Editorial: Una visita sustantiva

Editorial: Una visita sustantiva

Se espera que llamado del Papa a la compasión sirva para aliviar situación de quien perdió todo.

17 de abril 2016 , 09:08 p.m.

La corta visita que el papa Francisco hizo el fin de semana a la isla griega de Lesbos sirvió para enviarle al mundo un poderoso mensaje. Justo cuando Europa viene de alcanzar un acuerdo con Turquía para que miles de refugiados provenientes de Siria y otros países retornen al Asia menor, el Pontífice habló de compasión y de derechos humanos. “No están solos”, afirmó.

Uno de los momentos de mayor emoción se vivió durante un servicio religioso para honrar a aquellos que han muerto en el intento de tocar suelo del Viejo Continente. Tuvo un gran simbolismo que el Papa haya estado acompañado de Bartolomé I, el líder espiritual de los cristianos ortodoxos, y Jerónimo II, arzobispo de Atenas y Grecia. Quedó claro que ante la emergencia importan más los principios que los cismas milenarios.

Y no solo eso. La cabeza de la Iglesia católica volvió al Vaticano con una docena de sirios en su avión, la mitad de ellos niños, un gesto humanitario que no pasó desapercibido. Se trata de los integrantes de tres familias musulmanas, provenientes de Damasco y de una provincia controlada por el Estado Islámico.

Ante la pregunta sobre si debería haber acogido a cristianos, el sucesor de San Pedro señaló que todos los desplazados son hijos de Dios. Ojalá varios gobiernos europeos tomen nota, especialmente los de Hungría y Polonia, en donde hay poco ambiente para recibir personas que no sean católicas.

Al actuar así, Francisco cumple su papel de servirle de conciencia a Occidente, cuyo comportamiento ante la crisis creada por cientos de miles de refugiados dista de ser ejemplar. Para quienes gustan de analizarlo, Jorge Bergoglio muestra un talante de liberalismo social que muy seguramente definirá su pontificado.

Es de esperar que el llamado a la compasión hecho por el Papa sirva para aliviar la situación de quienes lo perdieron todo y no aspiran a otra cosa que a rehacer su vida en paz. Más allá de los mecanismos acordados, la solución de fondo no llega y las capitales europeas deben entender que se espera más de ellas en estas circunstancias.

EDITORIAL
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