La radiación: el enemigo invisible de Chernóbil

La radiación: el enemigo invisible de Chernóbil

Segunda entrega sobre el accidente de hace 30 años, que dejó una vasta zona deshabitada.

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25 de abril 2016 , 09:12 p.m.

Aunque un satélite de reconocimiento de los Estados Unidos había identificado la anomalía en la planta nuclear de Chernóbil apenas unas horas después del accidente, solo hasta el 10 de mayo el gobierno de la Unión Soviética publicó un informe detallado sobre lo ocurrido. Para entonces ya se registraban aumentos en los niveles de radiación desde Canadá hasta Japón. (Lea la primera parte de esta entrega: Así fue el comienzo de la catástrofe en Chernóbil)

En Kiev, la capital de Ucrania, a poco más de 100 kilómetros de Chernóbil, se reportaba una relativa calma aunque las autoridades insistían en que los ciudadanos debían mantenerse en sus casas con las ventanas cerradas.

Mientras tanto, el magma radiactivo perforaba el piso del reactor número 4 y se acercaba peligrosamente al sótano, inundado con el agua vertida por los bomberos y acumulada por la ruptura de las tuberías. El contacto de este líquido ardiente con el agua podría producir una gran explosión de vapor, que liberaría una cantidad aún mayor de material radioactivo en la atmósfera.

La tragedia fue temporalmente conjurada por tres voluntarios que, buceando en total oscuridad bajo el reactor, lograron abrir las esclusas de desagüe del sótano. En las semanas siguientes, mientras los buzos sucumbieron ante los efectos de la radiación, casi 10 mil mineros llegaron a Chernóbil para excavar un túnel bajo la central nuclear y construir una habitación debajo del reactor en donde se instalaría un sistema de enfriamiento para estabilizarlo y aislarlo de los depósitos de agua subterráneos.

En menos de un mes y cuatro días, los mineros cavaron un túnel de más de 150 metros de largo, un trabajo que, en circunstancias normales, tomaría más de tres meses. Pero ante la urgencia, el espacio bajo el reactor apenas fue llenado con cemento.

Los mineros eran la vanguardia de lo que se habían convertido en una movilización nacional que llevaría a más de 500 mil personas provenientes de todas las repúblicas soviéticas hasta Chernóbil para minimizar las consecuencias del desastre nuclear. Entre ellos había bomberos, obreros, científicos, técnicos nucleares, tropas preparadas para la guerra atómica, ingenieros de minas y geólogos. A estos hombres, en su mayoría voluntarios, es a quienes se conoce como liquidadores.

Elena Kupriyanova, de 42 años, muestra el apartamento qur tuvo que evacuar tras el desastre en Chernóbil. REUTERS

Para trabajar en la zona contaminada alrededor de la planta, el personal rotaba al alcanzar una dosis máxima de exposición a la radiactividad. Los vehículos de construcción utilizados para mover el material eran reforzados con gruesas placas de plomo. Aun así, los circuitos de los robots utilizados para limpiar las áreas más contaminadas fallaban rápidamente por el efecto de la radiación ionizante y, eventualmente, fueron remplazados por más de 50 mil biorobots, trabajadores que protegidos por máscaras y cubiertos con armaduras de plomo removían escombros contaminados en turnos de menos de un minuto, el tiempo justo para evitar la exposición a una dosis letal de radiactividad.

Para diciembre de 1986, los trabajadores habían construido un ‘sarcófago’ de concreto y acero de 66 metros de alto y 170 metros de largo. En ese momento se declaró que la emergencia estaba controlada. Esta estructura aún contiene los más de 740 metros cúbicos de piezas contaminadas por el reactor número 4, pero su colapso significó el inicio de una nueva catástrofe. Un sarcófago aun mayor se encuentra en construcción y espera ser instalado a finales del próximo año.

En estos momentos, una persona sana no moriría al entrar en la zona de Chernóbil, pero bastan apenas unas horas para experimentar náuseas y recibir dosis de radiación que reducen la esperanza de vida.

Las 187 comunidades en un radio de 30 kilómetros alrededor de la planta nuclear aún permanecen abandonadas. El costo político y económico de la tragedia se cuenta entre las causas del colapso de la Unión Soviética apenas unos años después de la explosión.

Hasta la fecha, se reportan más de 4 mil personas víctimas del accidente, pero estas cifras no incluyen el aumento en la tasa de mortalidad de recién nacidos ni el incremento en los casos de cáncer de tiroides entre la población infantil. Tampoco incluyen los profundos y generalizados daños psicológicos en la población ni los neurológicos o las mutaciones causadas por la exposición a la radioactividad.

Como brillantemente lo expone la Nobel de Literatura Svetlana Alexievich –quien fue la invitada central de la Feria del Libro de Bogotá-, la verdadera dimensión de la tragedia de Chernóbil no se puede comprender en el número de víctimas sino en el testimonio de sus sobrevivientes.

JUAN DIEGO SOLER
Investigador del Servicio de Astrofísica de la Comisaría de Energía Atómica y Energías Alternativas (Francia).
@juandiegosoler

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