'EL TIEMPO y la Iglesia fueron las grandes autoridades del siglo XX'

'EL TIEMPO y la Iglesia fueron las grandes autoridades del siglo XX'

Ricardo Silva Romero hace una radiografía de nuestra realidad en 'Historia oficial del amor'.

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20 de abril 2016 , 06:55 p.m.

“La historia de cualquier familia es precisamente ese pulso con Colombia”. Para el escritor Ricardo Silva Romero, esta frase ayuda a explicar el sentido de su nueva novela 'Historia oficial del amor', que acaba de publicar en el marco de esta Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Silva toma como excusa su propia familia, dándoles especial protagonismo a sus padres, para retroceder en el tiempo hasta la década de los años 30 del siglo pasado, a manera de diario, y meterse de paso con la historia del país.

“Creo que para uno es algo normal Colombia, pero si uno pone en evidencia muchas cosas que ha tenido que vivir, va a notar que le ha tocado ver, padecer y enfrentar muchas situaciones que en otro país no habría tenido que enfrentar”, explica el autor bogotano (1975).

De esta manera, Silva rememora, a lo largo de la trama, momentos difíciles de nuestra realidad. Desde haber tenido que vivir muy de cerca la terrorífica época de Pablo Escobar, cuando su mamá era Secretaría Jurídica de la administración Barco, hasta los enfrentamientos de liberales y conservadores de sus ancestros, en épocas de Laureano Gómez.

Por eso, al hacer de abogado del diablo y preguntarle “¿por qué cree que puede interesarles a los lectores conocer la historia de una familia común y corriente como la Silva Romero?”, el autor de novelas como 'Autogol' y 'El libro de la envidia', no duda en responder:

“Por qué no: si las novelas cuentan la historia del mundo desde un apartamento. Toda familia común y corriente es común y corriente a su manera. Y creo que puede ser interesante ver cómo la familia Silva Romero ha conseguido vivir en Colombia a pesar de Colombia, sin olvidar a una serie de fantasmas memorables, celebrados, ninguneados o asesinados aquí mismo. Hoy, en tiempos de tanta desconfianza e incertidumbre, será además un alivio leer la vida de un par de padres íntegros, ni más ni menos que un profesor de física que lee el tarot y una abogada decente –imagínese el logro– que no se deja corromper por nada”.

¿Sintió pudor, en algún momento, a la hora de tener el coraje de hablar de su propia estirpe?

Sí. Pero no más que cuando redacto cualquier frase con la esperanza de que le sirva a un texto, y la ilusión de no hacer el ridículo involuntariamente, ni menos que cuando escribo tramas de personajes inventados. De 1998 a 1999, además, escribí dos novelas con los mismos protagonistas: 'Relato de Navidad en La Gran Vía' y 'Walkman'. Y también lo hice porque me pareció que tenía entre manos historias interesantes. Hoy, cuando cada quien puede recrear su familia en las redes sociales, creo que el gesto de escribir sobre la propia casa se entiende tal como es: no como un ajuste de cuentas ni una exhibición, sino como una reivindicación de una familia, como una celebración.

¿Qué mirada tiene de la aparición directa del autor, casi que en tiempo presente, dentro de la ficción literaria?

Creo que esa aparición siempre sorprende, y siempre logra sugerirle al lector que “todo lo que se cuenta aquí es la verdad”, pero lo cierto es que es un recurso que está cumpliendo siglos y siglos. En el caso de 'Historia oficial del amor', como en tantos casos viejos y nuevos, que el autor sea el narrador y sea un personaje resulta necesario para que desde el principio quien tenga el libro en sus manos acepte las reglas del juego: el de leer la historia de una familia pero al revés, desde 2015 hasta 1930, para enterarse de cómo han lidiado con Colombia, y recordar de paso que si algo bueno ha dejado este enredo de país es una vocación a hacer familia.

Al inicio usted comenta: “Sé que voy a escribir sobre lo que está escrito”. ¿Cómo fue llevar al terreno literario un ejercicio de memoria familiar testimonial?

Quería decir que el pasado es innegable, imborrable, por más que se quiera dejar atrás. Y partir de la base de que tarde o temprano va a alcanzarnos lo que sucedió, y lo mejor es reconocerlo. Entrevisté a la familia durante varios meses: padres, tíos, primos, amigos, vecinos, parientes lejanos. Reuní notas de prensa sobre los personajes que iba a poner a andar como si estuvieran vivos. Busqué a quienes conocieron a mis abuelos para poder retratarlos en presente. Leí los libros de mi abuelo, Alfonso Romero Aguirre, y los textos de mi tío, Alfonso Romero Buj, y hablé con quienes los conocieron. Y a veces fue triste y a veces reparador, y trajo hallazgos que espero haber escrito con el asombro que me produjeron.

El liberal Romero Aguirre y el izquierdista Romero Buj son dos personajes muy importantes en la novela: ¿qué queda hoy de su legado?

Todo. Colombia sigue siendo un archipiélago que tendría solución si el liberalismo de verdad, no el del partido, defendiera, ampliara, representara los derechos de todos sus ciudadanos, tal como decía Romero Aguirre. Y si hay hoy una lucha vigente en el país esa es la lucha de Romero Buj por los trabajadores: la dignidad de los trabajadores colombianos es y ha sido un tema de la izquierda, porque desde hace décadas los partidos han preferido cuidar la dignidad de los patrones.

¿Cómo fue surgiendo la estructura de la novela?

El libro tuvo esa misma estructura desde que escribí la primera frase: “Voy a contar hacia atrás la historia de mi familia”. Y así, de adelante a atrás, lo escribí, más interesado en lo que iba a descubrir que en lo que ya sabía. Quería que el clímax del drama de los Silva Romero fuera el retrato de los padres de mis padres. Quería que mis papás, que han sido tan buenos y tan firmes conmigo, supieran que alguien los cuida. Y tenía la sospecha de que ir hacia atrás era una manera de ir despojándose de mantas hasta llegar al corazón del asunto: el descubrimiento de que todos somos hijos que hacemos lo mejor que podemos por ser padres; y el pulso, que nos ha agobiado a todos en Colombia, entre el temor de Dios y la ley. De resto, lo más difícil de sostener esa estructura fue que, como cada capítulo cuenta un día de un año anterior, sentarse a escribir era como volver a empezar todo el tiempo.

¿Qué tanto bebe la trama de la realidad y qué tanto es un juego ficcional?

Todo lo que se cuenta en el libro es más o menos real, de los reveses a los triunfos, pero está contado con el lenguaje, con la estructura, con la claridad de la ficción. Podría decirse que la ficción no es nunca la obra, que finalmente es tan real como cualquier cosa real, sino el método: esa vocación a dramatizar lo vivido, a articular lo que nos ha pasado como si tuviera un propósito, un sentido. Historia oficial del amor es una novela que cuenta, tal como han sido, mi historia de amor con mi esposa Carolina, mi vida con mis papás, la vida de mis padres con sus padres en medio de semejante país, pero lo hace con el convencimiento de que todo ha pasado por algo y para algo, de que la vida sí sucede como suceden los dramas y sus personajes van viajando por su destino.

Usted anota: “Quise empezar este libro que he estado cargando por dentro”. ¿Cuántos años llevaba armándose la novela en su cabeza?

Creo que desde el principio. Mi mamá de tanto en tanto me decía: “Un día tienes que contar la historia de la familia”. Por supuesto, ella, que odia el protagonismo, se refería a usar lo que sucedió –la aventura de su madre española viniendo a América, por ejemplo– como inspiración para una novela de pura ficción, pero esa reticencia a figurar es típica de los verdaderos héroes, y, apenas terminé 'El libro de la envidia', que lo escribí para mi papá, tuve la sensación de que tenía que equilibrar el marcador, retratar el coraje de mi mamá. Y entonces me puse a escribir desde el final hasta el principio 'Historia oficial del amor', que según un amigo debería llamarse 'El libro de la integridad', para probar que en este caso no era necesario inventarse nada sino valerse de la ficción para que el relato fuera tan memorable como han sido y siguen siendo sus protagonistas. Ojalá haya quedado así.

¿De dónde surge el título?

Es mi versión de los hechos: lo que yo quiero contar, lo que yo creo que debe saberse. Desde el principio está el amor por la pareja, por los hijos, por los padres, por las cosas del mundo: desde el principio están todos los amores, en fin, que son todos tan diferentes entre sí, tan únicos e inexpresables, pero que comparten el hecho de ser fascinaciones disciplinadas e inagotables –que vuelven a empezar día a día– hacia la gente que nos ha tocado en suerte. El título es un chiste, claro, pero también es una manera de decir que este libro es un biografía novelada del amor, una celebración del amor que a todos nos pasa y que es el punto débil, el talón de Aquiles que compartimos.

¿Qué tanto pesa el karma o las cadenas del pasado en las familias?

Sospecho que puede pesar como una roca a cuestas. Y que a muchos los aplasta y les amarga la vida. Pero creo que, como sucede en la novela, está en manos de los padres librar a los hijos –como mis papás a mi hermano y a mí– de las trampas que suelen repetirse en los árboles genealógicos.

EL TIEMPO es, de cierto modo, protagonista de la novela...

Porque quizás EL TIEMPO y la Iglesia fueron las grandes autoridades de nuestro siglo XX. Pero sobre todo porque mi abuelo Romero Aguirre, que terminó su brillante carrera política ninguneado por el periódico, llegó a escribir en 1955 un libro duro e iluminador que se llama '¿Por qué me duele que no me haya dolido la clausura de EL TIEMPO?' Y mi abuelo Silva Hernández fue, hasta su muerte en 1940, un linotipista noble y serísimo del diario. Tiene que ser un destino inevitable esto de estar aquí cumpliendo siete años de escribir y escribir de las ilusiones y las desilusiones de la política con la paciencia de un linotipista.

En agenda de la Feria

Ricardo Silva estará firmando libros y conversando con los lectores, este viernes, a las 4:30 de la tarde, en el ‘stand’ de Penguin Random House (Pabellón 5), de Corferias.

CARLOS RESTREPO
Cultura y Entretenimiento

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