Editorial: El sagrado ICBF

Editorial: El sagrado ICBF

Para que esta entidad pueda combatir la desnutrición, hay que ponerla a salvo de cálculos políticos.

21 de abril 2016 , 07:08 p.m.

Desde que la crisis de los niños en La Guajira franqueó la barrera de los medios, y sus imágenes devastadoras comenzaron a circular entre los lectores y a estremecer el imaginario colectivo, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) –quizá la institución más querida por los colombianos, pues, a pesar de sus falencias, suele tener claros sus objetivos no obstante el apetito de los politiqueros– ha estado en el centro de una controversia que se ha venido agravando por las repetidas noticias sobre los desmanes cometidos con la alimentación infantil en diferentes puntos del país.

Su directora, Cristina Plazas, quien ha tenido el coraje de trasladarse al lugar de los hechos y es, sin duda, una funcionaria de buenas intenciones, ha afrontado las críticas sin perder de vista lo que importa: el presente y el futuro de la niñez de Colombia.

No suele ser fácil enfrentar los embates de los políticos avezados, y –a raíz del paro de madres comunitarias, que se resolvió para bien hace ocho días– desde el Congreso han llegado a pedirle la renuncia a Plazas de modo vehemente, pero ella ha sabido estar de acuerdo con sus críticos en que se busca la dignidad de la infancia en nuestra patria.

Eso es lo más notable de la crisis desatada a consecuencia de las escandalosas y deplorables informaciones que se han ido conociendo sobre la alimentación de los niños de Colombia: que tanto el gobierno actual como la oposición, que la semana pasada hizo un valioso debate contra las decisiones del ICBF, concuerdan plenamente en que situaciones como las sucedidas en Aguachica (Cesar) –donde robaban los refrigerios de los infantes–deben ser sancionadas por la ley, y que las madres comunitarias deben ser, en la medida de lo posible, reconocidas con los mismos derechos con los que se reconoce a todos los trabajadores colombianos.

Resulta importante, aparte de aceptar las coincidencias entre los contradictores y redescubrir la vocación en común de resarcir a los niños que han sufrido de hambre y padecido enfermedades por culpa del terrible desamparo del Estado, salvar al ICBF de las contingencias de la política, de las veleidades de las agendas políticas de los unos y de los otros.

Y animar siempre al instituto a continuar, con nuevos bríos e ideas audaces, una labor que tal vez sea la principal de todas, y la más urgente, y que además es la medida de qué tanto está haciendo el país por sus ciudadanos más vulnerables, de qué tan concentrados están nuestros gobiernos en lo que tienen que estarlo.

Se habla de muertes por desnutrición en el Chocó, La Guajira, Guainía, Huila, Santander, Vaupés y Vichada. Se recuerda que Colombia continúa siendo el segundo país en el mundo con el mayor número de embarazos adolescentes por año. Se pide reacción inmediata al hecho de que ciertas empresas contratadas para la alimentación de los niños se están quedando con una buena parte de una enorme inversión.

No cabe duda, pues, de que el ICBF debe liderar la solución de una crisis humanitaria. Pero no hay que olvidar que en este caso vale esperar la solidaridad y las ideas de la ciudadanía, y una tregua en los cálculos políticos.


editorial@eltiempo.com

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