Colombia: ¿democracia bloqueada?

Colombia: ¿democracia bloqueada?

En otros países caen altos funcionarios corruptos. Menos aquí, en el 'Tíbet' de Suramérica.

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19 de abril 2016 , 06:08 p.m.

Con su habitual agudeza, López Michelsen decía que nuestro país era el ‘Tíbet de Suramérica’, pues sociológica y políticamente se cerraba y solo miraba hacia dentro, sin importar lo que pasara a su alrededor, hasta desentenderse de episodios que en otras latitudes causaban verdaderos estragos políticos.

Invitado por Juan Carlos Iragorri al programa 'Voces RCN', para comentar los efectos del descubrimiento de cuentas fantasmas en Panamá, conocido como 'Panama Papers', recordé aquella apreciación de López y sostuve que en el único punto del planeta donde nada pasará es Colombia, como escribió Mauricio Vargas en este diario. Aquí los aludidos se han limitado a decir que eran sociedades sin importancia, inactivas, legalmente registradas y en las cuales no se había originado ninguna operación apreciable.

Revelados los primeros nombres, como por arte de magia desapareció el tema en los medios y no surgieron más. Claro que la sola aparición del nombre no implica nada pecaminoso, ni autoriza vincular a las personas con fenómenos de corrupción o lavado de activos. Pero hay preguntas elementales, formuladas desde cuando se supo de cuentas secretas en Suiza y otros paraísos fiscales: ¿si todo se hace a ojos de la Dian, para qué dar semejante vuelta armando sociedades de papel? Sería injusto que solo aparecieran unos nombres y se ocultaran otros. ¿Por qué no han aparecido todos?

En otras partes caen ministros, altos funcionarios o se afecta a políticos o empresarios. Menos en el Tíbet de Suramérica. No es el único caso. Veamos otros.

Si en algunos países de la región –Guatemala, Ecuador, Perú, Panamá, Argentina o Brasil– se siguen juicios políticos por abuso de poder, corrupción o enriquecimiento ilícito contra presidentes, expresidentes y otros altos funcionarios, ¿por qué aquí nunca han sido posibles? Porque este es un país distinto. Hay una especie de “temor reverencial” frente a quienes ejercen o ejercieron el poder.

Por lo mismo, aquí no se conoce el principio de responsabilidad política: no se cuestiona a los funcionarios por negligencia, ineficiencia o falta de resultados.

La mayoría se limita a decir que esperan el resultado de las investigaciones penales, como si fueran conceptos iguales. Cuesta mucho renunciar, aun frente a monumentales ‘osos’ políticos, administrativos o judiciales. Y cuando se renuncia, existiendo a veces graves cargos penales, la opinión pública se desentiende y olvida, sin más, lo sucedido.

En el campo puramente político, los dirigentes derrotados no asumen su responsabilidad y se reciclan con asombrosa facilidad.

La moción de censura es otro ejemplo: más allá de que, en el caso del ministro Cárdenas, no hubiera razones para el reproche, la moción nunca prospera porque los congresistas no miran si en verdad el ministro debe salir, sino cuál es la correlación de fuerzas –casi siempre burocráticas– con el Gobierno.

Con su particular estilo, el jefe del liberalismo Horacio Serpa dijo que no eran tan “caídos del zarzo” para tumbarle ministro al Gobierno. Eso sí, aclaró, mientras hicieran parte de la coalición. Sería mejor, entonces, eliminar la moción de la Carta para que no sea más rey de burlas.

Al paso que en varios países de la región se han dado cambios en la dirección del gobierno y han llegado a jefes de Estado personas que no hacían propiamente parte del estamento político tradicional, nosotros estamos en el espíritu del año 74, cuando los tres candidatos opcionados a la presidencia eran hijos de expresidentes. Además, en parte por culpa de las guerrillas, aquí no ha prosperado un proyecto socialdemócrata porque el imaginario colectivo asocia izquierda con subversión armada.

Hace poco, en Orlando, viendo con mis hijos y nietos el show de los delfines, pensé: ¿para qué desplazarnos si en Colombia los delfines viven haciendo piruetas?

Todo esto haría pensar a López que no solamente somos el Tíbet de Suramérica, sino una democracia bloqueada.


Alfonso Gómez Méndez

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