'Quienes piensan como Trump son un peligro' Jody Williams

'Quienes piensan como Trump son un peligro' Jody Williams

La activista dice que la campaña presidencial de EE. UU. está marcada por el odio.

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16 de abril 2016 , 09:06 p.m.

Jody Williams, “la ‘hippie’ que llegó a ser nobel de la paz”, como se titulan sus memorias, siempre estuvo del lado de los débiles. Desde sus años de escuela en Brattleboro (cerca de Putney, su pueblo natal) en el estado de Vermont (Estados Unidos), cerca de la frontera con Canadá, se distinguió por defender a sus compañeros y a su hermano sordo del “machito” de la clase o del matoneo de los vecinos.

Medio siglo después, esta rubia directa y valiente sigue soñando con cambiar el mundo. Lo hace con la misma pasión con la que se opuso a la guerra de Vietnam (a los 22 años), denunció la violencia en Honduras y Guatemala y, finalmente, consiguió que 156 países se comprometieran (en 1997) a prohibir el uso de minas antipersonas: el famoso Tratado de Otawa.

Y no está sola en su cruzada. Junto con cuatro de las diez mujeres que han recibido el Nobel de la Paz (Rigoberta Menchú, de Guatemala; Wangari Maathai, de Kenia; Mairead Maguire, de Irlanda, y Shirín Ebadi, de Irán), usa el magnetismo del galardón para seguir apoyando luchas por la justicia, la igualdad y la paz.

Williams estará nuevamente en Bogotá, para lanzar su autobiografía en la Feria Internacional del Libro.

¿Quién es Jody Williams?

Soy de Vermont, un estado rural, pequeño, en el noreste de los Estados Unidos. La gente de mi estado es humilde, franca y trabajadora, y no soy diferente de eso.

Usted es de la generación que en los 70 se levantó contra el establecimiento y enarboló las banderas del amor, la paz, la igualdad y la justicia. ¿Sí cambiaron el mundo?

No creo que la juventud tuviera entonces una visión clara de lo que esperaba después de las protestas y las otras formas de oposición que usaba para terminar Vietnam. Se fijaban en esta guerra y en acabar con la obligación de participar en las fuerzas armadas del país. Por esa y otras razones no hubo cambios fuertes en los sistemas de poder en el mundo después de ese conflicto. Tal vez algunos tenían ideas más grandes, más allá de Vietnam, pero la gran mayoría no.

Pero usted persistió y consiguió el Nobel de Paz. ¿Qué la motivó a continuar en la lucha?

Yo no fui muy diferente de los demás. En aquel entonces, no tenía un plan más allá del fin de la guerra de Vietnam. Es solamente después de mis experiencias de décadas de trabajo como activista que he llegado a tener un análisis más amplio de cómo lograr cambios duraderos en el mundo. Obviamente, el trabajo sigue.

¿Es mejor el mundo ahora que entonces?

Ausencia de guerra no es paz, sino solo la primera etapa, fundamental para crear una paz sostenible, con justicia e igualdad. Las luchas contra las armas son luchas de décadas. También la lucha para combatir la violencia contra las mujeres, en todas sus formas. Ojalá fuera diferente, pero no lo es. Eso no quiere decir que no podemos tener éxito, pero sí indica que estas luchas necesitan el compromiso de personas que entienden que crear un mundo diferente no es una utopía, sino un trabajo duro que vale la pena hacer.

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Williams es consciente de la antipatía que despierta en los políticos, particularmente los de su país. Siempre ha sido muy crítica de la política estadounidense. Cree que cada vez que Estados Unidos interviene en los asuntos de otras naciones hay muertos y violencia. De hecho, su activismo en la lucha por los derechos humanos comenzó en 1981, protestando por la guerra antisubversiva que el gobierno de Ronald Reagan apoyaba en El Salvador.

¿Qué opina sobre la forma como avanza la contienda electoral en su país y la ola de manifestaciones discriminatorias hacia los inmigrantes, como las del republicano Donald Trump?

No es noticia que el señor Trump es un shock políticamente hablando, en el sentido de que cuenta con apoyo en su campaña para ser Presidente de los Estados Unidos. Muchas personas no entienden el porqué del éxito de Trump, pero para otras es obvio que él representa una culminación de años de rencor hacia el Gobierno y también hacia los políticos que prometen cambios pero no acompañan sus palabras con acciones.

(Además: El escritor viajero para el que muchos piden un Nobel)

¿Es por eso que desconfía de los compromisos asumidos por los líderes mundiales en temas como los derechos humanos, la violencia contra las mujeres, la niñez, las minorías y las minas antipersonas?

Cuando les conviene, los líderes del mundo son capaces de hablar bonito de estas cosas. Pero cuando tienen que escoger entre derechos humanos y multinacionales, por ejemplo, van con las compañías, incluso si violan derechos humanos o practican violencia contra las mujeres. Y si pueden ganar más poder manipulando religiones o ideas, ellos están dispuestos a hacerlo a costa de los derechos de la población.

¿Qué tan amenazantes para las minorías son los personajes como Donald Trump?

Trump y otros como él en Europa, que están en contra de aceptar a los refugiados en sus países, no solamente dan voz a los pensamientos de muchos, sino que también fomentan el odio. Eso es peligroso acá y en Europa.

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A la nobel estadounidense no le es ajeno el proceso de paz en Colombia, pero lo mira con cautela. Considera que el Gobierno y las Farc han mostrado poco interés en temas claves, como el desminado. Por eso, se declara dispuesta a estar en primera fila para que el país consiga el título de nación libre de minas.

¿La intolerancia política de algunos sectores frente al proceso con las Farc podría dar al traste con el anhelo de los colombianos de alcanzar la paz?

Como todos los que trabajan para ver un mundo con paz sostenible, he estado prestando atención al proceso de paz en su país. No sé si están preparados, pero creo que son capaces de pasar por las etapas de reconciliación. Para hacerlo, tienen que decidir muy profundamente que, después de décadas de guerra, es tiempo de vivir un futuro diferente. Si lo intentan con un pie en el agua y el otro en la tierra, será muy difícil lograr un cambio que beneficie a todas y todos.

Una de las grandes tareas que tendremos en el posconflicto será limpiar el territorio de minas antipersonas. ¿Qué tan difícil será?

Para quitar las minas antipersonas de su tierra, necesitan trabajar con quienes las usaban. En otros países llenos de minas después de un conflicto armado lo han hecho: diseñan su plan nacional y van etapa por etapa, desminando hasta llegar al día en que ya no hay minas. Docenas de naciones contaminadas con minas lo han logrado con determinación. Colombia puede hacerlo también.

¿Usted cree que la violencia contra las mujeres ha sido utilizada como arma de guerra?

Los hombres han hecho de los cuerpos de las mujeres campos de guerra desde siempre. En tribunales internacionales y nacionales consideran que esa violencia es un crimen de guerra, un crimen en contra de la humanidad. Por fin. Y poquito a poco estamos viendo incursiones en contra de la completa impunidad que existe en todo el mundo. A fines de febrero estuve unos días en Guatemala, con Rigoberta Menchú Tum, y asistimos a las sesiones de un tribunal sobre el caso de esclavitud sexual y doméstica, y otros crímenes en contra de mujeres indígenas de Sepur Zarco, en el noreste del país, durante la guerra civil. Es la primera vez en el mundo entero que juzgan a militares por crímenes como esos en una corte nacional. Y las sobrevivientes ganaron. Es un milagro. Da la esperanza, a mujeres en todo el mundo, de que la justicia no es un sueño, que sí existe.

(También: La Filbo de este año pone su acento en Holanda y la paz)

¿Ha sido discriminada por ser mujer?

Sinceramente, nunca he sentido discriminación. O tal vez es que nunca lo aceptaría, entonces no la vi en mi contra. Me da rabia, sí, la falta de igualdad y justicia que las mujeres tenemos que aguantar día tras día. Y la explicación es sencilla y, para mí, más que obvia: una parte fundamental en el sistema de poder que siempre ha existido es el sexismo, que –como el racismo– considera que ‘la otra’, ‘las otras’, no valen lo mismo que los hombres. Y si valen menos, obviamente van a existir afuera de los ejes de poder.

¿Cómo es Jody Williams más allá de la imagen de activista de derechos humanos?

La gente no me cree que soy introvertida. Es difícil para muchos entender que ser introvertido no quiere decir que uno no pueda hablar en público o jugar un papel de líder. Quiere decir que, aunque nos cuesta, tomamos la decisión –o nos obligan a hacerlo– de tener una cara pública. Después de tantos años como activista, estoy algo más cómoda con el papel público, pero no se me ha quitado lo introvertida que soy por naturaleza. En casa, con mi esposo, Steve Goose –otro activista–, nuestro pastor alemán blanco y nuestros dos gatos, somos como cualquier otra pareja. Nos gusta bastante cocinar, leemos mucho y nos encanta hacer crucigramas, a solas y juntos.

¿Qué tan pesado es un Nobel de la Paz?

El Premio Nobel es un reconocimiento al éxito de todos nosotros en la lucha contra las minas antipersonas, pero no quiere decir que somos más importantes que otros activistas. Aunque nos da más impacto como organización (ICBL o Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas), no he cambiado como persona con el Nobel.

GERMÁN JIMÉNEZ LEAL
EL TIEMPO Televisión

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