Aprender a creer en los demás, desde las calles más pobres de Soacha

Aprender a creer en los demás, desde las calles más pobres de Soacha

Con su vida, Consuelo Téllez enseña que el dinero es lo de menos a la hora de ayudar a otros.

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20 de abril 2016 , 06:07 p.m.

Hace 18 años, en 1998, Consuelo Téllez llegó al barrio El Oasis en Soacha, el segundo municipio más poblado de Cundinamarca, un lugar tan cercano a la capital que la verdadera distancia que lo separa de Bogotá es el cruce de una calle. Decidió quedarse allí porque ya había probado suerte en varios barrios bogotanos y por más que lo intentó, bien sea por circunstancias como la finalización de un contrato, las deudas o sus embarazos, tenía que salir de donde pagaba el arriendo.

Desde su mayoría de edad pasó por muchos empleos y aprendió a usar sus manos para defenderse ante la escasez de dinero: trabajó con flores, como empleada doméstica y vendiendo comida rápida. No se rindió.

Cansada de perder oportunidad tras oportunidad, Consu, como la llaman las personas que la quieren, decidió hacerle caso a su madre e invirtió todos sus ahorros en la compra de un lote, donde ella esperaba construir su hogar. Pagó $ 2’500.000 para asegurar el negocio y con ayuda de quien entonces era su suegro pudo llevar al lugar algunas tejas de zinc y plásticos para ‘acomodarse’. Sin embargo, personas malintencionadas le negaron la entrada y no le permitieron construir su propia casa. Consuelo veía que además de no tener cómo refugiarse, se le acababa el dinero para sobrevivir. Ya no había salida.

Fue en ese momento cuando se dispuso a pasar algunas noches a la deriva. Allí, bajo unas cuantas tejas, plástico y algunos chécheres, como ella misma los nombra, se refugió junto a sus niñas. Con el paso de los días, varias de esas pertenencias fueron desapareciendo, ya sea porque se perdían o porque se las robaban.

Zulma Lorena Castañeda, de 24 años; Martha Alejandra Castañeda, de 23 años; Sandra Tatiana, de 21 años, y Laura Sofía Rodríguez, de 9, son sus hijas y han sido la motivación de Consuelo para salir adelante, incluso después de que su esposo la dejara cuando su tercera hija apenas tenía 2 meses de edad.

Las brechas sociales en el país cada vez son más grandes. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Cepal, Colombia compite con Chile y Honduras como los países más desiguales del continente. Tener una vivienda, una garantía mínima para vivir, para miles de colombianos no es derecho, sino un sueño. Consuelo, por ejemplo, se imaginaba en una casa propia en la que pudiera construirles un columpio a sus hijas. No quería nada más.

Según el DANE, el 27,8 % de la población colombiana vive en situación de pobreza y en la capital del país, de acuerdo con un estudio realizado por la org TECHO, cerca de 230.400 personas se ubican en asentamientos informales, denominados así porque son terrenos en los que más de ocho familias viven en condiciones irregulares sin los servicios públicos adecuados, fáciles de identificar en Bogotá por la gran masa poblacional que se evidencia en algunas de las montañas que bordean la ciudad, con construcciones en ladrillo que a primera vista parecen estar ‘una sobre otra’ y las cuales son el espacio donde niños, jóvenes, adultos mayores y familias enteras deben sobrevivir a pesar de los retos del día a día que esto conlleva, como intentar tomar un transporte público digno, caminar calles empinadas y sin pavimentar, recorrer enormes distancias para llegar al trabajo o cuadrar las cuentas del mes con más de dos empleos.

Por fortuna y luego de intentar estabilizarse, Consu encontró un trabajo como empleada doméstica interna, sin embargo debía hacer un sacrificio más: separarse de sus hijas por un tiempo y dejarlas al cuidado de una hermana. Era la única solución.

Cambio de vida

Para ese momento, Consu era de esas personas que no creen en ninguna ayuda externa, ni en la solidaridad de las personas ajenas a su realidad. Por eso no creía en algunas vecinas que le comentaban sobre las intenciones de un grupo de jóvenes que comenzaron a hacer visitas en estos barrios de invasión.

Esas personas son parte de una organización no gubernamental que busca superar la pobreza extrema del país por medio de diferentes programas y proyectos con las comunidades más vulnerables y olvidadas. En ese entonces, en el año 2006, la org era conocida como ‘Un Techo para mi país’ y ha evolucionado para implementar más y mejores oportunidades. Hoy es conocida como TECHO.

Consu, de 47 años, pudo cambiar su vida después de construir su casa por parte de la organización TECHO. Foto: Camilo Sánchez.

Los más de 50.000 jóvenes voluntarios de la organización en Colombia son personas que tienen la oportunidad de educarse, que viven con sus familias, que encuentran todo lo que quieren al abrir la nevera y que se apasionan por cambiar el destino de las personas que no tienen lo que ellos sí. Ellos se animan a dejar por un par de días la comodidad de sus hogares para acercarse a las poblaciones que viven en extrema pobreza. Pasar por trayectos largos y extenuantes poco les importa, pues no están dispuestos a quedarse viendo cómo familias enteras no tienen una vida digna.

El grupo de voluntarios que tuvieron contacto con Consu le explicaron la metodología y los pasos a seguir para que ella pudiera acceder a su vivienda. Primero, la construcción de las viviendas de emergencia no se hace de manera asistencialista, es decir, los beneficiarios deben aportar un porcentaje del costo de la casa; a ella le correspondieron $ 150.000. Además, las familias deben demostrar legalmente que el terreno donde se desea construir la vivienda es propio y que en el futuro no habrá ningún tipo de apelación por este. Luego de que se demuestra que no existe ningún riesgo de perder el lote, se hacen las mediciones para determinar si la vivienda se puede levantar en el espacio indicado y se evalúa el nivel de emergencia que tiene la familia. Siguiendo todos estos pasos, hasta la fecha se han construido 5.000 viviendas de emergencia en un trabajo conjunto con las 47 comunidades a las que la organización ha llegado.

Pasaron quince días desde el primer contacto de Consu con TECHO, cuando le dijeron que sí le construirían su vivienda de emergencia. Dichosa, ella corrió a contarles a sus tres hijas, quienes se animaron a empacar lo que tenían, decididas a irse del lugar donde estaban. A pesar de las amenazas y de los problemas que podría acarrear la llegada de Consuelo y su familia a El Oasis, ella decidió arriesgarlo todo.

Los días de construcción fueron arduos, pero emocionantes, no solo por la esperanza de ver los pisos, los paneles y las tejas puestas, sino porque Consu en secreto sabía que a esa casa llegaría una nueva alegría: estaba esperando a Sofía, su cuarta hija. Luego de la entrega oficial, su vivienda de emergencia aguantó lluvia, frío y calor incesantes.

Actualmente, ocho años después de haber recibido su casa, Consu es la encargada de los servicios generales de la oficina principal de TECHO en el barrio Teusaquillo, en Bogotá. Tiene un sueldo fijo mensual, cesantías, prestaciones y todos los seguros que cualquier empleado debe tener. Pero eso no es todo, Consu también asiste a las jornadas de construcción de viviendas, apoya a sus amigos voluntarios y trabaja sin descanso para que más personas tengan la oportunidad que ella gozó.

TECHO está presente en 19 países de América Latina, en Inglaterra y en EE. UU. Hizo su aparición en Colombia hace 10 años trabajando en cinco ciudades: Bogotá, Medellín, Barranquilla, Cartagena y Cali.

Consu hace parte de esas mujeres incansables que deben trabajar sin descanso para poder comer. La única diferencia es que ella ahora no solo trabaja por su bien y el de sus cuatro hijas y dos nietos (viene uno más en camino), sino por más comunidades que necesitan de manos amigas para salir adelante.

Si desea conocer más sobre esta organización puede ingresar aquí.
http://www.techo.org/colombia/


ANA GONZÁLEZ COMBARIZA
Redactora ELTIEMPO.COM
Voluntaria en TECHO

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