El grupo de Cali en cinta / Opinión

El grupo de Cali en cinta / Opinión

El ágil montaje no fatiga y conforma un documental excepcional que le hacía falta al cine nacional.

17 de abril 2016 , 12:55 a.m.

Sus nombres fundamentales saltan a la vista: Luis Ospina (el obstinado director sobreviviente), Andrés Caicedo (el joven escritor suicida) y Carlos Mayolo (el delirante cineasta, lamentablemente fallecido).

Alrededor de ellos, a comienzos de los locos años 70, se armó una fiel banda de amigos cuatro décadas después, unida por el cine y las recurrencias de la vida. Autorretrato, e igualmente reportaje biográfico, acompañado de un subtítulo que nos resulta familiar: ‘Sexo, drogas & cine’.

En 200 minutos desfila incesantemente una pléyade generacional de artistas, caleños en su mayoría. Hay fotógrafos y técnicos (Carvajal, Duque, Lalinde), actrices consagradas (Vicky Hernández, Alejandra Borrero), artistas plásticos y críticos (Karen Lamassonne, Miguel González, Harold Alvarado), gestores culturales (Sandro Romero, Hernando Guerrero), académicos ejemplares (Ramiro Arbeláez y Óscar Campo), cineclubistas pioneros como Jaime Acosta, novias bogotanas y amantes incondicionales (Beatriz Caballero y Patricia Restrepo), las hermanas Vásquez, Liuba Leap, los Lemos, etcétera.

Retrospectiva caleña cinematográfica cuya estructura circular, y no pocas veces endemoniada, obedece a las concepciones personales e íntimas de un autor en todo el sentido de la palabra. En efecto, Ospina comienza por el fin (‘The end’) y retoma archivos documentales como los de la implosión del no menos célebre Café de los Turcos (sitio bohemio de reunión), al igual que narra el devenir cristiano del Teatro San Fernando y el abandono de Ciudad Solar, constituida en taller cultural ‘underground’ y comuna ‘hippie’.

El prólogo de un cáncer implacable que afectó a Luis, sumado a una riesgosa cirugía y la lenta pesadilla hospitalaria, sirvió también de epílogo en circunstancias varias evocadas por amigas y amigos inseparables convidados a un almuerzo. En ese intermitente devenir de imágenes pasadas y presentes redistribuidas por capítulos, Caliwood deja huellas imborrables de protesta (‘Oiga vea’ y ‘Agarrando pueblo’), abordajes terroríficos (‘Pura sangre y Carne de tu carne’), o el barroquismo gótico de ‘La mansión de Araucaima’.

No obstante su larga duración, el ágil montaje no fatiga y conforma un documental excepcional que le hacía falta al nuevo cine colombiano. De aquí se desprenderán múltiples historias e historietas dignas de ser contadas con mayor amplitud. Por ejemplo, la de los ‘Angelitos empantanados’ y aquella otra del verdadero espíritu insatisfecho de ‘¡Que viva la música!’.

MAURICIO LAURENS
Para EL TIEMPO
maulaurens@yahoo.es

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