Nooteboom: el peregrino de la literatura

Nooteboom: el peregrino de la literatura

El célebre escritor, candidato al Nobel, visita la Filbo para hablar de viajes y de literatura.

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21 de abril 2016 , 11:15 p.m.

Cees Nooteboom es un escritor en movimiento. Transita entre los viajes y la consumación con la palabra. Algunos dirán que es un imperativo ético, una maña del espíritu, pero puede ser el placer de no permanecer en ningún sitio, y en los que está, plasmar su impresión, su huella estética. Es su manera de perdurar y ser múltiple.

Claro está que todo no es azar, el holandés errante también busca sus propios paraísos perdidos, sus obsesiones literarias, no exentas de desentrañar las raíces históricas y arquitectónicas que las rodean. Un buceo integral de la existencia. El arte de ejercer el conocimiento en los lugares donde ocurrieron los hechos y que la ficción enriquece.

Por ejemplo, en Tumbas de poetas y pensadores, además de realizar un homenaje a sus escritores íntimos, los que le han tocado el alma, es una forma de acercarse a la poesía, una gracia con la que ha vivido y la cual siempre será un motivo de extrañeza y certidumbre. “¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido? Porque aún nos dice algo que sigue resonando en nuestros oídos, que hemos retenido e incluso no hemos olvidado”, dice y, en un acto de libertad creativa, visita más de cincuenta tumbas regadas por distintos parajes del orbe para hablar con los que se han ido y permanecen en nuestra memoria. A visitar sepulcros donde la palabra todavía canta y reverbera el pensamiento.

Stevenson, por ejemplo, tiene un cementerio para él solo, en el monte Vaea, como fue su deseo. Nooteboom llegó solitario a esa selva de murmullos y nubes de vapor, en la cima estaba la tumba, y recordó aquel día de 1894 cuando el autor de libros tan disímiles como El doctor Jekyll y el señor Hyde y La isla del tesoro se fue de esta tierra entre ritos polinesios y una soledad innombrable, y cuando el holandés abandonó el lugar, “volvió a reinar quizá el mismo silencio de la primera noche de su muerte... la sepultura de Stevenson era un silencio vivo. Si se escuchaba con atención, se oía una ráfaga de viento procedente del océano pasar mil páginas de una vez”.

O la tumba del desdichado Gérard de Nerval, adornada con un ramo de melancólicas florecillas azules diminutas (que dejó el mundo diciendo: “¡Para qué vine aquí!”) y que comparte por un azar mágico calle de cementerio con Balzac. También recuerda a Arthur Schnitzler en el cementerio de Viena, quien dejó instrucciones muy precisas: “... ¡Nada de coronas! / ¡Nada de esquelas mortuorias! ¡Ni en los periódicos! / Entierro de tercera. / El dinero que se ahorra siguiendo estas instrucciones se dedicará a hospitales. / ¡Nada de discursos! Evitar todo accesorio ritual. (En especial velatorio y esas cosas). / Que no se lleve luto por mi muerte, ninguno en absoluto”.

O la tumba de Melville en Nueva York, en el cementerio Woodlawn, sencilla, “casi pobre”, de un escritor anónimo cuando murió, como ‘prefiriendo no hacerlo’, ignorado por sus congéneres, el autor de Moby Dick y Bartleby, el escribidor, rodeado de pétalos blancos como nieve, y “muy a lo lejos, el estrépito de la ciudad, en todas las bibliotecas y las librerías en las que están sus libros”. Una tumba es un libro de páginas infinitas, nos dice este peregrino, recolector de recuerdos, viajero de literaturas.

España, un amor posible

Un amor en su vida ha sido España, a la que ha visitado varias veces; al principio fue una relación difícil, la lengua le pareció áspera; el paisaje, árido; la vida, tosca; y sin ser un hombre medieval ni un ser creyente, se fue metiendo en sus entrañas, y ha peregrinado varias veces, sin ser un apóstol, hasta Santiago de Compostela; se ha perdido en España para encontrarse a sí mismo, en sus castillos, en sus iglesias, en sus estepas arcillosas, en su pasado inquisitorial, en la contradicción de su espíritu, “un país que conquistó el mundo y no supo qué hacer con él; está enganchada a su pasado medieval, árabe, judío, cristiano, y está allí con sus caprichosas ciudades acostadas en esos infinitos paisajes vacíos como un continente que está unido a Europa y no es Europa. Quien no haya intentado perderse en la complejidad laberíntica de su historia no sabe por dónde viaja. Es un amor para toda la vida, nunca termina de sorprenderte”.

El desvío a Santiago es un libro de amor a España, de confesión, de encuentro con el otro que nos habita, donde la amada es “brutal, anárquica, egocéntrica, cruel, caótica, sueña, es irracional”. Y la literatura es su doble en el espejo, por eso ‘la quiero tanto’ pareciera decirnos este nórdico desterrado por voluntad propia. En Madrid arriba a la casa de Cervantes, como quien visitara a un dios que no ha muerto del todo, a un ser inmortal que en los libros labró una aventura maravillosa, enquistada, en la memoria de la humanidad. Luego en el castillo de Belmonte, donde el manco de Lepanto estuvo preso, se imaginó usando su pluma de ganso mientras su mente volaba, y pasado y presente se fundían, pues quién más que Cervantes para enseñarnos que la fantasía es uno de los peldaños más gráciles de la realidad... Se interna en La Mancha para buscar luces al milagro quijotesco. Y acercándose al pueblo de Consuegra intuye el momento de inspiración del autor y entre una luz arrobadora, unas nubes rasantes, y la exaltación del calor sobre la llanura, presiente “algo fantasmal, irreal” y, como un día el caballero de la triste figura, él observa que las aspas de los molinos “son gigantes desaforados... seres en peligroso orden de batalla”.

Entonces la literatura se apea de la realidad, la transforma, y toman vida esas palabras que hemos leído y dulcemente nos han trastornado y el “mundo sólido adquiere los aspectos del sueño y lo imposible”, y como una epifanía aparecen Cervantes y su héroe, y rememora las palabras de Nabokov: “No nos riamos más de él, su blasón es la piedad, su estandarte la belleza. Él está a favor de todo lo que es tierno, perdido, puro, desinteresado y galante”, que sin el menor esfuerzo “te introduce sin darte cuenta en la antigüedad”.

O Teruel, que tiene el color dorado, de barro seco o del ánimo que posea el viajero. El sol ilumina los relieves de remotos paisajes donde sobresalen las atalayas construidas en ladrillo y la catedral de “arcos ciegos entrelazados en la fachada, pequeñas columnas que llevan flores estilizadas, estrellas, tornapuntas, azulejos acristalados verdes y blancos, una civilización islámica totalmente desaparecida ha dejado aquí su alma”.

El desvío a Santiago contiene una proclama cavafiana: no importa llegar al final, sino el recorrido, sus vías laterales, sus inimaginables laberintos; allí está la plenitud del viaje.

Nooteboom siente que cuando viaja el tiempo se paraliza, se somete a algo diferente, a no pertenecer a nada, “a la recopilación de lo otro”, a rezumar otras identidades y se “extiende”, y recuerda que su paisano Spinoza dice que este es uno de los atributos de Dios, y eso lo hace andar con cuidado. Viajar, dice, no es un saber superior, sino una acumulación de imágenes, de todo lo que fluye de la calle y el exterior y se queda “prendido junto a mí o dentro de mí”, subraya el holandés.

Epílogo

En literatura ha explorado otros vericuetos, y un alter ego suyo, Alfonso Tiburón de Mendoza, constructor de carreteras y relatos, oriundo de Zaragoza, es el narrador de En las montañas de Holanda, una extraña novela que le sirve para tomar distancia de su Holanda natal y tener una mirada crítica sobre sus orígenes. El holandés, a través de los hábitos del español, se mira, se interpela. Según Tiburón, los holandeses no se miran sino se confrontan. Sus ojos “horadan la mirada del otro y le sondean el alma”.

Este relato ahonda las diferencias entre la gente del sur y del norte de Holanda; los primeros son más rudos y sus paisajes, más irregulares y solitarios. Los dos protagonistas, Kai y Lucía, dos bellos ejemplares de la naturaleza, nacieron en un circo; uno quiso ser payaso y ella, trapecista, pero su vocación les dio para ser ilusionistas.

El relato, mezcla de romance y cuento de hadas, es el viaje que emprende la pareja al sur, a un territorio más libre y por ende lleno de aventuras, unas hostiles, otras esperanzadoras. Es una novela experimental, pues Tiburón juega a construir los personajes y la historia misma, sin escrúpulos ante el lector; por eso, Coetzee la considera “una brillante meditación sobre la naturaleza de la novela”. Mediante la ficción Nooteboom realiza un viaje interior al corazón de la literatura, a sus estepas y hondonadas, que nunca nos dejarán de sorprender.

* Poeta y novelista, autor de ‘Ruega por nosotros’ y ‘Hábitos nocturnos’, entre otros.

ALFONSO CARVAJAL
Especial para EL TIEMPO

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