Los Zuleta, la dinastía que este año homenajea el Festival Vallenato

Los Zuleta, la dinastía que este año homenajea el Festival Vallenato

Un perfil de la familia, cuna de cantautores, que contribuyó a internacionalizar ese género.

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26 de abril 2016 , 07:34 p.m.

El pechiche de Carmen

La noche de la competencia final del tercer Festival de la Leyenda Vallenata, en el hervor de la plaza Alfonso López de Valledupar, más de 10.000 almas oían y contemplaban la ejecución florida del acordeón de Calixto Ochoa, ídolo del pueblo, quien ya era un fenómeno musical con sus Corraleros de Majagual; aquel abril de 1969 el pueblo estaba paralizado. Muchos esperaban que Calixto terminara de ungirse digitando notas y soltando ‘pases’ desde el fuelle de su Hohner para coronarse rey vallenato.

Súbitamente, en medio de la ejecución del merengue, el acordeón se estropeó. “Partió un pito”, exclamaron desde el jurado. Según el estricto reglamento, había que descalificarlo... Pero antes de que cualquiera reaccionara, un joven delgado y apuesto saltó a la tarima y entregó a Calixto un acordeón. “Siga, maestro”, le dijo con timidez.

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El corralero terminó de tocar en el acordeón prestado. El público estalló en aplausos, pero quienes reconocieron al joven estaban maravillados: era el más avezado contendor de Calixto, Emilianito Zuleta Díaz, hijo del compositor de La gota fría, rey aficionado del año anterior, rey de canción inédita y el intérprete mejor dotado de la generación que irrumpía.

Aquel gesto gallardo de 1969 mostró tempranamente al mundo folclórico de la provincia el talante singular del más grande acordeonero que ha parido Macondo hasta nuestros días.

Entre los iniciados no hay duda sobre la inmensa capacidad musical de Emiliano, un acordeonero natural, quien toca en una gama melódica inagotable que se ha vuelto idioma entre los intérpretes de este exigente instrumento.

“Emiliano no repite pases”, dicen los entendidos, refiriéndose a su manera de improvisar y construir giros musicales diferentes en cada ocasión. Y es verdad, cada ejecución de las mismas canciones despliega tal derroche de innovación en la combinación de sonidos que sus presentaciones son irrepetibles, pues, a la manera del jazz, cada toque se vuelve una novedad creativa.

Esa magistratura en acordeón que ejerce Zuleta es el gran legado del ‘viejo Mile’, pero también llega por su ala materna, porque su abuelo materno, el ‘Pichón’, fue un acordeonero alegre de nota sencilla al que su hija adoró. Tal vez por eso, Emilianito fue siempre el consentido de Carmen Díaz, orgullosa de su hijo mayor. Esa preferencia jamás la ocultó; lo llamaba el ‘baro’ y no cesaba de ponderarlo “por atento, por serio y por bonito”.

Emilianito es un compositor costumbrista y a la vez romántico. Alfredo Gutiérrez le grabó por primera vez en el año 67 Las vacaciones y, luego, Landys, un hermoso tema dedicado a quien era su esposa, con la sutileza de que el nombre va en el título sin mencionarlo en la letra. Después, casi todas las agrupaciones buscaron sus canciones.

No es raro que un hombre con tal riqueza musical sea también un virtuoso compositor. Lo maravilloso es que los versos de Las vacaciones, El jilguero (dedicada a Jorge Oñate), Mañanitas de invierno, la bellísima Indira y otras 50 composiciones grabadas por diferentes agrupaciones e intérpretes tengan el denominador común de la simplicidad idiomática y una sintaxis perfecta, poco frecuente en géneros folclóricos.

Emiliano grabó por primera vez en acetato de 33 La herencia, compuesta por él, tocando y cantando él mismo con el conjunto de Alfredo Gutiérrez. Después, con Jorge Oñate grabó el LP La parranda y la mujer. Con él se había presentado a concursar en aquel festival como cantante. Todos pensaron que ese sería el dúo del futuro del vallenato; pero Emiliano, todavía enojado después de perder, no definió, y Jorge armó tolda aparte con los hermanos López.
Esa vez ganó Calixto, pero Emiliano tocó mejor. El jurado respetó su trayectoria y su jerarquía musical, e impuso la popularidad de Ochoa, cuyo desempeño había sido magistral en todo caso. Pero Emilianito sabía que había sido superior y salió enojado, sin la corona que sus yemas ganaron. Fiel a su carácter de acero, nunca más concursó. Decidió que no sería rey vallenato con el acordeón. Luego fue rey de reyes, en la categoría de canción inédita, el cielo de los compositores. El porvenir fraguaría su reinado, porque hoy el mundo de la vallenatología sitúa a Emilianito en el cenit del imperio imaginario de los acordeoneros.

Inteligente sin culpa

Tomás Alfonso Zuleta nunca se amedrentó por la dura pobreza económica que padeció durante el primer tercio de su existencia. Una gran inteligencia y cierta astucia llena de gracia lo defendieron en la vida dura que le tocó vivir.
Los dos hermanos son polos de un mismo planeta: Emiliano, metódico; Poncho, repentista e improvisador. Emiliano, de pocas palabras; Poncho, locuaz y protagónico. Emiliano, estricto; Poncho, el rey del desenfado. Emiliano, de círculos pequeños; su hermano, epicentro de multitudes. El yin y el yang del vallenato.

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Cuando la vida apretaba duro, Emiliano se puso a estudiar. Poncho decidió que la música era su hábitat, agarró una guacharaca y empezó a tocar en las grabaciones de Oñate y los Hermanos López, quienes grabaron Mis viejos, su primera composición, en 1968. Más de 20 canciones grabadas dan cuenta de la prolificidad poética de Tomás Alfonso Zuleta Díaz.

Gustavo Gutiérrez Cabello había pronosticado: “Poncho está llamado a ser el sucesor de Escalona”. El augurio cedió ante una vida dedicada a cantar de pueblo en pueblo, de conciertos y compromisos internacionales, que da espacio a lo que aprendió de su autoproclamado padrino Rafael Escalona: las buenas relaciones con el alto poder.

Por eso entre sus allegados hay generales, magistrados, ministros, industriales, periodistas y personajes de la farándula, con quienes departe en un ejercicio espontáneo de relaciones públicas sin pausa. Pero su vena creativa dejó hermosos cantos que tejieron la admiración de sus prosélitos musicales, como Estelita González, Estudiante pobre, Luzmila, y su apoteósica Mi salvación, título con el que bautizó también la hacienda donde pasa temporadas y vuelve a ser el campesino feliz de antaño.

Zuleta tiene el organismo de un toro. Se baja en Cali de un bus que lo trae con el conjunto desde Pereira, canta toda la noche y, sin pereza, sale en el primer avión hacia Madrid a cantar donde un industrial con quien se había comprometido. “Nunca queda mal, es abundante y generoso en gestos con todos”, dice Álvaro Muñoz Peñalosa, su amigo de infancia y consejero, la persona más consagrada al ‘zuletismo’ como forma de vida, una secta de adeptos que lo rodean sin contraprestación distinta que celebrar las ocurrencias y el carisma arrollador del tenor villanuevero.

“Hay que proyectarse con altura”, les decía Escalona. Por eso, cuando volvió a Valledupar tras estudiar derecho en la Universidad Libre de Bogotá para hacer carrera con su voz, en vez de buscar una posada al alcance de su bolsillo, Poncho Zuleta se instaló en el flamante hotel Sicarare, el mejor de Valledupar, como adivinando el futuro. Cuarenta años después la fortuna ha sido suya, hoy es un empresario con posibilidades jamás imaginadas en las vicisitudes de su juventud.

Sentarse a parrandear con Poncho en sus casas –en Valledupar tiene cuatro– es asistir al privilegio de su encanto único. Del joven que subsistía en la escasez cotidiana nada queda; las viandas y el Old Parr corren como un río al lado del juglar, y los acompañantes asisten a un derroche de humor vernáculo pleno de historias, graciosas unas y dramáticas otras, narradas con el verbo florido y deliberadamente arcaico de Zuleta, quien deja de ser cantante para volverse un anfitrión que no cede el protagonismo y deleita a quienes estén, llenándolos de razones para atesorar cada tenida como un episodio imborrable.

Poncho es ocurrente, pícaro, lisonjero, y alterna sus gracejos con canciones a capela. Si se emociona, improvisa; y con músicos, entabla piquerias de parranda en las que versea y muestra por qué sus allegados lamentan que haya dejado de componer. Su rica inteligencia lírica suelta estrofas geniales que todos admiran. Él lo explica en tono humilde: “Los Zuleta somos inteligentes sin culpa”, y suelta una carcajada burlona mientras sus ojitos negros zigzaguean de lado a lado con picardía...

Del ostracismo a la gloria

Ser hijos de una gloria nacional como Emiliano Zuleta Baquero era en sí un difícil parámetro por superar para destacarse en el ámbito musical, pero es útil notar que la vida de los hijos de Carmen Díaz surca una parábola simultánea a la del vallenato, Emilianito nació en 1944, Poncho en el 48; cuando ellos nacieron, el vallenato era un aire musical no catalogado y sin denominación, considerado una vulgaridad sonora. Los cantantes, guitarristas, gaiteros y acordeonistas que lo interpretaban vivían de la vaquería, el contrabando o cualquier cosa, porque su arte simplemente no lo era, y nadie pagaba por oír ordinarieces en ningún salón.

(Lea aquí: El Festival de la Leyenda Vallenata premiará la mejor parranda)

El tiempo y las manos maestras de varios líderes culturales cambiaron la historia, hasta el esplendor de nuestros días, cuando, tal como lo vaticinara López Michelsen en una columna que consideraron un planteamiento exótico, predijo que los músicos vallenatos llegarían a ser la cumbre de la escala socioeconómica y el patrón que imitaría la juventud. Los Zuleta son coautores de esa revolución musical.

Sin embargo, aunque en 100 años de evolución los protagonistas del folclor se han codeado con el poder hasta volverse parte de él, también han coexistido durante épocas complejas con marimberos, traquetos, guerrilleros, paramilitares y ladrones de cuello blanco. Por eso, cuando un Presidente quiso una parranda típica en Valledupar, pensaron en alguien no contaminado y la conclusión fue que la parranda debía ser en casa de Poncho Zuleta. César Gaviria tuvo su parranda, pero ese día marcó el fin del paradigma según el cual los músicos iban donde los dirigentes para entretener a sus invitados. La parranda de Poncho para el Presidente de la República determinó la nueva jerarquía de los músicos frente al gran poder.

Los Zuleta han protagonizado la historia del vallenato tocando, cantando y coexistiendo con todo. No sucumbir a la tentación del dinero fácil habla de sus valores y formación, pero sobre todo revela el claro sentido de los hermanos sobre la dimensión de su importancia simbólica en el medio cultural.

Poncho y Emiliano han recibido más de 35 Congos de Oro en el Carnaval de Barranquilla, desde cuando esa ciudad les abrazó bajo el influjo musical de Mi canto sentimental, su tercer álbum. También fueron los primeros del mundo vallenato en ganar un Grammy, que recibió solo Emiliano, porque Poncho, fiel a sus modos, llegó tarde a la ceremonia por estar comprando souvenirs del mismo Grammy para llevar a sus allegados en Valledupar.

Los Zuleta son una dinastía cultural en el sentido exacto de la expresión, porque su pertenencia a la música y el folclor costumbrista es natural, silvestre, ausente de escuela, se transmite de generación en generación, y su estilo es un distintivo inconfundible que hace que ellos mismos –todos los Zuleta– sean una Escuela. Lo son de Juglaría, porque entre ellos hay compositores, poetas, cantantes, acordeonistas, cuenteros, y cada uno es un personaje incomparable lleno de matices humanos propios de una forma de ser que solo brota en esa singularidad idiosincrática de las provincias de Padilla y Valledupar que inmortalizó García Márquez bajo el rótulo de ‘realismo mágico’. Y sí. Los Zuleta son reales, pero son mágicos también.

Cuando Emiliano, juicioso y aplicado, ganó una beca en 1964 para estudiar en Tunja, se llevó a Poncho a estudiar con él. Pero ni el frío ni las gélidas maneras de los boyacenses de entonces lograron sedimentar el espíritu parrandero de los vástagos del ‘viejo Mile’; los dos estudiaban, pero a cada rato Emilianito sacaba el acordeón y dictaba clases de parranda a los compañeros y amigos ocasionales de Tunja. Poncho empezó a cantar para acompañar y completar el conjunto en caja o guacharaca, y así, en Tunja, a mediados de los 60, acompañando a su hermano empezó a formarse el cantante al que luego llamarían el ‘Pulmón de Oro’ del vallenato.

El rey de Estocolmo

Poncho es el epicentro de sus amigos donde esté, pero no ejerce de jefe; su trato es jocoso y sencillo, como siempre; tiene amigos entrañables a los que hace y permite bromas, y a veces le maman gallo. Uno de ellos es Pablo López, un ser superior como compañero de parranda y cajero. Él es un juglar en todo sentido, y puede ser más burlón que Poncho porque es igual de inteligente a él. Del viaje a Suecia para recibir el Nobel de Gabo en 1982, tras la minuciosa selección –con exclusiones y todo– que hizo Escalona de la comitiva vallenata, Pablo trajo la historia de Poncho con el rey en Estocolmo...

Al día siguiente de la llegada al Grand Hotel, donde sucedían en parte las ceremonias, los miembros del conjunto vallenato quedaron impresionados por un caballero de gran estatura y ojos azules, finamente ataviado con galones, charreteras, insignias y cordones de oro en una impecable casaca azul, al que rodeaba una multitud en la entrada. “El rey de Suecia”, dijo alguien, y Poncho, raudo, se apresuró a pedir mediante rebuscadas señas al espigado caballero que se tomara unas fotos con él. Pablo, avergonzado con la osadía de Zuleta, se mantuvo a distancia como los demás; “Yo pensé ‘qué pena con el rey, interrumpilo pa’ una foto’. Pero en el fondo todos quedamos envidiosos, pensando que al volvé al valle, el único que mostraría foto con el rey de Suecia sería Poncho”.

Al día siguiente, en la tarde, mientras salían para la ceremonia con la Cacica y Escalona, Pablo alcanzó a ver, en el tranvía que les pasó enfrente, una silueta familiar, que colgaba con medio cuerpo afuera, agarrado de una manija interna mientras el viento movía la cola de su abrigo azul.

“Ve, Poncho, ¿y ese que va guindao del tranvía no es el rey?”. Todos voltearon, y la Cacica dijo sonriendo: “Qué rey ni qué rey, ese es el botones del Grand Hotel”. Pablo miró a Poncho y casi sin poder articular palabra, desternillado de risa, le dijo: “Ya te veré rompiendo las fotos con el portero! ¡Ahí va colgao tu rey!”.

SERGIO ARAÚJO CASTRO
Especial para EL TIEMPO
@sergioaraujoc

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