Obregón el actor

Obregón el actor

El maestro fue quien me entrenó en lo que era más ducho: la cultura caribe.

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21 de abril 2016 , 05:45 p.m.

Cuando Gillo Pontecorvo, director de la película 'Quemada', decidió que utilizaría al pintor Alejandro Obregón para interpretar el papel del coronel de artillería de las tropas de invasión inglesas, a mí me tocó, como asistente de dirección, entrenarlo. Lo que no imaginé es que con este trabajo encontraría un amigo, un maestro y un compadre, ya que bautizó a mi hijo Alessandro.

Es inútil decir que el trabajo no fue lo importante de esta nueva relación. Más bien fue él quien me entrenó en lo que era más ducho: la cultura caribe. Me introdujo en el Macondo recién fundado, visitando los antros del barrio Abajo, acompañado de sus amigos de Barranquilla, comenzando por el ‘Nene’ Cepeda, Vargas, Fuenmayor y, naturalmente, Gabito, todos intelectuales y artistas roneros y practicantes del puro mamagallismo costeño.

El maestro hizo su papel perfectamente, y Marlon simpatizó enseguida con Alejo, tanto que en un plano de los dos a caballo, como el del maestro estaba nervioso y no quedaba en la toma, me obligó a agarrarle la pata al jamelgo para inmovilizarlo durante la filmación. Otra vez, mientras estábamos buscando una locación en la punta del Laguito, una bandada de alcatraces daba vueltas concéntricas encima de la punta Icaco, como buscando una vía de salida. Entonces Alejo me instó a ayudarle, y con unos palos que recogimos en la playa armamos una flecha direccional que la bandada se aprestó a seguir, lo que causó gritos de felicidad del maestro: “¿Viste, viste?”.

Después de 'Quemada' el bicho del cine le picó a Obregón, y cuando nos ofrecieron el guion de 'Pa’ La Guajira' enseguida le pidió ayuda a Cepeda, quien nos consiguió una cámara y un director de fotografía, mientras el director del Banco Popular, otro amigo, nos entregó un préstamo para comprar la película. La historia se desarrollaba en La Guajira, a donde llegaba una población de desplazados por la violencia; en las primeras búsquedas de locaciones, el maestro pintó el viento con sacos de polvos de anilina y obligó a nuestro guía a conseguirle una babilla que quería pintar, viva.

Y cuando no pudimos terminar por falta de fondos, recuerdo que fuimos a pagar el préstamo llevando un cuadro de gran formato de Alejandro que nos aceptaron sin chistar.

Entre las frases famosas del maestro, la que más me ha servido en la vida ha sido: “Sí, Salvo, el talento es importante pero el oficio, el oficio es indispensable”.


Salvo Basile

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