Prince, siempre más allá de su tiempo

Prince, siempre más allá de su tiempo

La influencia de este artista marcó cada una de las últimas cuatro décadas de la música negra.

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23 de abril 2016 , 10:58 p.m.

Las últimas generaciones no tienen por qué saber quién era Prince. Ni de sus discos, su importancia o su influencia. Quienes lo escucharon de primera mano, entre 1982 y los inicios de los 90, seguro también le perdieron la pista. No tendrían por qué haberlo seguido: Prince abandonó entonces todo vínculo formal con los paradigmas de la industria discográfica.

Se antojó de ser un rebelde, con causa o sin ella, sin importarle la exposición, el acceso o no a su música. A mediados de los 90 se enfrentó con su discográfica, Warner. Los martirizó. Cambió su nombre por un símbolo y, como protesta, sus últimos discos para la legendaria compañía no pasaron de ser un puñado de canciones que parecían relleno. El año pasado ordenó bajar sus canciones de las plataformas musicales de ‘streaming’. No estaba de acuerdo con el sistema y sus formas de retribución.

Fue lo que fue gracias a un concierto de James Brown al que lo llevó su padrastro. Tenía 10 u 11 años de edad. Autodidacta, aprendió a tocar un par de docenas de instrumentos y pareció nunca olvidar al gran Padrino del Soul. Después de Brown, no hay una figura en la música negra con tal capacidad de exploración, riesgo, creatividad, innovación y eclecticismo como la que tuvo Prince.

En ese mundo musical cambiante de los 80 –MTV, grabaciones digitales, advenimiento del CD y la evolución de los sintetizadores, secuenciadores y baterías programadas–, el aporte sistemático de Prince en cada uno de sus discos fue impresionante. No obstante su vertiginoso eclecticismo, no importaba si sus canciones en un mismo disco abordaban distintos horizontes. Siempre hubo una suma de sonidos, matices, texturas, atmósferas que se condensaban en cada uno de ellos como un cuerpo sólido.

Con la excepcional condición que puso a Warner (cuando firmó en 1977) de que él mismo produciría sus discos, Prince estableció todo un imperio musical desde su centro de operaciones conocido como Paisley Park, en Minneapolis.

Del divertido ‘funk’ pop de sus primeros dos álbumes pasó a la elocuencia de ‘Dirty Mind’ (1980), obra maestra salpicada con temáticas explícitamente sexuales, ‘funk’ robótico, baladas ‘soul’ y guitarras roqueras, anticipo maravilloso de lo que dos años más tarde evidenció en su álbum 1999. Con título futurista, como su música, Prince construyó casi que exclusivamente en sintetizadores una amalgama de matices ‘electrofunk’, muy a la par de lo que hacía Afrika Bambataa y que sería influencia innegable en la consolidación del rap.

Esa fue la base. En adelante, el genio construyó su legado alimentando lo que plasmó en esos primeros discos.

Cierto es que ‘Purple Rain’ fue su álbum más popular, el que lo llevó a la cima, con sus 24 semanas continuas en el número uno de las ventas en Estados Unidos en 1984. Pero este, que si bien brilla con luz propia y fue el soporte musical de esa película seudobiográfica del mismo título, fue la consolidación sustancial de ese pasado. Llamarlo madurez puede ser lo lógico. Fue comparado con Jimi Hendrix gracias a los desbordantes y afilados solos de guitarra en el final de sus temas ‘Let’s Go Crazy’ y ‘Purple Rain’, pero eso era tan solo la exposición de su talento infinito.

Hay cuatro momentos vitales desde los discos de Prince que marcan su mejor influencia. La primera, en la mencionada tripleta de ‘Dirty Mind’, 1999 y ‘Purple Rain’ en la primera mitad de los 80. La segunda, con el doble ‘Sign O’ The Times’ (1987), en solitario y sin su banda The Revolution, una síntesis mágica de su carrera, diverso, con matices psicodélicos, tonos roqueros, ‘funk’ fuerte, baladas soul, góspel, ‘blues’ y abordando temáticas sociales (sida, drogas, familia, violencia).

En tercer lugar, la dupleta de discos con su nueva banda New Power Generation: ‘Diamonds & Pearls’ (1991) y ‘The Love Symbol Album’ (1992), en una nueva dimensión, con un Prince más urbano, consistente, sumando ambientes de jazz ‘funk’ y, por primera vez, permeándose con elementos del ‘hip hop’.

La cuarta, en algo más de una década con ‘Musicology’ (2004) y 3121 (2006) y en los que abordó una propuesta musical sólida, de canciones atractivas, con su mejor R&B en muchos años.

El crítico Stephen Thomas Erlewine comentaba que “Prince empezó a decaer poco después de liberarse de Warner en 1995, abandonando el ‘mainstream’ para seguir sus caprichos y lo que le gustaba. Significa que empezó a hacer discos para él y para nadie más, bien fuera en esos discos triples de material nuevo o en un álbum de jazz instrumental, lo que en el corto plazo dejó a sus fanáticos en nada, aunque ellos aún tenían paciencia frente a sus payasadas, como la de hacer su propio ‘fanzine’ a finales de los 90”.

Sensación similar queda del Prince de los últimos años, produciendo discos de manera continua, pero sin mayor fortuna que la de un cúmulo de canciones siempre en lo mismo, sin que por ello demerite sus intactos talento y creatividad, y gestadas desde su fortín de Paisley Park, donde seguramente se esconden innumerables tesoros musicales que guardó.

Nos queda ese vacío propio del que se va y pareciera debernos algo. Pero lejos de cualquier sensación, Prince fue el más grande de los artistas de la música negra de las últimas cuatro décadas (sí, por encima de Michael Jackson, que está en otro plano). Ninguno como él tuvo la habilidad, la capacidad y el eclecticismo para desarrollar una propuesta musical tan vasta, rica, variada y de avanzada, fusionando de manera tan excepcional ‘rhythm and blues’, ‘soul’, ‘funk’, rock, ‘folk’ y pop.

El Sonido de Minneapolis

En sus comienzos, Prince creó el Sonido de Minneapolis. Janet Jackson no hubiera sido lo que fue si ese sonido no existiera, pues él mismo les enseñó a sus productores, Jimmi Jam y Terry Lewis. Fue evidente que su música estaba en otro nivel y más allá de su tiempo. Bastaría con lo que hizo en los 80 para sellar su importancia en la historia de la música. Prince desplegó una gran habilidad para crear un sonido auténtico, una marca registrada e indeleble hasta el último de sus discos. En los 90 encontró uno más crudo y denso, con su banda New Power Generation.

DANIEL CASAS
Especial para EL TIEMPO

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