Cervantes, el héroe de la fe

Cervantes, el héroe de la fe

Justamente este sábado, el genio de la literatura cumple 400 años de fallecido.

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22 de abril 2016 , 10:26 p.m.

Existen, a más de los héroes históricos que tuvieron existencia real y por un momento movieron el timón del mundo, otros héroes de la fantasía, criaturas del ingenio humano que, saliendo de los libros, surgiendo en la floresta de los versos, alzándose de las prosas maestras, ejercieron siempre sobre los hombres una singular fascinación: Hamlet, Fausto, Segismundo, Celestino, don Juan, don Quijote.

Y estos héroes, a pesar de estar construidos apenas de sustancia poética, apenas con el humo de los sueños y el vaho de las palabras, llegaron a adquirir una formidable consistencia, una especie de evidente moverse y existir, casi independiente de los libros que los narran y de los genios que los inventaron. Así, nos parece que don Juan, por ejemplo, sobre los hombros flotante la capa escarlata, la pluma temblándole sobre el birrete, los ojos en llamas y la boca sedienta, posee más fuerza de realidad humana, de veraz existencia que, por ejemplo, Alejandro Magno o el galo Vercingetorix.

En especial, los héroes de la fantasía española son dueños de una profunda densidad humana. El Cid cabalgando sobre la pista anónima de los romances, don Melón de la Huerta, doña Endrina y la Trotaconventos en el habla sustancial del Arcipreste; la Celestina en el denso y poético lenguaje de Fernando de Rojas; don Quijote y Sancho entre la maravilla de la prosa cervantina; don Pedro Crespo, el nebuloso príncipe Segismundo, toda la muchedumbre que habita en los escenarios del glorioso teatro nacional de España; todos, aunque a veces los circunde un gentil aire de fábula, o una dorada atmósfera de gracia y poesía, todos son “hombres de carne y hueso”, hombres que sufren, aman, esperan, sueñan como hombres. Este carácter realista, no reñido, sin embargo, con la poesía, de las letras españolas ha sido abundantemente observado y comentado. Y constituye una línea singular y peculiar en la fisonomía del genio español.

II

Hamlet, don Quijote, don Juan. El insigne y penetrante asturiano Ramón Pérez de Ayala ha escrito que esos tres nombres podrían constituir un triángulo ideal dentro del cual se inscribiera, en toda su riqueza, contradicción y complejidad, la varia condición de lo humano. Según la tesis de Ayala, don Juan significa sensualidad, la gloria y avidez de los sentidos, la ambición de la fama turbia y equívoca; es un jocundo centauro pasional, es el hombre que quiere romper los límites; es el borbotar elemental de la sangre; por eso es un plebeyo. Don Quijote significa el corazón y las virtudes que él implica: la generosidad, la bondad, la pasión por la justicia y la poesía, la ambición de inmortalidad, el platónico, desasido amor de la mujer, el deseo de la fama pulcra y honesta; por eso es un hijodalgo. Hamlet representa la inteligencia que todo lo crea y todo lo destruye, la inteligencia que examina, duda y finalmente se desespera. Hamlet se pasea, príncipe de la duda y de la melancolía, por el castillo de Elsinor, esparciendo en torno suyo la muerte y muriendo él mismo finalmente porque no puede creer. Por eso Hamlet es un príncipe.

Pero don Quijote es, sobre todas las cosas, la fe. La fe en Dios, en la mujer, en los hombres, en el mundo. La fe en verdades, bellezas, bondades y virtudes. La fe triunfante a pesar de todo. La fe que se defiende a brazo partido así la cerquen la fealdad y la injusticia, la traición, la deslealtad y la perfidia. La fe que se sobrepone, incluso a la irrefutable realidad circundante, al burdo y descaecido acontecer y crea, como emanación de lo real, una mágica sobrerrealidad que pueda darle sentido y hermosura a la existencia. Don Quijote es la fe que transporta las montañas, que vuelve a crear el mundo, que convierte los molinos en gigantes, que hace de las dueñas y las zafias campesinas estilizadas princesas y damas de alcurnia, la que ve en la bacía del barbero el yelmo de Mambrino y mira en la desapacible venta caminera, castillo señorial y torreado. Don Quijote es, pues, el héroe de la fe. Y el libro de Cervantes, una epopeya de la fe.

III

Valbuena Prat hace girar su penetrante teoría en torno al Quijote en lo que llama la dualidad gigantes-molinos. He aquí su textual exposición: “El ambiente: La Mancha, su soledad, su pobreza, la estepa inmensa, a la luz de la mañana. Unos cuantos molinos de viento, y la mirada de los dos personajes del libro. La dualidad gigante-molinos definirá para siempre el carácter de las dos figuras. Sancho, su sentido de las cosas, de la apariencia fácil de las cosas, será la voz de la realidad –llamémosla así–: “Mire vuestra merced que aquellos que allí se parecen, no son gigantes sino molinos de viento y lo que en ellos parecen brazos son las aspas que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino”. Aquellos que allí se parecen, esto es la apariencia, la impresión, que captará Sancho ahora y siempre. Don Quijote dirá profundamente, diferenciando su mundo de acción del pasivo contemplativo, que su época sustituía a los tiempos heroicos del emperador: “Ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración”. Después, la acometida, el fracaso; la palabra de cariñosa reconvención del escudero. Pero el mundo quijotesco queda incólume. “Calla, amigo Sancho... que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más que yo pienso y es así verdad que aquel sabio Frestón, que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento”. Quedan definidos los dos mundos, los dos planos –ideal-real– que seguirán llenando el libro de densos y complejos problemas del pensamiento en su época”.
Cervantes ha planteado, ya desde su siglo, uno de los problemas más apasionantes de la filosofía contemporánea. Y ha enunciado, tácitamente, además, una cuestión estética de vastísima trascendencia; detrás de las apariencias, de la vana epidermis cotidiana del mundo, existe algo más verdadero y consolador. Sobre esta institución se funda, en gran parte, el arte moderno. El dramatismo del Quijote reside, precisamente, en esa oposición entre lo conocido y lo imaginado, entre lo vivido y lo soñado, entre las realidades y los deseos. Y cuando lloramos por don Quijote y sus desventuras lloramos también por ese mundo del alma, más hermoso y más puro, que casi siempre se nos va de entre las manos.

IV

La España del siglo XVI puede dividirse en dos grandes segmentos históricos. El primero está habitado por la gloria y aventura del emperador Carlos V; el segundo, por la taciturna y lúcida política del prudente rey don Felipe. El tiempo del emperador es un tiempo cosmopolita y renacentista, España abre sus ventanas sobre Europa. Viene de Italia un viento jovial y sensual que apresura los pulsos y se pone a cantar en los corazones que la ambición y el idealismo espolean. España se desborda y se vierte sobre Europa y sobre el nuevo mundo fragante que amanecía tras la ignota línea del océano. España se convierte en el caballero andante de la cristiandad, en brazo diestro de la fe romana. Los viejos burgos alemanes, las claras villas francesas, las historiadas ciudades de Flandes, las rutilantes ciudades italianas vieron cruzar el vivo friso de los jinetes españoles entre un espejeo de corazas y un rafagueo de banderas. Cervantes es un caballero del emperador. Un soldado de España con todas las implicaciones de esta expresión en el siglo XVI. Combatió a Lepanto recibiendo una insigne herida en la siniestra mano para la gloria de la diestra. Anduvo con su tercio por Italia. Vio hundirse muchas veces la medialuna en las olas mediterráneas. Fue un heroico cautivo en Argel. Su biografía se halla tan colmada de fantásticas peripecias como una novela de caballería. Y su mentalidad es la de uno soldado de la época imperial. Cuando regresa a España, el rey Felipe había cerrado las ventanas sobre Europa. Encuentra entonces un pueblo enclaustrado, meditativo, vuelto hacia Dios. Los caballeros han sido reemplazados por los burócratas. Los capitanes, por los sombríos intrigantes. El soldado de Lepanto se hallaba fuera de lugar. Había terminado la grande aventura caballeresca. El caballero andante regresaba derrotado a su casa. El olor de la fábula se había evaporado. Cervantes, tres veces fracasado, como héroe militar, como galán y como poeta, se encierra en su nostalgia y crea un héroe a quien cargarle a un tiempo sueños de gloria y sus descalabros. Todo esto lo ha visto Ramiro de Maeztu en el más agudo ensayo que hayamos leído sobre el Quijote. El Quijote es la estilización de la patética vida de Cervantes y expresa en un plano ideal la situación espiritual del pueblo español en 1600, ya de regreso de muchas fantasías y caballerías. El humorismo del Quijote, su carácter de caricatura trascendental, opina Maeztu, se debe a que Cervantes injerta en el corazón de un viejo juveniles sueños de amor, lo que convierte a don Quijote en una especie de Romeo cincuentón; y al hecho tragicómico de que un viejo débil y alucinado pretenda hablar y obrar como un hombre en la plenitud de sus arrestos juveniles (Maeztu).

V

Es en un pueblo de Castilla como cualquiera de los que ha dibujado el maestro Azorín con su ocre pincel. En la sala del mesón, un hombre medita con la cabeza entre las manos. Tiene el cabello gris y el rostro melancólico. Este hombre mira a los niños que juegan en torno a la vieja fuente de piedra y a los solemnes hidalgos enlutados que se pasean bajo los soportales. Este hombre es un escritor casi desconocido de sus contemporáneos, “de rostro, aguileño... las barbas de plata que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies, perdió la mano izquierda para más gloria de la diestra en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados ni esperan ver los venideros, combatiendo debajo de las victoriosas banderas del hijo del Rayo de la guerra Carlos V de felice memoria...”, este hombre ejerce el oficio antipático, a veces inhumano, de recaudador de impuestos. Este hombre evoca los días gloriosos en que la mañana se alzaba sobre los clarines y las banderas de Carlos V; evoca sus juveniles sueños de poesía de amor, de fama de dinero. Ahora está solo, pobre, triste, viejo y cansado. Toma la pluma y continúa escribiendo las descomunales hazañas del Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha. A lo lejos cantan los niños y la tarde cae de las campanas.

Parda y desabrida /La Mancha se hunde /en la noche fría...

EDUARDO CARRANZA*
* EL TIEMPO, 23 de abril de 1944. 

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