'Hoy se hacen periódicos mucho más rigurosos que los de antes'

'Hoy se hacen periódicos mucho más rigurosos que los de antes'

Fragmento del libro 'El tiempo por cárcel', de Juan Esteban Constaín, entrevistando a Roberto Pombo.

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16 de abril 2016 , 09:06 p.m.

¿Y cómo fue eso?

La verdad es que no me acuerdo muy bien. Quizás fue Enrique, que me conocía desde ‘Alternativa’, el que me recomendó para ese trabajo, o el que habló de mí. No sé. De lo que sí me acuerdo perfectamente es de la entrevista que tuve con don Enrique papá, Enrique Santos Castillo, el viejo. Fue él el que me llamó para decirme que necesitaban un redactor político en el periódico, que si me interesaba. Yo le dije que claro que sí, y me fui para la 26 a verlo.

Allá me recibió el tipo, que era una vaca sagrada y uno temblaba de solo estar al frente suyo –con él tuve luego una relación magnífica–, y me hizo una entrevista inolvidable. Me dijo: “Dime una cosa: ¿tú detestas la política?”. Yo le dije: “No, don Enrique: a mí me gusta mucho la política…”. Entonces él me dijo: “Es que yo no te voy a preguntar si tú eres liberal o conservador porque yo sé que tú eres camarada, de esas cosas de Enriquito… Pero sí quiero que me digas si tú desprecias la política liberal y conservadora…”. Yo le dije: “No, don Enrique. No la desprecio, ¿por qué?”. Y me dijo el viejo: “Porque es que eso se nota. Cuando un redactor desprecia el objeto de su trabajo, y sobre todo si es la política, eso se nota mucho…”. Una frase que para mí ha sido una de las grandes enseñanzas de mi oficio, y que luego yo mismo he hecho mía y he pronunciado muchas veces con mis redactores. Porque creo que es cierta: el desprecio de aquello de lo que uno habla, sobre todo en el periodismo, no solo se nota mucho, sino que hace imposible que uno pueda llegar a comprenderlo de verdad, por despreciable que sea.

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Es más: ni siquiera eso queda en evidencia, la naturaleza despreciable de cualquier cosa, de nada, si lo que prima en quien la cuenta y la describe es su desprecio y su actitud, su voz, su ego. Así, con esa entrevista, empecé una larguísima carrera de redactor político dentro de EL TIEMPO.

¿Y cómo era EL TIEMPO entonces?

A mí me tocaron dos procesos periodísticos muy interesantes, dos cambios, cuando llegué a EL TIEMPO en esa época. Uno, relacionado directamente con mi trabajo y en el que yo tuve mucho que ver, y es que esa fue la primera vez en que las noticias que se referían a la guerrilla dejaron de ser tratadas desde una perspectiva solo judicial para que también las abordáramos en el área política. Yo di una gran pelea para que eso pasara, ayudado por Rafael Santos, que era el jefe de redacción. Nos parecía que no tenía ningún sentido que el Gobierno, que era el de Belisario, reconociera el estatus político de la insurgencia y planteara su estrategia de diálogos y acuerdos de paz con ella –estrategia que luego fracasó, pero que fue un intento muy audaz–, y que la prensa en cambio siguiera con una horma heredada del Frente Nacional en la que los guerrilleros aparecían siempre como unos bandoleros y solo se hablaba de ellos en la crónica roja y en las páginas judiciales. Así que ese cambio me tocó a mí y de alguna manera yo, recién llegado, ayudé a que se diera.

Pombo y Constaín, su entrevistador. El libro con sus conversaciones cuesta 45.000 pesos. Foto: Néstor Gómez / EL TIEMPO

El otro es que esa fue también la primera vez en que la estructura noticiosa del periódico empezó a darles cabida a contenidos más de fondo, análisis y textos largos, parecidos un poco a los que aquí había inaugurado ‘Semana’. Enfoques, perfiles, cosas así. Esa fue otra pelea en la que me metí, porque en EL TIEMPO había los columnistas de siempre, cada uno con su agenda, la que fuera, y eso era la página editorial, la opinión. Y los redactores daban por su lado un relato taquigráfico de la realidad, muy descriptivo, muy puntual, y muchas veces también muy sesgado por sus relaciones con el manzanillismo liberal.

A mí me parecía que allí tenía que haber un lenguaje menos acartonado, si se quiere, y una manera de aproximarse a las noticias políticas más ‘moderna’, pero no sé bien si esa sea la expresión correcta… Así que yo me iba y hacía mucha reportería en el Congreso de la República, pero luego le metía análisis a la cosa. En el Congreso me tocó ver algo de esos últimos grandes oradores de la política colombiana. Allí estaba todavía Abelardo Forero, por ejemplo, y estaban Santofimio y Gerlein y el propio Galán…

¿Y cuánto tiempo más estuvo ahí en EL TIEMPO?

No, pues mucho más. Muchísimo. Porque empecé de redactor político, como le digo, y ahí estuve varios años, no sé bien cuántos… Luego ya me pidieron que fuera el editor de la sección, y lo primero que hice fue quitarle ese tinte partidista que tenía. Digamos que la redacción de EL TIEMPO, y sobre todo el área política, vivía todavía con el esquema del Frente Nacional, y muchos de sus periodistas ejercían su oficio con un vínculo muy profundo con gamonales o caciques, o en el mejor de los casos con los directorios oficiales. Quedaba aún esa cosa del viejo Partido Liberal (o del viejo Partido Conservador, según dónde) para el cual trabajaban muchos de los que escribían los periódicos, y su compromiso con la verdad o con el rigor informativo era, por obvias razones, nulo. A mí me tocó en EL TIEMPO, por ejemplo, cubrir como redactor político la campaña de Álvaro Gómez en el 86; la campaña presidencial contra Barco. Y yo cubrí a Gómez porque la campaña que era glamurosa, la que daba poder y taquilla en el periódico, era la de Barco.

Me acuerdo de que fui a presentármele a Gómez a su casa el primer día para hacerle una entrevista, y él me recibió muy amable y me recitó un pedazo de ese poema de Rafael Pombo que se llama ‘La hora de tinieblas’. Era como una especie de guiño de su parte; o con ese nombre espero que lo fuera…

Así que cuando me nombraron editor político de EL TIEMPO lo primero que hice fue jubilar a los viejos periodistas que tenían jefe afuera, y tratar de darle un vuelco a ese equipo para tener una estructura informativa y de análisis más eficiente. Les dije a todos: “Se van a respetar los derechos adquiridos, y ni un día más”. Era una manera sutil de avisarles a los que hacían notas interesadas que las fueran sacando rápido porque había que cambiar como fuera el modelo. Por supuesto: EL TIEMPO no podía dejar de ser lo que había sido siempre, un periódico liberal y una especie de pilar del establecimiento en Colombia. Pero en ese momento había también una lucha de poder interesante, con la escuela todavía de Hernando y Enrique Santos Castillo, por un lado, y por el otro la influencia de Enrique o de Rafael o del propio Juan Manuel o de Luis Fernando en lo administrativo, o de Pacho: los jóvenes –o ya no tan jóvenes– que igual eran accionistas y que sabían que era fundamental que el periódico se modernizara para sobrevivir en una sociedad que estaba cambiando tanto y tan rápido.

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¿Y cómo era esa estructura de poder?

Pues digamos que por un lado estaba Hernando Santos, que era el director y se encargaba de la línea editorial del periódico en su sentido más estricto: la página de opinión, los columnistas, las Cosas del Día. Se encargaba también del editorial de EL TIEMPO, que era un punto de referencia, y lo sigue siendo pero ya no a ese nivel, para mucha gente muy importante en Colombia. Y por el otro lado estaba Enrique Santos papá, que era el dueño y señor de las noticias, del ‘área informativa’ del periódico, por llamarla de alguna manera.

Él era quien ponía los titulares, quien armaba la primera página –y era un maestro para hacerlo–, quien manejaba de verdad la redacción y a los periodistas. Y entre ambos, siendo tan distintos, había una armonía asombrosa para manejar las cosas así y nunca se pisaban las mangueras. Esa fue, entre otras cosas, una estructura de poder del periódico que se mantuvo, más o menos, aun con la dirección compartida de Enrique y Rafael, y se acabó conmigo pero por una razón que impusieron los de Planeta cuando compraron el periódico y les pareció que eso así no era en ninguna parte del mundo y no podía serlo, porque existía el riesgo de que luego el director y el editor, a diferencia de lo que pasaba con Hernando y Enrique, no fueran parientes ni hermanos, y entonces la autoridad editorial se atomizaba y nadie sabía muy bien a quién hacerle caso. Aunque si uno mira bien cómo es la estructura periodística hoy de EL TIEMPO, se da cuenta de que sigue siendo más o menos igual: estoy yo como director, pero hay dos ramas muy claramente definidas y diferenciadas: la de la información, que maneja Andrés Mompotes, y la de la opinión, que maneja Ricardo Ávila.

Aunque la verdad es que en el mundo de hoy, que hace ver a las redacciones que me tocaron a mí cuando empecé como la edad de piedra, y hasta sí, en el mundo de hoy todo cambia tan rápido y es tan distinto, que cada vez hay una tendencia mayor a pensar en los periodistas como ‘creadores’ de contenidos, sin que importe tanto dónde se va a publicar eso exactamente. Obvio: la opinión siempre será la opinión y eso debe estar clarísimo, con sus fueros y sus responsabilidades; y la información también. Pero las viejas categorías, por lo menos las que yo viví cuando llegué a EL TIEMPO a principios de los 80, están desde hace años en crisis.

Y quizás lo estaban ya desde esa época. Porque como le digo, al mismo tiempo que Hernando y Enrique seguían con las riendas del barco en las manos, los ‘jóvenes’ de la familia trataban de meter sus cambios para poder ejercer un periodismo más ‘moderno’, aunque insisto en las comillas; en ambas comillas, las de la modernidad y las de la juventud. Además porque ese cambio había empezado a gestarse en EL TIEMPO, claro, con la famosa Unidad Investigativa de Enrique y de Daniel Samper Pizano y Alberto Donadío y otros más. Y cuando yo llegué, mucho de eso quedaba: Daniel seguía escribiendo y ya era el columnista más leído de Colombia, con Enrique; estaba Germán Santamaría con sus crónicas, o Germán Castro Caycedo. Grandes periodistas que combinaban la investigación con un estilo muy fino y que les fascinaba a los lectores.

Roberto Pombo fue director del programa radial 'Viva FM' de Caracol hasta 1999. Foto: Archivo particular

¿Y era mejor ese periodismo de entonces que el de ahora?

A mí no me gusta decir esto que voy a decir porque es una herejía, pero de pronto aquí en secreto sí lo puedo decir si nadie nos oye: esa idea romántica y nostálgica de que todo tiempo pasado fue mejor es una especie de dogma en el periodismo colombiano y, sin embargo, no es cierta. Antes había mucha más calidad literaria, sin duda. Había mejores escritores en la prensa: Hernando Téllez, Arciniegas, Klim, Eduardo Caballero Calderón… Piense usted en el que quiera. Y digamos que algunos géneros que dependen de la calidad narrativa de quien los escribe, como la crónica o los perfiles o el ensayo, pues eran mejores.Sí. Pero si uno abre un periódico de hace 30 años o de hace 50 años en Colombia, o aun uno de hace 20, se da cuenta de que hoy el desempeño noticioso e informativo, la opinión, el análisis, la diagramación, las investigaciones, todo en los periódicos es muchísimo mejor y tiene unos patrones de calidad que antes ni siquiera existían.

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Vuelvo a decirlo: nos parece, por una ilusión óptica, que eso de antes era maravilloso y lo extrañamos, pero la realidad es que hoy en día se hacen periódicos muchísimo más rigurosos e informados y precisos que los de antes. Eso por no mencionar la agenda política e ideológica o de partido, que en Colombia fue siempre la hoguera principal, en todos los sentidos de la palabra, en la que se cocinaban las noticias. Muchos dicen (también para reivindicar, por ejemplo, la importancia de las redes sociales) que hoy ya no hay agenda política en los medios pero sí agenda económica, y que al final un periódico o una emisora terminan siendo la caja de resonancia de los intereses de sus dueños. Y sí, pues claro que es así. Y ese es un debate que se está dando en el mundo entero, no solo acá, ni más faltaba. Pero lo que está muy claro es que aun si los dueños de los medios quieren mantenerlos y usarlos, como sea, para defender sus intereses, no van a poder hacerlo si esos medios no tienen credibilidad y no están bien hechos.Y eso exige rigor, transparencia, profundidad.

Es la gran paradoja a la que se enfrentan muchos poderosos que son dueños, o que se han vuelto dueños, de medios en el mundo entero: que no pueden despojarlos de su tradición o de su prestigio o de sus métodos, porque se les deshacen entre las manos. Y así resulta que quizás al final no hay mejor negocio que el de la independencia.

Eso, claro, nadie me lo va a creer a mí que soy el director de EL TIEMPO: un periódico que es una institución, un símbolo como ningún otro del establecimiento en Colombia. Y acá hablar mal de EL TIEMPO es una costumbre tan antigua como el país, o más. Muchas de esas críticas son muy válidas, por supuesto, y tienen que ver con la historia del periódico; una historia que además nadie ha pretendido negar nunca, al revés. Pero muchas de esas críticas son también prejuicios imposibles de borrar. Y no hay nada que nosotros podamos hacer, por bien que lo hagamos –y hacemos muchas cosas muy bien–, para convencer a quienes nos odian o nos desprecian de que en muchos de sus argumentos simplemente no tienen la razón. Y eso es algo que por supuesto les duele muchísimo a mis periodistas, porque son una gente muy competente que trata de hacer su trabajo de la mejor manera posible.

Con seriedad, con responsabilidad. Con muchos errores, quizás, como los tiene todo el mundo y más en este oficio que al final no es sino eso, una suma de errores. Pero también con un compromiso con su vocación y su profesión que no es inferior al de nadie en ninguna otra parte, solo que acá está el peso de EL TIEMPO, que es muy grande, para bien y para mal. Y que a muchos les resulta antipático.

¿Y qué tanto cambió ese reportero y ese redactor político que era usted cuando llegó en los 80 y el director que es hoy?

Le voy a decir una cosa: yo tenía una buena relación con Hernando Santos, que era el director cuando yo llegué y lo fue por el resto de su vida. Luego fue también mi suegro, aunque ese es otro tema. Pero en esa época teníamos una buena relación, no muy cercana, claro que no. Yo a veces los domingos me le metía a la oficina con algún pretexto y hablábamos, o él salía y me daba alguna orden y comentábamos cosas. Vivía muy atormentado por la certeza de que EL TIEMPO era una especie de pilar del establecimiento en Colombia –y lo era, y lo es–, y era como si llevara a cuestas la suerte del país.

Era un tipo muy bueno, muy afable, muy comprensivo con la gente. Bohemio, maravilloso. Pero siempre me dio una impresión que ahora con los años he venido a confirmar en carne propia, y es que cuando uno es director de EL TIEMPO no puede ser sino eso. Y que esa especie de honor o de destino, o lo que sea, aunque suene muy solemne, hace también que uno entienda que al final, como creía Hernando Santos, hay una cantidad de consideraciones sobre el bienestar del país que están por encima de los intereses personales, o aun de los intereses del periódico. Porque EL TIEMPO, para bien y para mal, es mucho más que un periódico, y quien lo dirige lleva a cuestas esa certeza y tiene que tomar muchas decisiones pensando en ella y en nada más. Yo eso no lo entendía en esos años en que fui redactor y lo que quería, por supuesto, era que las cosas cambiaran. Que es como deben pensar muchos de mis periodistas hoy, que con toda la razón y de la manera más legítima pensarán que muchas de las posturas del periódico son equivocadas y habría otras más audaces o mejores.

Cuando la elección de Juan Manuel Santos, por ejemplo, a muchos de ellos les habría parecido que lo que había que hacer, lo que tenía glamur, era estar con Mockus. Incluso Enrique y Rafael decían que el periódico tenía que declararse neutral en la campaña, con la vieja idea de los Santos de que cualquier miembro de la familia que se metiera en la política minaba la credibilidad del periódico y le hacía un daño inmenso. Esa fue, entre otras, la razón principal por la cual Juan Manuel Santos nunca volvió a EL TIEMPO: porque su familia no le perdonó jamás que hubiera cruzado la puerta giratoria hacia el Ministerio de Comercio en el gobierno de Gaviria.

Pero en esa campaña del 2010 yo sí dije que el periódico tenía que apoyar a Santos porque era lo que más le convenía al país; porque era el mejor candidato. ¿Que es pariente? Pues sí, qué hacemos. Pero no por eso lo vamos a repudiar. Aun a los parientes hay que apoyarlos cuando uno cree que es lo mejor, lo que más conviene. Habrá quien no lo crea, por supuesto, e intuya toda clase de cálculos y de intrigas detrás.

Pero ahora sí entiendo eso que siempre fue tan difícil de entender para los demás, y es que cuando Hernando Santos hablaba del país lo hacía en serio. Y eso no es ni siquiera una virtud. Es más bien lo que le digo: cuando uno es director de EL TIEMPO no le queda otro camino.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN

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