Una guerra diferente que está lejos de terminar

Una guerra diferente que está lejos de terminar

Un enemigo silencioso que pese a los años sigue dejando víctimas en Ucrania y Bielorrusia.

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25 de abril 2016 , 03:00 p.m.

El 26 de abril de 1986, los habitantes de los pueblos y ciudades cercanas a la planta nuclear de Chernóbil empezaron una guerra, pero esta vez el conflicto de estos habitantes de la entonces Unión Soviética era contra un enemigo desconocido e invencible. (Ver galería: el regreso a Chernóbil: las víctimas recorren el lugar de la tragedia, 30 años después)

Pobladores de Bielorrusia y Ucrania, personas acostumbradas a la lucha armada, muchas de ellas sobrevivientes de la guerra contra Alemania, se vieron enfrentadas a un combate desigual. A un enemigo del que poco o nada sabían y al que no le podían disparar: la radiación. (Vea en imágenes: El regreso a Chernóbil: las víctimas recorren el lugar de la tragedia, 30 años después)

Este nuevo enemigo no solo estuvo presente tras la explosión sino que ha acompañado a estos pobladores durante estos 30 años y seguirá manifestándose durante mucho tiempo más, tantos años que ninguno de nosotros vivirá cuando estas zonas vuelvan a ser habitables.

Bielorrusia fue el país más afectado. El desastre nuclear dejó un número de víctimas y de destrucción parecido al que dejaron los nazis alemanes en su paso por la Gran Guerra Patria. Después de Chernóbil, este país perdió 485 pueblos, 70 de ellos quedaron sepultados bajo tierra para siempre. Adicional, de los 10 millones de habitantes 2’100.000 viven en zonas contaminadas, de ellos 700.000 son niños. Y en regiones como Gómel y Moguiliov, las más afectadas por el accidente, la mortalidad ha superado a la natalidad en un 20 por ciento.

Oficialmente, el desastre de Chernóbil afectó a las vidas de unas 600.000 personas. Los documentos oficiales dividen las víctimas de la radiación en varias categorías. Por ejemplo, el grupo más grande es el de los 200-240 mil liquidadores. Con este nombre fueron bautizados los voluntarios, equipos de rescate y soldados que se encargaron de los trabajos de descontaminación. Los encargados de ‘liquidar’ los efectos de la radiación. Por otra parte, está el grupo de cerca de 116 mil habitantes de las zonas contaminadas cerca de Chernóbil. Otras 220 mil personas fueron evacuadas después de los territorios contaminados de Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Sin embargo, alrededor de 5 millones de personas siguen viviendo en las zonas contaminadas actualmente.

A propósito de este accidente, la escritora Svetlana Alexiévich publicó en 1997 el libro ‘Voces de Chernóbil’, en el cual recoge testimonios de algunos de los pobladores que sufrieron las consecuencias de la radiación. A continuación incluimos algunas de estas palabras y sumamos otros testimonios de las víctimas de este enemigo invisible, de las víctimas de Chernóbil.

Liudmila Ignatenko, esposa del fallecido Vasili Ignatenko, uno de los primeros bomberos en llegar a la planta de Chernóbil tras la explosión y el posterior incendio, relata los últimos días de su esposo. Esos 14 tortuosos días en los cuales Vasili cambió drásticamente y en cada segundo iba dejando de ser el que era. En uno de sus apartes Liudmila detalla este cambio de manera brutal:

“Él empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia fuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas… Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas…, como si fueran unas películas blancas… El color de la cara, y el del cuerpo…, azul…, rojo…, de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido! ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!...

Las víctimas que sobrevivieron a esta explosión no solo perdieron familiares, mascotas y tierras… Chernóbil destruyó el pasado y la fe en el futuro. Así lo confiesa Piotr S., un sicólogo que vivió el desastre.

“Pero he viajado a la zona de Chernóbil. Ya había estado muchas veces. Y allí he comprendido que me veo impotente. Que no comprendo. Y me estoy destruyendo con esta incapacidad de comprender. Porque no reconozco este mudo, un mundo en el que todo ha cambiado. Hasta el mal es distinto. El pasado ya no me protege. No me tranquiliza. Ya no hay respuestas en el pasado. Antes siempre las había, pero hoy no las hay. A mí me destruye el futuro, no el pasado”.

Mirando documentales, leyendo testimonios y releyendo el libro de Svetlana, hay un tema que no deja de sorprender: el sentido del deber de estos ciudadanos soviéticos. Ellos creían en su gobierno y estaban dispuestos a dar su vida, como algunos lo hicieron, por el comunismo. La mayoría de liquidadores fueron voluntarios, y muchos de ellos estuvieron en las zonas de más alta concentración de radiación en más de una ocasión.

“Un rasgo… a modo de muestra, digamos… sobre cómo éramos entonces… Durante aquellos primeros días, la población experimentaba no solo miedo, sino entusiasmo.

Yo soy una persona que no sabe lo que es el instinto de conservación. Pero sí tengo un desarrollado sentido del deber. Y gente así entonces había mucha, no era solo yo.

Pues bien, sobre mi mesa tenía decenas de peticiones que decían: Solicito que me manden a Chernóbil. De voluntarios. La gente estaba dispuesta a sacrificarse, sin pensarlo dos veces, ni pedir nada a cambio”.

Esto asegura Vladimir Matvéyevich Ivanov, ex primer secretario del Comité Regional del Partido de Slávgorod.

El libro de la premio Nobel está lleno de dramáticos testimonios, pero tal vez uno de los apartes más duros es el llamado ‘Coro de niños’, acá una serie de menores entre los 9 y los 16 años cuentan su experiencia tras la explosión.

EFE

El capítulo comienza con esta declaración:

“Estaba en el hospital. Y sentía tanto dolor que le pedí a mi mamá: ¡Mamita, no puedo más! ¡Es mejor que me mates!”

Estas palabras condensan todo el sufrimiento y todo el dolor que vivieron los habitantes de la zona afectada. Sufrimiento que también se ve reflejada en las palabras de este otro niño:

“Mi mejor amigo se llamaba Andréi. Le han hecho dos operaciones y lo han mandado a casa. Al medio año le esperaba una tercera operación. El chico se colgó con su cinturón. En la clase vacía, cuando todos se fueron a hacer gimnasia. Los médicos le habían prohibido correr y saltar. Y él se consideraba el mejor futbolista de la escuela. Hasta… Hasta la operación”.

En el documental presentado por el canal Cuatro de España al conmemorarse los 25 años de la tragedia se encuentran estas declaraciones de personas que convivieron con la radicación:

“En el año 1987 mis piernas empezaron a ponerse negras y se me cayeron los dientes. No perdí todos los dientes a la vez, se estaban moviendo y después los tocaba con la lengua y se caían uno por uno, sin dolor y sin nada”, Nicolai Lebedev, liquidador

“Bebíamos agua con yodo, nos daban unos polvos especiales con agua mineral. Nos salía sangre por la boca y por la nariz porque se te subía la presión sanguínea”, Vasyl Kuchay, liquidador.

“Ya llevo dos operaciones y no iré a una tercera, ¿para qué? Me quitan un tumor y vuelve a crecer, es por Chernóbil”, Vasily Vorobiov, liquidador de 1986 a 1990.

En otro documental, este presentado por el canal Discovery Channel, 20 años después de la explosión, se recogen testimonios de varios protagonistas, entre ellos el de Mijail Gorbachov:

“La primera información habló de accidente y fuego, no decía nada acerca de una explosión. Al principio me dijeron que no hubo ninguna explosión, las consecuencias de esa información falsa fueron muy dramáticas”. “Recibí la información de que el reactor 4 estaba totalmente a salvo, que incluso se podría erigir en la Plaza Roja”.

También encontramos en este documental estas dos declaraciones que queremos destacar:

Natalia Nadejina, doctora en medicina nuclear: “Psicológicamente era muy difícil verlos llegar a la clínica los traían directamente del aeropuerto. Casi todos ellos eran jóvenes, llegaban durante el periodo de latencia, se sentían bien, todos estaban vestidos igual con el mismo pijama, todos hacían bromas, pero nosotros sabíamos que muchos de ellos morirían. 27 de ellos murieron muy rápido, todos habían recibido enormes dosis de radiación y estaban sufriendo de quemaduras letales”.

Igor Kostin, fotógrafo: “Fue peor que una guerra, no podíamos ver al enemigo, en una guerra es posible ver los cañones, las ametralladoras, los tanques, aquí no ves nada. La radiación está por todas partes, te atraviesa, te penetra y solo sientes los efectos tiempo después, a veces años después, es aterrorizante”.

Si uno mira las cifras oficiales de muertos es baja comparada con otros desastres naturales o con las guerras del siglo XX: 31 personas murieron los días siguientes de la explosión. Sin embargo, este accidente nuclear dejó secuelas que nunca se podrán medir. Los casos de cáncer se multiplicaron, al igual que otras enfermedades y las malformaciones en niños aumentaron de manera exponencial. Adicional, una gran parte del territorio quedó inhabitable y las pérdidas económicas siguen creciendo. Chernóbil quedará por siempre en las personas que lo vivieron y en las futuras generaciones:

“Ahora, Chernóbil está cada día con nosotros. Un día murió de pronto una joven embarazada. Sin diagnóstico alguno. Una niña se ahorcó. De la quinta clase. Sin más ni más. Una niña pequeña. Y el mismo diagnóstico para todos; todos dicen: Chernóbil”, así lo resume Nina Konstantínovna, profesora de literatura.

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