Los doce de Francisco

Los doce de Francisco

El Papa acoge a doce personas, casi tantas como España el año pasado. Con eso decimos todo.

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18 de abril 2016 , 04:28 p.m.

Simbólicos, el gesto y el hecho. También el número: doce seres humanos que huyen de la guerra, de la destrucción, del miedo y el hambre. Seis de ellos niños, inocentes del todo, como sus padres. El Papa ha viajado a Lesbos, ha mirado a los ojos el sufrimiento, cara a cara, sin torcerla, sin nublarla ni ausentarla. Ha acariciado por momentos el sufrimiento y la soledad de quienes solo quieren sobrevivir.

Lesbos fue adecentada cosméticamente, pero el drama late en la propia superficie. Sin embargo, este Papa ve por encima de los silencios y escucha por encima de los ‘flashes’, por mucha pintura blanca que tape escritos, soflamas, denuncias. Europa ha abandonado a su suerte a miles de refugiados que huyen y buscan una oportunidad en ese continente. El portazo es más sangrante en cuanto se ponen cifras y se numeran, o se mercadea en visados con Turquía.

La soberbia y la ceguera europea son manifiestas, no menor que su egoísmo y hedonismo. Aylan apareció muerto en la arena de una playa, bocabajo, y ‘Aylanes’ anónimos ha habido cientos que perecieron en esta huida hacia ninguna parte en particular. Y pronto todos quisimos solidarizarnos y colgar esta ayuda virtual e hipócrita en redes y nubes. Mas de las nubes no salimos. Solidaridad de minutos pero escasamente predicable con ejemplos reales como el que ha hecho Francisco.

Doliente Europa, miseria humana la nuestra. El Papa acoge a doce personas, casi tantas como España el año pasado. Con eso decimos todo. Y pronto surgirán las críticas a Francisco. ¿Por qué lo ha hecho?, ¿es legal o no?, ¿por qué a doce y no todo un avión?, ¿qué hará y quién se ocupará realmente de ellos, de su futuro, de su situación legal?... Mas lo hecho, hecho está, como lo escrito, escrito quedó. Es el gesto y el hecho, es la bofetada a la soberbia y a la vanidad de Europa, y a una manera de ser y comportarse como Iglesia.

No hace mucho tiempo recordó el Papa los cientos y cientos de conventos y monasterios vacíos que podrían acoger esa nueva carne de Cristo, los refugiados, estigmatizados por culpa nuestra, nuestros miedos, maniqueísmos y egoísmos.

Dios ha venido a ver, y con él este hombre distinto y diferente, a estos doce, los doce de Francisco. Son musulmanes, no católicos ni cristianos, y eso es lo de menos. Son seres humanos, nada más grande que la persona misma. El sentimiento en estas sociedades es de cristal y mentira, solidaridad cicatera pero desde nuestros confortables hogares y frente a un ordenador o un televisor. Francisco es conciencia y nos recuerda con cada gesto hacia los demás esa misma conciencia, la que nos adolece, falta y olvidamos intencionadamente.

Doce seres tendrán hoy una oportunidad que nunca imaginaron ni quizás soñaron. El hombre de blanco les abre una puerta. Mucho para tan pequeño gesto en definitiva.


Abel Veiga

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