenda Vallenata como jurado, se me acercó la Leyenda –ya saben a quién me refiero– a darnos instrucciones. Después de mi saludo sincero (“Usted es un ídolo en mi tierra”), olímpicamente no se dio por aludido y ahí nació para mí la gran amistad entre nosotros, principalmente porque con sus maneras sabía que también me admiraba.

A mi oficina de asistente de la Contraloría Departamental de Bolívar, llegó el mismo hombre, pero ahora impecablemente vestido de azul, corbata roja, botas de cuero, oliendo a narciso negro, con cabello y uñas arregladas.

“Necesito que te vincules a Sayco como delegado regional –me dijo sin preámbulos–: aquí tienes el nombramiento; te espero en Bogotá a fin de mes”.

No pude excusarme; por suerte, me daba tiempo para atender las dos oficinas.Afilié compositores dispersos e hice mi labor. Después de seis meses, sonó el teléfono y me dijo: “Tienes que hacerte elegir a la asamblea de Sayco porque necesito tu apoyo”.

¡Impositivo, el tipo! Total, directivo de Sayco en Bogotá, y en su reelección como presidente, me eligieron como vicepresidente. Así conocí más de cerca a un hombre terco, orgulloso, macho, dueño de sí mismo, inquisitivo, disipador, pero eso sí, con una ternura desbordante por el amigo. En cada reunión del consejo directivo fui huésped distinguido de su apartamento de la calle 19, con el consabido despertar a las cuatro de la mañana, compartiendo a esa hora un vaso de whisky acompañado de un tinto.

Me decía “indio” y “yofo”; pero cuando se enteró de que yo era abogado, irónicamente me llamaba “doctor”, “jurista” y “jurisconsulto”. Protesté al estilo del pintor Molina y le dije que me hiciera el favor de llamarme “maestro”, como distinguidamente se llama en Sayco a todos los autores y compositores. Hicimos con su popularidad e importancia muchas transformaciones positivas en la sociedad, al lado de Héctor Ochoa, Esteban Salas, Mateo Torres, Marino Barros, Manuelo. Hoy añoro a Rafael, después de que Sayco perdió su identidad, personalidad y orgullo por los que tanto luchó.

La Dirección Nacional del Derecho de Autor, organismo oficial creado por la Ley 23 de 1982 para protegernos como entidad privada, por el contrario ha permitido con sus omisiones que el derecho conexo se imponga sobre el derecho principal que ostentamos. Hoy, mediante un convenio abiertamente ilegal, penetraron las casas disqueras con sus filiales, las editoras, en la estructura directiva de Sayco y son las que mandan, patrocinadas por una asamblea parcializada.

Cuando me eligieron en el comité de vigilancia de Sayco, me tocó la mala suerte de investigar las canciones de mis propios compañeros, porque reinaban el desorden y el caos en materia de derechos de autor. Encontré, por ejemplo, que La gota fría no figuraba a nombre de Emiliano Zuleta Baquero, su autor; El africano estaba a nombre de Calixto Ochoa, y no de Wilfrido Martínez, porque se confundía el arreglo musical, que es un derecho conexo, con el derecho principal, que es el del autor.

Poderosamente me llamó la atención cómo se entendía antaño el concepto de la propiedad intelectual en el derecho de autor, que es intransferible e irrenunciable. Escolástico Romero y su familia decían que él era un hombre serio y que le había regalado El indio Manuel María y La casa en el aire a sus compadres Emiliano y Rafael Escalona. Casi se me cae la estatua y opté, mejor, por no seguir investigando para evitar enemistades.

Hoy, leyendo un párrafo de un libro de José Repollet que me regaló el profesor Germán Bustillo Pereira sobre clásicos musicales, encontré que el autor se refiere al alemán Jorge Federico Haendel como un tomador de melodías ajenas que luego las devolvía al escenario adornadas con hermosas plumas haendelianas. Menciona el texto que alguien inquirió al famoso maestro acerca de estos ‘préstamos’. Y él respondió, con su encantadora brusquedad de teutón: “¿Por qué no? Si el señor no sabía que hacer con esa música, yo sí”. Y tenía razón.

Me pregunto yo, ¿qué habría sido de la música vallenata si Rafael Escalona no les pone las hermosas y transcendentales crónicas a esas canciones de las cuales tomó prestada la melodía?

ADOLFO PACHECO ANILLO
Especial para EL TIEMPO

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.