Carlos Pizarro

Carlos Pizarro

El asesinato de este comandante que recorría el país hablando de paz aún sigue impune.

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27 de abril 2016 , 04:54 p.m.

Conocí a Carlos Pizarro -el comandante del M-19 asesinado hace 26 años en un avión que iba rumbo a mi ciudad natal, Barranquilla- a mediados de 1985. Por esos días, los diálogos con el presidente Belisario Betancur, buscando un acuerdo para finalizar la guerra, habían sido despedazados en la exacerbación de las acciones bélicas. La tarde oscurecía en medio de una niebla espesa. Después de haber caminado durante más de ocho horas por empinados caminos empedrados, llegué a una finca de potreros fangosos y me encontré en medio del humo de la leña que ardía en un fogón de una cocina de pisos de tierra, donde hervía una enorme olla de café.

Apenas unas pocas horas antes, Pizarro y un grupo de guerrilleros del M-19 habían llegado a El Palmar, emergiendo de un bosque de helechos, al finalizar una larga travesía desde el departamento del Tolima, en donde habían incursionado en el municipio de La Herrera. Me senté en un tablón pulido, soportado por dos horquetas, que hacía las veces de silla. Inhalé el aire gélido que se colaba por las paredes de madera, intentando recuperar el aliento, pues el oxígeno era escaso. Me entretuve mirando la sombra del cabello ensortijado proyectada por la luz de las brasas encendidas. En tono pausado, con las manos extendidas sobre el fuego para mitigar el frío de la noche que se asomaba, inició una larga reflexión sobre la paz de Colombia.

Le escuché hablar sobre la imposibilidad de salir airoso de la toma del Palacio de Justicia, acción político-militar para juzgar al Presidente por el incumplimiento con la paz. “No tenemos cómo contener el uso de tanques de guerra y de la aviación, en un escenario urbano poco favorable”, dijo mientras leía la nota enviada por Álvaro Fayad en la cual le comunicaba la decisión de la acción. Se hurgó con las manos en la barba montarás, desabrochó la fornitura cargada de proveedores con municiones, y dejó colgar la cartuchera en la que estaba enfundada una pistola nueve milímetros.

El día, como todos los días en la cresta de la montaña, amaneció encharcado con una lluvia de alfileres líquidos. Durante el desayuno -una arepa de harina de pan frita en aceite vegetal que la llamaban “chancarinas” y un jarro de chocolate en agua endulzado con panela- siguió hablando en voz alta. Hilvanó la frase con la que había concluido en altas horas de la noche, en un relato que me permitía empezar a conocer las palabras que describen la maraña de la guerra. “Lo esencial en el presente periodo es la construcción de la fuerza militar suficiente para dar el salto de guerrilla a ejército”, dijo mientras recorría a grandes zancadas el lodazal de los potreros.

En un espacio abierto en medio del bosque, en perfecta formación, la tropa guerrillera recibió de viva voz de Pizarro las instrucciones militares. “¡Oficiales de Bolívar, rompan filas!”, ordenó Nicolás, un valluno destacado en los tropeles del M-19 que fungía como segundo al mando. Ese mediodía, en una tregua breve de la lluvia, un avión de reconocimiento voló rasante por sobre el follaje del bosque, debajo del cual se había instalado el campamento. La alarma activó el plan de defensa.

Años después, durante una ceremonia en una vereda del municipio de Tacueyó, Cauca, selló el final de la guerra envolviendo la pistola nueve milímetros en una bandera de Colombia. Con los mismos bríos que asumía el combate, recorría el país hablando de paz. Convertido en un guerrero de la paz, un 26 de abril fue asesinado. El crimen, hasta la fecha, sigue impune.


Héctor Pineda

tikopineda@gmail.com

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