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Mientras más se demore un acuerdo final menos impacto positivo tendrá su firma.

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21 de abril 2016 , 05:22 p.m.

Tictac en La Habana.

Comparadas con otros procesos, las negociaciones entre el Gobierno y las Farc en La Habana han transcurrido con gran rapidez. Si se cuenta desde noviembre del 2012, cuando empezaron formalmente, luego de seis meses de diálogos secretos, apenas han transcurrido menos de tres años y medio.

Según el académico de Barcelona Vicenc Fisas, que hace seguimiento de procesos de paz en el mundo, en Filipinas el último tramo de las negociaciones tomó 3 años; en El Salvador, 5; en Guatemala y Sudáfrica, 6; en Irlanda del Norte, 8 años. La negociación con las Farc estaría, pues, entre las ‘cortas’ si, como se espera, se llega a un acuerdo final este año.

Sin embargo, una cosa son los estándares internacionales y otra, los estados de ánimo locales. Los tiempos en otras latitudes del mundo en materia de paz y guerra no son los tiempos de Colombia.

El 23 de marzo –fecha que el presidente Santos y ‘Timochenko’ anunciaron en septiembre como límite para llegar a un acuerdo final– pasó sin pena ni gloria. No hubo acuerdo, pero tampoco mayor escándalo por el incumplimiento de lo que se entendió casi desde el comienzo como un plazo irreal para alcanzarlo.

Pero esos plazos anunciados e incumplidos no pasan en vano.

El ambiente que enfrenta en Colombia la inminencia de un acuerdo de paz no puede ser más problemático. El fin negociado del conflicto armado parece despertar más desconfianza y escepticismo, si no oposición abierta, que esperanza y optimismo. Los índices de aprobación del presidente Santos están en mínimos históricos –en inmensa medida a causa del proceso de paz y sus avatares–. El desprestigio de las Farc entre la opinión pública urbana sigue siendo abrumador. Y, aunque una mayoría leve en las encuestas apoya la idea de negociar, una mayoría aún más grande sigue siendo escéptica en cuanto al resultado final.

El proceso de La Habana carga el lastre de la baja popularidad del Presidente y la casi nula de las Farc y de la falta de anuncios que levanten la confianza pública. Desde el anuncio de la misión de Naciones Unidas, el pasado 19 de enero, no ha habido un comunicado conjunto del Gobierno y las Farc que reporte algún avance significativo.

En este contexto, mientras más se demore un acuerdo, menos podrá su anuncio contrarrestar este estado de ánimo pesimista. La negociación necesita con urgencia anuncios que devuelvan la confianza pública en el proceso. Y al proceso mismo le hace falta desenvolverse lo más rápidamente posible para que el impacto de su firma logre cambiar los imaginarios de la desconfianza a la esperanza.

Un anuncio de cese bilateral de hostilidades, de cómo se van a abandonar definitivamente las armas y a combatir los grupos sucesores de los paramilitares podría mitigar parcialmente la incertidumbre con la que, cada vez más, se mira desde Colombia a La Habana. Pero lo esencial es que este tramo final se surta lo más rápidamente posible. En cierta medida, el país está cansado de oír hablar de paz. Lo que se necesita es que esta, por fin, llegue. Ahí empezará la difícil etapa posterior a los acuerdos. Pero habrá claridad.


* * * *

Lo más difícil de las negociaciones de paz no es empezarlas; es terminarlas. El final siempre está salpicado de crisis y conflictos. El diablo, como dicen, está en los detalles finales. En La Habana están ajustando cómo se ubican las Farc para desmovilizarse, cómo dejan las armas, cómo se garantiza la seguridad de los excombatientes y su tránsito fluido a la política, y es evidente lo laborioso, lo penoso, que ha sido ir acordando estos temas.

Pero la paciencia del país que aguarda, polarizado, ansioso, escéptico, entusiasta, el acuerdo final está llegando al borde. Bien harían en tenerlo en cuenta los negociadores de ambas partes.


Álvaro Sierra Restrepo

cortapalo@eltiempo.com
@cortapalo

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