Las alas del 'capi' Arjona hoy surcan cielos eternos

Las alas del 'capi' Arjona hoy surcan cielos eternos

Creó Alas para la Gente, organización que traslada brigadas de salud a zonas vulnerables del país.

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22 de abril 2016 , 10:23 p.m.

Al final de sus días se comunicaba a través de chat y un computador portátil. Con el ordenador transformaba sus escritos en voz audible, pues en 2015 perdió el habla por efecto de un cáncer en la base de la lengua. Como fuera, el ‘capi’ Camilo Arjona se tenía que comunicar.

Era su naturaleza obstinada y así fue hasta el día de su muerte.

El creador de la fundación Alas para la Gente, que lleva brigadas de salud a recónditos sitios del territorio colombiano, dejó este mundo el pasado martes. En una cama de la Fundación Santa Fe (norte de Bogotá) y a pocos días de cumplir 69 años, desencarnó tras una lucha intensa con una enfermedad que desmoronó su cuerpo, mas no su espíritu.

“Estaba apegado a la vida y no quería que su fundación muriera. Siguió maquinando ideas y haciendo contactos vía electrónica para que continuara”, subraya Elsa, su hermana.

El mal que interrumpió su ‘vuelo’ se manifestó por primera vez en 2014, pero no fue el único. En el 2009 tuvo un cáncer cuyo origen nunca le pudieron detectar. Fue metastásico, se lo trataron y aparentemente estaba curado; pero a los cinco años reventó otro, el de la base de la lengua.

No se amilanó cuando supo que le quedaban dos opciones: sucumbir de antemano o someterse a una operación para extraer el mal que lo invadía. Era luchar contra un tumor maligno, con el riesgo de morir en la batalla. Sobrevivió al procedimiento, en marzo del año pasado. Pero quedaron secuelas: una traqueostomía, por la cual respiraba, y una gastrectomía, que le dejó una sonda como vía de alimentación. Su dieta quedó reducida a líquidos.

La persistencia de Arjona lo empujaba a lo alto. Tras las primeras semanas de convalecencia ingresó a terapia para recuperar la voz. Al principio era un sonido ronco, que apenas le salía. Hacía ejercicios de modulación, repetía las vocales y en la ducha tarareaba éxitos de Elvis Presley.

Arjona se ganó su título de ‘capi’ en la madurez, cuando se hizo piloto, luego de dos matrimonios y cuatro hijos (Camilo, Marcelo, Mateo y Valentina); después de hacerse publicista y triunfar en el oficio hasta llegar a tener su propia agencia en 1986, Publicistas Asociados. Sancho y Leo Burnett fueron algunas de las empresas que lo formaron.

Al tiempo que se ganaba la vida con campañas y estrategias, se aproximaba a los aviones. Su amigo Alfredo Gracia (piloto profesional) le enseñó a volar. “Un día me dijo que era hora de intercambiar destrezas, que le enseñara a volar. Comenzó en 1992”, apunta Gracia. Desde su ingreso al Aeroclub de Colombia conoció la Patrulla Aérea Civil, organización sin ánimo de lucro que adelanta misiones humanitarias. Se hizo miembro y de esta aprendió a ayudar.
Luego de 13 años con su empresa llegó la crisis de la publicidad en el país y a principios de 1999 tuvo que cerrarla.
“Trabajé con él en la parte administrativa y puedo decir que era una persona muy creativa. Además, era dicharachero y amplio, amigo de sus empleados”, recuerda su hermana.

“Después de tantos años de haber cerrado la agencia, me llamaron todos los que fueron sus empleados para acompañarnos en la misa (el jueves pasado)”.

Las honras fúnebres acogieron a cientos, que lo despidieron con buenos recuerdos. Juan Carlos Angarita, diabetólogo, siempre estuvo en Alas: “El capi volaba con su determinación por ayudar al prójimo y disfrutaba de la hermosa sonrisa de la población por donde pasaba. Paz en su tumba”.

En noviembre del año pasado les ofreció un banquete a sus amigos voluntarios. Él mismo preparó una paella que no pudo degustar. Se conformó con el olor, con el aire, porque de a poco iba dejando sus sentidos. Aquel día les comunicó su afecto y gratitud a través de sonrisas y abrazos. Fue una suerte de despedida. El tumor había crecido de nuevo y le impedía hablar.

Vocación

En el 2000, ya hecho un ‘capitán’, viajó a Girardot en una avioneta Cessna. Tras el fin de semana regresó con sus dos hijos menores, su tercera esposa (Fabiola Villalobos) y las dos hijas de ella. Pero al llegar a la capital, la niebla espesa les impidió aterrizar. Desandaron el camino. “Cuando íbamos llegando a Girardot, todo se puso mal, unos vientos fuertes por todos lados. Se elevaban los tejados”, relata Mateo, su hijo, que cuando era adolescente le servía de copiloto.

El viento sacudía el aparato. Gotas de lluvia pegaban en la cubierta. “Estábamos muy asustados, era una tormenta muy miedosa”, rememora Fabiola.

“Intentamos aterrizar una vez, pero el viento nos sacó de la ruta y hubo que aumentar la potencia –a pocos metros de dar con el pavimento– para volver a elevarnos. Las niñas gritaban asustadas”, continúa Mateo, que en aquellos instantes no le vio una gota de sudor a su padre.

“Hasta que el operador de la torre de control nos dijo que había bajado el viento, aunque seguía fuerte. Entonces decidió aterrizar… y lo logramos. Esa aventura nos marcó a todos”, finaliza el hijo.

Germán Lerma, director operativo de Alas, la fundación que tomó vida legalmente en 2005, asegura que a veces Arjona solo dormía cuatro horas al día, con tal de pensar en nuevas ideas. “Era dueño de un espíritu de trabajo contagioso”, alaba Germán.

Se convirtieron en sus socios estratégicos el Gobierno Nacional, la Fuerza Aérea, el Ejército, la Policía, Ecopetrol, empresas privadas, amigos y médicos que quisieran aportar trabajo voluntario.

Camilo ahondó en su capacidad como relacionista público y logró que cada año se efectuaran al menos seis brigadas de salud, todas con respaldo médico- quirúrgico. Unos 30 especialistas viajaban –más preciso será decir que viajan– con dos toneladas de medicamentos y equipos para entregar en zonas apartadas. Chocó, Putumayo, Meta, Antioquia y otros departamentos han recibido a la misión.

Este año, aunque su aliento comenzaba a desvanecerse, apoyó en todo lo que pudo a su gente para realizar una nueva brigada. No paraba de mandar correos y mensajes. Los días 8 y 9 de abril, un equipo dirigido por Mateo –quien tomó las riendas de la fundación– viajó a la alta Guajira y atendió a cientos de indígenas wayús.

“Hablamos por el chat y me dijo que la misión de Alas, en La Guajira, la había manejado Mateo y que había sido un éxito. Eso le dio gran satisfacción”, revela Alfredo, su amigo. Para entonces, Camilo estaba internado en la Fundación Santa Fe.

“En los últimos momentos se despidió de los hijos y de la familia, les dijo que los amaba y que había llegado el momento de partir”, cuenta Elsa. Aquello sucedió el lunes pasado. El martes ya no abrió los ojos y a las 5:30 de la tarde abordó el ‘vuelo’ final. Su espíritu partió y, hoy, quienes lo recuerdan lo ven al lado de su avión, sonriente y feliz con su camiseta de Alas para la Gente.

FELIPE MOTOA BLANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter @felipemotoa

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