Cervantes y Shakespeare, 400 años después

Cervantes y Shakespeare, 400 años después

Con algunos textos, EL TIEMPO entrega una versión colombiana del legado de estos escritores.

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22 de abril 2016 , 08:35 p.m.

Mirando el cinematógrafo de la historia universal a través de sus tragedias, había discurrido la vida de Shakespeare en Londres, sin llegar al punto americano. Ocurrió entonces el naufragio en las Bermudas de la capitana en la pequeña flota de nueve naves que comandaba sir Thomas Gate, llevando auxilios a los primeros colonos de Jamestown. En 1606 se había iniciado con 105 ingleses lo que iba a ser una Nueva Inglaterra y de los 105 ya 54 se habían muerto o de hambre o de fiebre... Thomas Gate traía la gente nueva. Lo agarró el huracán en las Bermudas, ¿el Triángulo?, y se tragó la nave capitana. Los emigrantes eran resueltos. De las tablas que salvaron y de maderas de cedro de las Bermudas construyeron otra nave y así llegaron a su destino... Se salvó Jamestown, que todavía existe. Es como un suburbio de Washington... Fue lo que vio Shakespeare después del huracán, y escribió ‘La Tempestad’.

La primera tragedia americana. El primer centenario del viaje de Colón nadie lo celebró.

En el norte los españoles no encontraron sino verduras. El oro y la plata estaban de México al Perú. Abandonaron lo que no tuviera oro y montaron su imperio sobre las minas: Guanajuato, Potosí. El imperio del Dorado. Quedó el norte como un desperdicio a libre disposición de los emigrantes. Los que Shakespeare registra en 1606, en 1610… Los primeros ingleses que van a establecerse para montar un negocio de cueros que cambiarían con los indios por lo que pudiera interesarles: cobijas en primer término… y aguardiente, cuchillos, pólvora… Ya no es, como 100 años antes, el tiempo de las cuentas de vidrio.

En Londres, el que invertía en la Compañía de Virginia y el que se embarcaba para el Nuevo Mundo entraba como accionista en una compañía, pagando 12 libras esterlinas y diez peniques. Así comenzó la sociedad anónima del mundo contemporáneo. Con el tabaco de Virginia, acabó dando ganancias. Al cabo de 400 años, ahí están los bancos de Nueva York. Calibán.

Pero había un fondo de liberación en el emigrante que se llevaba una nueva idea de la ley igualitaria, la que transportaron en el Mayflower los peregrinos que escapaban de la religión oficial de Enrique VIII. Se proyectaba la fuga al otro lado del Atlántico como lo que iba a ser el camino para escapar en todo tiempo a las dictaduras y defender la dignidad de un hombre liberado. Ariel.

En cien años de exclusividad española, ingleses, franceses, holandeses solo habían participado en la vida del Nuevo Mundo por asalto, robando galeones y saqueando en Cartagena, Panamá, La Habana... La reina Isabel se repartía el botín con los ladrones... Los conquistadores robaban a los indios; los ingleses, a los españoles. Calibán. Shakespeare supo que fuera del oro en el Nuevo Mundo había gentes de una calidad humana mejor que la de los conquistadores, según Montaigne, y un número creciente de emigrantes de Castilla que iban a La Española y tierra firme a liberarse… como saldrían en el mismo plan los peregrinos ingleses del Mayflower. Desde su teatro de Londres antevió una voz que saliera en defensa de los indios. Ariel.

Escribiendo La Tempestad quedó este balance como el único documento literario para recordar los primeros cien años del viaje de Colón.

(* EL TIEMPO, 14 de octubre de 1991).

El castillo de Elsinor

El castillo de la corona –Kronborg– en Elsinor tiene dos edades: la de Shakespeare y la del rey fantasma que espantó a Hamlet. Si, como nos dice el guía, una vez estuvo Shakespeare en Elsinor y vio representar en el patio la vieja historia de Hamlet, lo que vio no fue sino el fantasma. El castillo fue construido en 1574 –entonces Shakespeare tenía diez años– sobre los cimientos del muy antiguo Erik de Pomerania, que pudo ser, siglos antes, el castillo del fantasma. Pero los castillos auténticos tienen una vida que se prolonga con sus fantasmas. El de Erik desapareció, quedó arrasado, y en el sitio se levantó el de Federico II –el que pudo ver Shakespeare–, y la sombra del rey continuó oyéndose, clamando venganza, y la de Ofelia seguía pasando mientras Hamlet la azotaba con sus palabras de loco:

“¡Vete a un convento, vete a un convento!” El castillo de Federico, el que vio Shakespeare, se incendió, y de nuevo surgió años después. Pero aún caminan por sus calabozos los fantasmas. Todavía allí vacila Hamlet y aún se oyen las voces y gemidos de Ofelia la Loca. Así, el visitante puede decir que llega al auténtico castillo del fantasma y los crímenes, y en los calabozos helados y oscuros sentirá las angustias de los amigos de Hamlet, y al subir a las torres y ver al pie las aguas verdes del mar y al fondo el perfil de la costa de Suecia, quedará cautivo entre las redes del mismo embrujo que cantaron siglos antes los autores de las sagas.

Los daneses invocan, al hacer la historia literaria de Hamlet, remotísimos antecedentes. Hamlet vivió –si vivió– cinco siglos antes que Shakespeare. Responden los ingleses con sus propias leyendas y con las leyendas islandesas, en las que los héroes de todo el drama toman una vida legendaria. La saga islandesa que se menciona en Amlodi o Amleth es del siglo décimo. En una historia dánica de comienzos del siglo XIII, Saxo Grammaticus retornó el cuento de la perdida saga Skjoldunga. François de Belleforest la llevó de allí a sus Histoires Tragiques!… Así, el fantasma recorre Escandinavia, Islandia, Inglaterra, Francia. Los nombres de Hamlet, Ofelia, Polonio, Horacio… ya son viejos cuando aparece Shakespeare y hace su arreglo. Pero la realidad de Hamlet, como un fantasma que puede habitar en un hombre de nuestro tiempo, la ha comprobado Freud, y la descubren cuantos, en cualquier lugar del mundo, asisten hoy a su representación. Las antiguas sagas nos parecen una mera coincidencia. El genio de Shakespeare consistió en exprimir el zumo de las viejas historias para sacar elíxires universales. Lo de Hamlet y su madre incestuosa, y el rey que desde otro mundo quería vengarse del usurpador de su lecho y su corona, y la locura fingida del príncipe irresoluto, y la pálida Ofelia, estarían perdidos como las sagas muertas, si el genio del inglés no aplica su vara mágica para despertarlo todo y situarlo en el teatro de Londres.

En cierto modo, el castillo de Kronborg es una creación de Shakespeare. Si no estuviera asociado a la historia de Hamlet, sería una de tantas construcciones del Renacimiento que, con sus torres verdes y el agua muerta de los fosos, estarían fuera del interés de los turistas, al margen de las visitas, sin más lustre que el de la débil memoria de unos cuantos reyes que no pesan en la mente de nadie. Pero ahora se bordea el foso, y los cisnes que nadan en silencio hacen pensar en el alma blanca de Ofelia atormentada; se llega a un cementerio vecino, y hay que repasar de nuevo el monólogo delante de la muerte; se entra al castillo y en una piedra aparece el nombre que nunca imaginaron los reyes: William Shakespeare; se llega a los patios, se sube por las escaleras de caracol, se mira desde las ventanas el verde mundo en torno, se atraviesan los sesenta metros del gran salón de fiestas, y todo adquiere un sentido, todo está contagiado de una historia, todo se proyecta en la crédula pantalla del visitante alucinado. Como si una voz de ultratumba dijera al oído: ser o no ser… contrastando la luz y las tinieblas.

GERMÁN ARCINIEGAS*

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