Tonito

Tonito

Cómo es de agresiva la arrogancia cuando se vale de ella alguien que no la necesita.

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21 de abril 2016 , 05:54 p.m.

Usted cree que está por encima de todo. Usted está explicándoles la civilización a todos estos indios. Usted llama al ingeniero Vanegas “una persona que con una tarjeta de profesor viene a decirnos que descubrió que el agua moja”, y exige hablar con alguien de su mismo nivel, no tanto porque el experto en hidrocarburos acabe de cuestionarle la explotación petrolera en La Macarena, en plena Sección Quinta del Senado, sino porque usted no tiene conciencia de que las cámaras de Noticias Uno están grabando sus declaraciones desdeñosas. Usted es el exdirector de planeación, exconsultor del BID, exdecano, exministro Juan Carlos Echeverry, presidente, a los 53, de Ecopetrol, pero no se dé su propia importancia, ni doblegue a sus contradictores con sarcasmos fallidos, ni acabe convertido en el enésimo tecnócrata que jura que la debacle ambiental es una leyenda urbana: no lo es.

Dijo el conde de Buffon: “el tonito es el hombre...”. Y el tonito suyo –de espíritu fino de la época, de hombre de su propia ciencia, de inventor del eufemismo “la mermelada”– es el mismo tonito del alcalde bogotano que llama potrero a una reserva ecológica; el del ministro desconcertado que jura por el establecimiento que no es lo mismo una “bacrim” que un “bloque paramilitar”; el del expresidente destemplado –perdón: el exsecretario de la OEA desmedido– que osa gritarle al mundo “uno en estas cosas no puede simplemente ser sumiso, obediente, reverente: que me jodan...” refiriéndose a un fallo internacional. Bienvenidos a la era del “usted no sabe quién soy yo”. Bienvenidos al tonito soberbio, displicente, de la República Neoliberal, que es pura desconfianza en la inteligencia de “la gente”.

Que pase el progreso. Que se hagan a un lado los nostálgicos de aquel país de ríos verdes y de patasolas desplazadas y de siervos reticentes a la historia. Que se abra paso ese tonito.

Que es el tonito ceñudo de quienes repiten que hay que mejorar los índices de pobreza, y hay que vencer el machismo y la homofobia, pero son capaces de decirle a cualquiera que lo atienda –ay, lo he visto– “pero quién le está pidiendo a usted que piense”. Y es el tonito de aquellos que, a veces con las mejores intenciones, ven el paisaje –y lo que sea que haya ahí– en planos generales: desde arriba todo es menor y es pasajero, y “hay que romper algunos huevos para hacer una tortilla”. Y repiten, exasperados por las taras colombianas, que los ambientalistas no son pragmáticos, sino mamertos, indignados de oficio, desinformadores con agenda. Y cuando ya no haya Colombia, que tampoco habrá país para sus nietos, dirán “es que ahora es muy fácil decir que la explotación minera iba a arruinar Caño Cristales, pero en ese entonces...”.

Usted, igual que el profesor Vanegas, debe saber de qué está hablando: seguro que sí. Usted podría explicarle sin sarcasmos a este auditorio, como él al Senado, por qué lo que usted propone es lo mejor para el país. Y en nombre de su amor por la academia, en memoria de todas esos negocios estatales que se hacen “como sea” porque “igual la gente no entiende”, y como señal de que alguno allá arriba ha captado que el tonito ha estado haciendo al hombre, podría dejarle un pequeño margen a la duda: porque ¿y si usted no tiene la razón?, ¿y si hay más y más “acuíferas secadas por proyectos petroleros” aunque usted no lo crea?, ¿y si una solución a esta democracia tan tambaleante como todas es justamente el talento de los gobiernos para escuchar, y hacer sentir escuchados, a quienes se han sentido arando en el desierto colombiano?

Cómo es de agresiva la arrogancia cuando se vale de ella alguien que no la necesita. Cómo es de peligroso eso de sentirse el único dueño de la única verdad.


Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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